1/27/12


"Pero estemos atentos a que la relación no se vuelva rutinaria", dijo. Me sorprendió un poco que lo dijera, pero creí entender desde dónde lo decía.  Hasta ahora nos habíamos adaptado, no con poco esfuerzo, a los vaivenes espaciotemporales de vernos cada tanto.  Los encuentros eran siempre emocionantes, extraordinarios.  Tratábamos de detener toda la vida ordinaria para dar paso a la visita extraordinaria.  Convivíamos con intensidad unos días.  Siempre en celebración por la oportunidad.  Luego, venía la despedida vertiginosa. Los dos dijimos "no me quiero ir" o "no quiero que te vayas" más de una vez, con tranquilidad, pero también con auténtico deseo de prolongar la convivencia.  Pero no podía hacerse.  El otro tenía que partir irremediablemente a cumplir con sus obligaciones, gustosas o forzosas, pero tenía qué irse.  Había pasado un año y medio así.  Esperar, desearlo, esperar, desesperar, emocionarse, ¡recibirlo!!, disfrutarlo, despedirlo, extrañarlo, esperar.  Y así los ciclos.

Esta dinámica no nos permitía acercarnos demasiado, o así lo percibía yo.  No pasábamos de cierto punto de conocimiento mutuo.  No podíamos contar el uno con el otro en los momentos difíciles, ni podíamos ver cómo lideaba cada uno con sus momentos de crisis.  Siempre que nos veíamos era todo motivo de festejo, no había tiempo ni espacio para las sombras.  Fueron pocos los momentos en que compartimos nuestros lados oscuros, y no fue sencillo encontrarse de pronto con otra cara de este pseudo desconocido amado.  Yo no sentía a qué asirme en él.  No podía ofrecerle tampoco a él a qué asirse en mí.  Había poco conocimiento de causa.  A veces, el que intentaba ayudar al otro se encontraba con reproches y reclamos.  Como sucede cuando se intenta ayudar sin conocer el origen del problema.  En una palabra, no podíamos construir.

Pero ahora mi situación había cambiado.  Se habían terminado mis obligaciones forzosas.  Era libre de moverme sin prisas ni presiones de volver.  Podía ir a instalarme a su casa varios días, muchos más de los que comúnmente lográbamos vernos.  Eso implicaba un cambio a muchos niveles, supongo.  Para empezar, no habría ese tironeo de "ya ven", "no te vayas", porque yo podría ir y quedarme cuando y cuánto se nos antojara.  A primera vista parecía una situación más ventajosa, pero era finalmente una situación nueva a la que tendríamos que adaptarnos en muchos niveles.  Por ejemplo, emocionalmente, estaríamos más disponibles, más cercanos, y dejaríamos los vaivenes anteriores que nos daban cierto ritmo de alternancia emocional.  Y así sucedía con las otras dimensiones de la relación y de cada uno.  ¿Es aquí dónde nuestra relación se volvería común y corriente?

Para mí, al fin y al cabo, el meollo del asunto eran los momentos de vida de cada uno.  Nos gustábamos, si, nos amábamos, si, nos respetábamos, si, nos agradaba compartir intereses y actividades, si. Y lo más importante, nos aceptábamos tal cual éramos.  Había paz.  Pero nuestros momentos de vida eran diametralmente distintos.  Esto era lo más difícil de compaginar.  Se nos antojaban planes de vida distintos, con distintos componentes incluídos.  De forma natural, nos provocaban cosas diferentes.  Y no había forma de pedir al otro que hiciera o no hiciera algo, de que cambiara de una u otra forma, de que saliera de su mundo de seguridad para vivir otra cosa.  Era tácito el acuerdo de que, lo que fuera que cada uno hiciera, lo hacía por su propia voluntad, no obedeciendo a una solicitud -por más amable- del otro.  Y éste era uno de los pilares más sólidos de lo nuestro.  Quizá un arma de doble filo.

Entonces, pues, no había casi nada qué decir.  Cada uno podía actuar en concordