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Jul 3, 2012

amado maestro

Primero, fueron las letras las que me acercaron a ti, cuando leí ese perfil que te describía en pinceladas poéticas y auténticas según tú mismo.  Después fueron las letras que me enviaste las que me enamoraron, disfrutaba tanto leerte, cada mensaje era una caja de chocolates, con listón dorado y papel de china chispeante y liso.  Y aquí estoy otra vez hablando con letras para decirme, decirte lo que siento, pienso, o lo que sea, lo que pasa por mi corazón cada noche que voy bajo la lluvia y en mi pecho retumba una sed que exclama, tengo qué escribir, tengo qué escribir...

Todo se ha desmoronado, lo sabes bien.  No sé qué queda de mí que antes conociera, si es que queda algo, y está mi cuerpo suave y rosado, como la lagartija cuando muda la piel y es pura carne y sangre al viento.  Apenas me da tiempo de reconocerme cuando ya debo tirar otro girón de carne seca y volver a encontrarme sin eso que hace minutos era algo a qué asirme.  Y siento que exhala cada poro de mi cuerpo y de mi alma desde el centro de mi ser hasta el final del universo. Luego inhala y ahí vamos de nuevo.

Es casi una tentación olvidarlo todo y hablar por teléfono fingiendo que esas palabras son las reales y estoy ahí sintonizada con la trivialidad, tomando todo tan en serio y participando con fe ciega del teatro de la vida. Pero ya no me sale y me escucho hablar como a una voz desconocida, que se manifiesta de quién sabe dónde y quién sabe cómo, y de la sorpresa sólo se le escucha en silencio, dejándola pasar tan pronto acaba.

No sé si te lo propusiste o fue accidental que este amor que me vienes dando me hace sentir como en retiro espiritual con un maestro tan experto que retarlo es de antemano saber que la lección no ha sido comprendida y no habrá forma de darle la vuelta: tarde o temprano habrá que tomar el toro por los cuernos y aprender a lo que se ha venido.  No sé cómo lo has hecho pero, igual que dice el monje zen, me has llevado suavemente a esa esquina dónde uno no puede moverse ni un milímetro más, y no queda otra opción más que sentarse a observar el interior, reposar la mente en el corazón, y contemplar la matriz con su juego loco y arbitrario.

Y es que tu silencio y tu aparente indiferencia me han aventado contra mí misma, no sé por qué idea descabellada me he puesto a observar por qué me hace falta de ti una cosa u otra, y todos me dicen que eso no puede ser, que tengo derecho a esto o a aquello, y me siento muy mal, pareciera que tú ganas y yo pierdo, pero luego me quedo callada y me da curiosidad deshacerme de esa necesidad también, de esa que remotamente me diría que tengo derecho a algo, y me causa una especie de morbo espiritual preguntarme qué sería si me preguntara qué hay detrás de ese derecho que de un momento a otro parece el motivo para decirte: maestro, no aguanto más.  Y no me queda más remedio que mentir a los amigos y decirles, sí, me pidió disculpas, sí, remedió lo que le pedí, sí, actuó como piensas que debió actuar, y con eso se quedarán satisfechos y callados y yo podré retirarme a preguntarme de nuevo por qué me siento inquieta, qué es exactamente lo que estoy proyectando y de dónde viene... de mi padre y su rigidez apabullante, de mi madre y su desconfianza aplastante, de mí misma y todo lo que me queda por trabajar, que bien identifico, y que cuando digo no aguanto más es por cobarde y floja.  Y por el pánico que me da precipitar la partida del maestro, si es que alguna vez ha de irse de mi lado.

Pero luego me parece que todavía aguanto más, tanto que ni yo misma sé quién es esta con la que vivo, y no sé si de verdad está loca y de verdad se le ha ido el piso, si ha caído en una especie de embrujo tuyo y ante los ojos de todos está perdida, está totalmente desubicada.  Y cuando indago con la intuición y me imagino cómo me percibirás tú, no resuena nada en mí, pues estás ahí quieto, el maestro no duerme nunca, no le interesa el alumno o sus lecciones, el maestro se ha desprendido de todo interés motivado por el ego o las pasiones, y reposa en flor de loto desde su tapete blanco, y cuando vayas en silencio a preguntarle, maestro, ¿puedes hacer esto, puedes hacer aquello, por mí?, parecerá dormido y se quedará callado con los ojos cerrados, y te dirá después de unos minutos que para qué quieres esto o para qué quieres aquello, qué qué es lo que te falta, que si en verdad te falta algo, no será el maestro quién te lo dé, sino tú mismo, si acaso eres capaz de generarlo y proveértelo, y que pienses en que luego vendrá algo más que necesites, y que será algo de nunca acabar, y que dejes de hacer tanto tango, y que cuándo vas a tomar finalmente la lección y sentarte callado a contemplarte, como él lo ha hecho por años, y no puede ni compartirte lo que ha visto, y no puedes ni imaginar lo que ha vivido...

Todavía no sé qué quede en pie después del temblor que estoy pasando.  A veces imagino que lograré pasar todas las lecciones y hasta tengo miedo de que llegues tiempo después y me pidas un abrazo, y yo no pueda comprender más por qué necesitarías uno, si ya todas las necesidades se han desmoronado.  A veces imagino que me viene una resistencia tan grande que me agito, y con uñas y dientes defiendo un derecho hueco a seguir dormida, y de ahí me tomo para decirte basta ya, hasta aquí llegaste.  A veces pienso que mejor tengo paciencia y mucha compasión hacia mí misma, hacia ti, hacia nosotros, y que en cualquier momento en que sienta ansiedad por cualquier cosa me dé un autoabrazo sin preguntarme mucho por qué sí o por qué no lo necesito, y lo haga en silencio y siga avanzando.




Jan 14, 2012

fin del contrato

¡Bien, bien, bien!  ¡Me da gusto escribir este post!  Poco a poco me va cayendo el 20 de que por fin estoy en el lugar y momento en el que deseé estar por meses.  Para ser precisa, poco más de un año. Voy a repasar la historia rápidamente para terapearme, ¡como me gusta hacerlo!  Todo comenzó en febrero de 2010, cuando casualmente conocí a la que sería mi futura jefa.  Yo vivía en el DF y no tenía un plan muy concreto, más que mudarme a Chiapas e iniciar algo relacionado con la selva.  Después de que me hiciera una maravillosa propuesta, trabajé en su organización por un año y medio, tiempo durante el cual la maravillosa propuesta nunca se materializó.  No me salí del trabajo en ese tiempo porque me había mudado a San Cristóbal y pensé que las actividades en las que colaboraba se afectarían negativamente si yo dejaba el trabajo.

Enseñanza: preocúpate cuando pienses que eres indispensable.  Si te quedas en algún sitio porque piensas que todo empeorará si te vas, aunque tu situación personal mejore, empieza a cuestionarte por qué no piensas que mereces que tu situación mejore, y por qué estás tan preocupado por todo el mundo menos por ti mismo...  Nadie es indispensable, la vida es corta, ¿para quién la vas a vivir?

El año y medio que estuve en ese trabajo aprendí un montón de cosas.  Por fin viví en Chiapas, con sus pros y sus grandes contras también, y me quité esa espinita.  Aprendí más sobre mi línea favorita de trabajo y puse en práctica mis conocimientos anteriores, cosas que disfruté mucho.  Conviví con gente muy diferente a mí y aprendí de su compañía y sus percepciones.  Comprendí algunas dimensiones muy crudas del ser humano en las que no había reflexionado antes.  Algo de mi inocencia se fue.  Para bien, creo.

Enseñanza: de cierta forma, la pequeñez de estas vidas me hizo ver la pequeñez de mi propia vida.  Si nuestras vidas son tan pequeñas, fugaces y triviales (no en contenido, sino como eventos breves en la historia del cosmos), ¿por qué vivir buscando el reconocimiento exterior, que un grupo de gente diga "qué bien, qué capaz, qué bárbara", intentar llenar los estándares arbitrarios de una sociedad, cultura, momento histórico, etc.?  ¿Qué aprobación es la que realmente importa?, ¿la de los demás o la de uno mismo?  Se necesita valor para no buscar aprobación alguna.  Valor y claridad.

Justo antes de mudarme a este lugar, me costaba mucho trabajo levantarme por la mañana, pesaba 84 kg y me torturaba pensando por qué a mis 31 años no tenía una pareja.  Estar lejos de mi familia y de sus gastadas interacciones me ayudó a sanar lentamente mis heridas y dolores.  Conocí a un hombre maravilloso, empecé a despertarme temprano de forma natural, y perdí 7 kg de peso gracias a una dieta desintoxicante.  Leí dos libros que cambiaron mi forma de ver la vida: Born to be Free (Jac O'Keeffe) y Las 5 heridas que impiden ser uno mismo (Lise Bourbeau), entre otros.  Mientras se desarrollaba esta relación a distancia con él, fue todo novedoso y la distancia ayudó a atenuar las llamaradas pasionales que en otro momento quizá hubieran resultado homicidas, así que disfruté amarlo, que me amara y, por primera vez, no pensé en bodas, hijos, casas u otra meta, lo cual fue muy relajante y afortunado. Pude experimentar esta relación concientemente, en el momento presente, la mayoría del tiempo.  Eso fue algo nuevo para mí.

Enseñanza: por primera vez pude ver cómo hacía, pensaba y sentía muchas cosas simplemente reaccionando a mis huellas infantiles.  Siempre en el pasado o en el futuro, nunca en el presente.  Me pude ver como una persona con percepciones subjetivas e interpretaciones condicionadas, ni correctas ni incorrectas, pero sí sesgadas.  Esto me ayudó dejar ir cargas físicas, mentales y emocionales.  Estar en el momento presente me hizo vivir más intensamente y con mayor fluidez.  Vivir el presente me ayudó a sobrellevarlo.  Y pude disfrutar el momento, con lo que tiene, sin más ni menos.  Y lo más importante: empecé a aceptar la vida y la realidad como se presentan, tal cual.

Sin embargo, también, durante todo este tiempo estuve mirando hacia el futuro con ansia y angustia.  Cuando se terminara mi contrato con la organización, todo cambiaría.  Me encontraría liberada de un compromiso que en esencia no deseaba tener.  Volvería, de cierta forma, al mismo lugar en el que estuve hace 2 años: sin compromisos laborales y con el mundo enfrente para hacer lo que yo quisiera.  Fueron tan largos estos meses, que mucho tiempo pensé que este momento jamás llegaría.  Ahora veo cómo cada mañana me forzé a cumplir con mis responsabilidades, pero sin gusto.  Hasta que el momento llegó.  El momento en que todo es posible.  El momento de tomar estas enseñanzas y abrazarlas con gratitud y entusiasmo.  El momento de dejar de reaccionar al ego, a la sociedad, a los modelos, a la cultura, y probar fluir en una auténtica naturalidad.  El momento de hacer lo que te dé la gana.

Enseñanza: ten paciencia, todo estará bien.  Pero abre bien los ojos. Los espejismos pueden engañarte y puedes perder tiempo en ellos.  Trata de no dejarte seducir por los señuelos del ego.  Busca lo que tú quieres, lo que amas hacer, lo que te sale natural.  ¿Qué importa el resto?  Es tú vida, vívela como tú quieras.  Y cuídate, no pongas antes que tú a todo lo otro.  Tú vas primero, luego, el resto.  Siempre que tú estés bien, podrás apoyar a aquellos que amas.  Siempre que tú estés bien, te sentirás satisfecho con cualquier resultado que la vida presente.  Siempre que te cuides, te apapaches y te mantengas bien alimentado, descansado y en forma, podrás cuidar de ti y de los tuyos.  No importa qué suceda en el exterior, procúrate a ti mismo.  Y así, todos estarán más felices de estar contigo, ¡y tú mismo estarás feliz de estar contigo!

Han sido meses intensos y pesados.  No fue sencillo atravesar este período y tuve muchos momentos de flaqueza, incomodidad, forzamiento, y agotamiento.  Hubo muchos sacrificios.  No diré que "valieron la pena", sino que rindieron frutos concretos que he intentado esbozar en estas enseñanzas.  Las enseñanzas me han hecho una persona más feliz consigo misma, lo cual no se puede valorar.  Es algo que finalmente, creo, rinde satisfacción haber vivido.  No siempre se abren ventanas en nuestra comprensión.  Es grato encontrarme ahora, sin daños colaterales mayores, pasados estos momentos de aprendizaje. Siento que tengo más claridad.  No todo está descifrado, nunca lo está de todos modos.  Pero ahora tengo mayor confianza en mí misma y en lo que la vida me traiga, y sobre todo, menos miedo de lo que vendrá.  Creo que esto es fantástico.

Bien, saludo el futuro.  ¡Posibilidades!, ¡cambios!, ¡sueños!, ¡LIBERTAD!!!

Oct 15, 2011



Están pasando una película sobre un hombre que tiene cáncer y va a morir en un año.  Conoce a una mujer y resulta que ella también tiene cáncer y también va a morir.  Ambos viven sin peso alguno, se enamoran, tienen sexo como locos, viajan, disfrutan, ríen.  Lloran, se enojan, luchan.  Cada segundo es el último.  Tengo que escribir.

De nuevo estaba sentada frente a ella en su oficina.  Se aproximaba el momento de decirle el tan repasado no, y me sentía flaquear.  Otra vez me presentó el futuro como el trabajo de mis sueños, igual que hace año y medio, sólo que ahora en la selva.  Me costó trabajo negarme.  El trabajo sonaba bien, aunque tuve presente todo el tiempo que sus promesas solían resultar teóricas, y en la práctica los trabajos de los sueños se vivían como lenta tortura que se acaba hasta el fin del contrato.  No pude ser contundente, si acaso dije no creo.  Me alabó.  Me sentí culpable por negarme.  Sentí también que me perdía de la selva, y sería muy difícil volver.  Para empezar, ¿por qué quería trabajar en la selva?  No tenía ganas de pensarlo, ¿eso también se iba a desmoronar con todo lo otro?  Ya no me estaba quedando nada que me hiciera yo.  ¿En qué me estaba convirtiendo?  En un color que se deslava sobre el papel... hasta que queda en blanco.  ¿Tenía miedo de quedarme en blanco? ¿Qué dirían los demás cuando nada me importara? ¿No se supone que era una sensación placentera, que me hiciera sentir libre y liviana?  En fin.  Negociamos una especie de asesoría a distancia, yo quedaría como asesora del experto.  En conclusión: en lugar de hacer el trabajo de mis sueños, iba a asesorar al que tuviera el trabajo de mis sueños.  Suspiré con desgana, pero, ¿tenía otra opción?

Parecía que disfrutara del conflicto interno.  Apenas decidía una cosa, pensaba si hubiera sido mejor decidir diferente.  Siempre dividida entre dos realidades contrastantes y sin saber cuál escoger.  Me agobiaba la incertidumbre y el desazón.  Me daban ganas de llamarle y preguntarle ¿en verdad quieres algo conmigo?, ¿vas a estar conmigo siempre?, y si quiero tener hijos ¿vas a ser papá conmigo, o voy a ser mamá sola como tantas amigas?  Dime algo que me motive a dejar la selva por ti.  Comprendo que tú no puedas moverte, yo me mudaré.  Pero dime algo que me asegure que cuento contigo.  Dime algo que me deje tranquila.  Pero no atiné a decirle nada de eso.  Apenas una escueta llamada y me respondió con generalidades.  Quizá sabría que estaba nerviosa, pero tampoco quería charlar demasiado.  Esas promesas que yo exigía, él no me las haría.  Ya las había prometido a alguien más.  Y las había cumplido.  Siempre serás bienvenida en casa, dijo.  Pero yo, resistiéndome, no quería vivir ahí.  Ya había vivido ahí seis años, ¡seis años de tedio y frustración!  Negocié conmigo misma un destino intermedio.  Eso sonaba aparentemente bien.  Pero no era la selva.

Pero, pensando un poco, ¿de dónde venía la duda de los hijos?  No los deseaba tener ahora.  No me veía teniéndolos más tarde.  ¿Cuándo?  Estaba tan cansada. ¿Todavía faltaba oootra etapa de la vida, ahora la de los hijos, que era necesario vivir?  ¿No podía descansar, conseguir una rutina, hacer las cosas simples que disfrutaba y no pensar en ello más?  Era de nuevo el delirio de indecisión.  Pánico a darme cuenta más tarde que los debía de tener cuando podía.  Pero, ¿con quién?  Llegaba al mismo punto.  Y eso no podía pedirle prometer.  Se antojaba abandonarse al Tao y dejar que sucediera lo que tuviera qué suceder.  Sin pensarlo casi, sólo así.  Pero el sólo así no era mi naturaleza.  Si quería sobrevivir a la vida, tenía que continuar este proceso de decoloración.  Aceptar la decoloración, no servía de nada resistirse.  Come to meets with the absolute void.

Bien.  Tenía miedo.  Era así de sencillo.  Miedo de dejar esta casa. Miedo de buscar otra.  Miedo de mover a la perra. Miedo de la mudanza. Miedo del nuevo lugar, el nuevo plan.  Miedo de arrepentirme de dejar este sitio.  Miedo de haberlo imaginado todo mejor cuando no lo era. Miedo de haberme encaprichado con esta decisión, cuando en realidad daba igual.  Miedo de estar equivocada.  Miedo de decidir mal.  Miedo de no encontrar nada mejor.  Miedo de empezar de nuevo sola. Miedo de no encontrarme mejor al final de todo.  Miedo de mirar atrás y verlo todo diferente de como lo miraba ahora.  Miedo de cambiar.  Miedo de cambiar.  Me había acomodado aquí.  Me disgustaba el clima, me disgustaba la distancia, me disgustaba el trabajo, me disgustaba la vibra.  Pero aún así me inspiraba miedo dejar la casa, el lugar, el trabajo.  ¿Por qué?  Hacerlo sola -como siempre- le quitaba algo de sentido a todo.  Aún después de tantos años, no había aprendido a amarme a mí misma y a decidir en función de un amor hacia mí, para mi felicidad, para mi bienestar.  Parecía que tenía que quedar bien con los demás.  Que el resultado agradara a los demás.  ¡De nuevo me había atrapado el mundo fenomenal!  Tendría que meditar de emergencia.  Meditar, meditar, meditar.  Vaciar el cerebro junto con todo lo que me atormentaba.  Y fluir.  Y dar el paso.  Y confiar.  Y darme un baño de tina caliente en cuanto tuviera una oportunidad.

Terminó la película.  Hay un consuelo: se vale llorar por lo que no se pudo tener, pero después hay que dejarlo ir.  Después hay que respirar hondo, seguir, y apenas sonreir.
   

Aug 2, 2011

10 kg menos




Acabemos con esto de una vez por todas, me digo para creer que es posible. Parece que en cuanto hice conciente lo que Lise Bourbeau describe como "la máscara del masoquista", y más allá, "la herida de humillación", ambas se han ido difuminando sutilmente en mí, sin que yo haga mucho más que pensar en ello.

Hace un par de meses inicié de nuevo la dieta de desintoxicación. Simplemente un día desperté y decidí hacerla de nuevo. Desde ahí la he respetado todo lo posible, con resultados asombrosos. Haré un recuento de mi experiencia con esta dieta. El año pasado en marzo pesaba más de 83 kg. Mido 1.73m, podría pesar, en teoría, hasta 63 kg. Esto significaba un sobrepeso de 20 kg. Pocos meses despues conocí a R. Él me prestó el libro en dónde se explicaba la dieta. Así que, en parte por experimentar y apoyada por el autoestima que R me había fotalecido, la inicié a finales de agosto del año pasado.

La primera vez que la hice bajé hasta 79 kg. Conforme pasaban las semanas y me iba pesando, no podía creer desde el fondo de mi corazón que la báscula marcara menos y menos peso. Era como si hubiera perdido toda esperanza en bajar de peso. Era más mi asombro que mi felicidad. Hice la dieta al pie de la letra por 1 mes, después la dejé, pero no la abandoné del todo, y seguí perdiendo peso. Finalmente bajé hasta 77 kg. Después de un par de meses de relajarme reboté hasta 79 kg, pero no más.

El 19 de mayo pasado inicié de nuevo la dieta. Me sucedió lo mismo que al inicio, no podía creer que la báscula marcara 78, 77, ¡76!, ¡¡75!! Creo que hace más de 10 años que no pesaba 75 kg. Para alguien que ha luchado toda su vida con su peso y quién se percibe de "complexión robusta", esto es un logro magnánimo. Sigo haciendo la dieta, pero también sigo siendo algo incrédula de poder bajar más. Es como si hubiera perdido la fe en mí misma, a base de autoregañarme tantos años. Y sin embargo, sigue funcionando.

Pero observo de cerca este fenómeno de mi pérdida de peso. Creo que hay mucho más trasfondo en estos hechos que el evidente cambio de alimentación. Antes de hacerla por primera vez, habían transcurrido unos intensos meses de aprendizajes espirituales. En ese tiempo, escuché por primera vez a Jac O'Keeffe, a Mooji, leí a Krishnamurti, a Rajnesh. Hablaban del desapego, del dejar ser, de la ausencia de control sobre las cosas, del minúsculo parpadeo de una vida y sus labores. La frase aplastante de O'Keeffe "tú crees que TÚ eres un grupo de pensamientos que has decidido que son verdad" me dejó helada. Todo aquello que pensé de mí misma se desmoronó, así como todo lo que pensé de lo que eran y hacían los demás. Fue un gran descanso dejar de juzgar(me) y etiquetar(me) las 24 hrs, y fue más duro estrenarme en el arte de aceptar la realidad. Mientras transitaba por los senderos de nuevos conceptos y aproximaciones a la vida, perdía peso paulatinamente. No es casualidad que ambos procesos sucedieran a la vez.

Después apareció el libro de Bourbeau de forma azarosa. ¡Ahí estaba yo!!, descrita con detalle en la herida de humillación. Incluso en ese momento podía identificar plenamente cómo mi aproximación a la vida me tenía en ese trabajo, en ese lugar, y en ese estado de ánimo. Nada estaba funcionando correctamente. El masoquista encuentra difícil rechazar a otros, decir "no", perseguir sus propias metas. Su miedo mayor es ser libre, aunque aparenta serlo, pero sabe bien que es sólo apariencia. El masoquista se involucra en situaciones que no lo satisfacen, pero en las que cree que hace lo mejor para otros. El masoquista carga su pasado, su presente y su futuro. Esa era yo, sin duda. Tenía que empezar a despertar, y ya podía hacerlo ahora que reconocía mi herida de humillación. De pronto tuve muy claro cómo y cuándo se formó esa huella. Y así como magia pude observarme sin emoción.

Inmediatamente apareció mi segunda herida, también profunda, la injusticia, y por ende, la máscara del rígido. ¡Qué rigidez había practicado gran parte de mi vida!, ¡cuántas cosas hice por el "deber", aunque no eran cercanas a mi corazón! Cuántas veces juzgué algo como inaceptable y desacredité a personas, sucesos, actividades. Qué cerrazón, qué dureza, qué contensión, qué amargura. Fue como despertar de un sueño de 25 años. También fue claro cómo y cuándo se formó la huella de injusticia en mí, y el trabajo que me había costado superarla, aunque ya desde hace tiempo estoy intentando hacerlo, aunque no fuera conciente de ello. Quizá a partir de que terminé el doctorado empezé a trabajar en esa rigidez, a intentar suavizarla. Fue mi último acto por deber... o casi.

Ahora ensayo pequeños ejercicios de recuperación de mí misma: decir "no" cuando hubiera dicho "si" por compromiso, expresar mis necesidades, llorar sin sentido, sentirme feliz sin sentido, vivir el momento presente, aceptar la realidad, quedarme callada, manifestar mis inconformidades, forzarme a actos que rechazo y realizarlos con asertividad, sentirme feliz por los demás aunque hagan cosas que yo no haría, en fin. En particular, me ha sido novedoso expresar un punto de vista opuesto al de los demás sin sentir un conflicto, y decidir en función de mí y mis intereses. Estos ejercicios, aunque sencillos, han sido duros de realizar. Me costaba identificar la diferencia entre egoísmo y autoconfianza. Entre indiferencia y desapego. Noté cuánto amor a mí misma me faltaba. En ocasiones me excedí en exigencias y resulté irritante para los demás, quienes me lo demostraron, pero fue parte del aprendizaje. Por primera vez sentí que actuaba en mi favor, independientemente de que otros lo aprobaran o no. Y fue una sensación increíblemente gratificante, como si cualquier cosa que decidiera con este criterio fuera infalible.

Fue durante estos meses que pude perder el peso que físicamente cargué tantos años. No sé si estas teorías expresadas en las lecturas que he estudiado sean verdad o mentira, si sea todo esto un truco de mi mente, o cómo funciona el cuerpo-cerebro, pero al menos en mi caso todo ha cambiado de forma integral, y ha sucedido en un período de tiempo considerable, sin mucho esfuerzo, pero sí experimentando un profundo dolor y desconcierto al desprenderme de concepciones y construcciones. Y poco a poco, una ligereza que parece envolverlo todo. Y una especie de paz de que lo que venga estará bien.



Jun 4, 2011

revelaciones



Desde que terminé el doctorado, y posteriormente me mudé a SC, muchos pilares de mi cabeza se han desmoronado. Estos meses, más de 24, han sido catárticos y fulminantes, con cambios externos e internos que a veces no puedo notar más que cuando ya pasaron. Sigo sorprendida de cómo casi puedo sentir que mis neuronas hacen conexiones nuevas y abordan la vida desde otra perspectiva, una que en 32 años nunca fue abordada. Ha sido un camino largo y tortuoso, pero me parece que hoy tengo más claridad que nunca, aunque sigo en tinieblas.

Uno de esos veintes aplastantes que me cayeron fue que no tengo control de las cosas. Esta simple idea que a otros les parecerá tan obvia, para mí fue un parteaguas de vida. No tengo control de las cosas. Cuando tuve claro esto, vinieron efectos faraónicos en la forma en que veo la vida. Pude soltar la angustia de echarme la culpa por todo lo que no era en mi vida como yo -u otros- lo deseábamos. Ahí está la angustia y tristeza de años por no tener una pareja. Ahí está la tristeza infinita que sentí cuando se fue Fiona. Ahí está toda la ansiedad que sentí cuando pensé que si las cosas no salían bien era por mi culpa. Fueron años de emociones negativas y mucha dureza conmigo misma. Pero no tengo control de las cosas. Las situaciones suceden y pasan, y no tengo control sobre ellas. Me resta simplemente hacer lo mejor que pueda con lo que tengo al alcance, que es muy poco. Y el resto aceptarlo y dejarlo en paz.

Otra de las revelaciones fue que no podemos cambiar a los demás. No está en nosotros que los demás sean de una u otra forma. No podemos vivir pensando que si los demás hicieran esto o aquello, serían felices, y por lo tanto nosotros también. Esto fue una ayuda enorme para separarme de los vínculos viciosos que sostenía con mi familia. Cuando comprendí que no podía cambiar a nadie, inmediatamente me sentí lista para aceptarlos como eran, con las cosas que yo rechazaba y las que aplaudía, aceptarlos tal cual con todos sus defectos, hasta los más aberrantes y dolorosos. También pude entonces aceptar personas de mi pasado, que actuaron de cierta forma y yo traté de que actuaran diferente. Se me quitó un gran peso de encima. Pude sentarme en el sillón y escuchar a mi interlocutor sin desear cambiarlo en absolutamente nada. Esta aceptación me trajo mucha paz. Lo siguiente era aceptarme a mí misma. Estoy en ese proceso.

Probablemente otra de las nuevas percepciones fue que las valoraciones son exclusivamente humanas, y las emociones y sentimientos también. Anteriormente, solía sufrir con las circunstancias que me parecían inadecuadas, la destrucción de la naturaleza, la pobreza, el maltrato a los animales, me causaban una angustia terrible. Pero esas valoraciones humanas que califican algo de bueno o malo, de correcto o incorrecto, de desagradable o grato, son arbitrarias y no existen más que en la cabeza de uno. No me hubiera sido posible desarrollar el trabajo que hoy hago si hubiera mantenido en mi cabeza esa tristeza terrible al escuchar las motosierras derribar los árboles. Pero estamos suspendidos en un segundo que nunca fue, en un instante imaginado, nada de esto es real, no existe lo real, es sólo nuestra mente jugándonos la pasada de la realidad construída. Así pues, la "destrucción" o "creación" de la naturaleza no es algo para entristecerse o alegrarse. Simplemente, es. Y eso es todo. Y así con todo lo demás que solía calificar.

De pronto tuve la sensación de que no quedaba nada para aferrarme. No quedaba nada ni nadie por qué luchar, no había control, y las valoraciones eran arbitrarias. El mundo apareció ante mí como un ente descifrado por mis sentidos, como una película con el sonido desactivado. No hubo conexión entre mis emociones y el mundo, ni sus personas, ni sus circunstancias. Entonces fui capaz de hacer todo, de estar horas sola y en silencio, tranquila, sin comerme la cabeza. De trabajar y hacer y deshacer, hablar con personas, buscar, preguntar, sin sentirme abrumada o fuera de lugar. Todo se tornó ligero y banal, tuve una sensación lúdica, como si estuviera en un teatro y pudiera actuar cualquier cosa. Pudiera decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa, -aun lo que antes pensé que jamás podría decir por ser incorrecto o darme pena- y nada fuera importante o trascendental, todo era ajeno a mí, aún lo que yo hacía o decía. Y esta es una sensación maravillosa que me trae mucha paz, aunque no siempre puedo mantenerme en ese lugar de absoluta ecuanimidad.


May 4, 2010

indagando


M
e observo detenidamente. Poco me desconecto de la conciencia del hacer, pero a la vez se siente tan natural que parece el ser. Trato de ser-hacer/hacer-ser, casi no puedo distinguir entre ambos. El ser cae con todo su peso y aplasta el resto. Me sorprendo in fraganti en algún gesto artificial. ¿De dónde viene esta selección por un gesto artificial?, ¿qué es lo que estoy evitando con esa selección?, ¿por qué resulta la -entre comillas- mejor opción? La respuesta no es diferente de la de todas las preguntas del estilo. Está ahí muy en el fondo, un grillete apretado y cortante. He adelgazado el metal, pero no lo he cortado. Me pregunto qué estoy esperando para hacerlo. Inmediatamente lo noto: no sé cómo.

La lección me ha sido explicada claramente. Pero no parezco comprender. Me llevo los apuntes a casa y trato de repasar, pero no los logro asimilar del todo. Me siento perdida. Tengo miedo de fallar en el examen. Irónicamente, la lección se trata de no tener miedo de fallar. Lo que me recuerda que no he comprendido del todo la lección.

indagación


D
e pronto ha terminado el instante y me encuentro en una nueva realidad. Todo es extraño ahora. Me reconozco diferente, y a la vez la misma, con una mirada más ligera, y a la vez con lastres que no termino de soltar. El tiempo que ha pasado, no puedo verlo ni tocarlo, pareciera inexistente: tanto me negué vivirlo que ahora no hay registro de él más que un papel. Pero ya no tiene sentido pensar más en ello, ni sufrirlo -aunque esporádicamente se manifiesta con fuerza la herida de ese silencio-, parece que ha perdido sentido poner ese tema en la mesa. Y no me parece mal.

En cambio, me van sorprendiendo mis reacciones, casi como haber borrado un chip y tener uno nuevo, uno que todavía no sé bien cómo funciona, qué puede hacer, qué resultados arroja en cada comando. Muchas preguntas se han ido, tantas, que me he quedado sólo con las que no puedo responder. De alguna forma las otras han perdido sentido, los sabores y los sinsabores han perdido sentido y razón de ser. Pareciera invadirme algo más grande que me deja callada, y al instante de querer decir algo, mi yo silencioso hace un gesto enérgico de guardar silencio. ¿No quedamos que esas preguntas no procedían más?, le dice a la que quiere hablar.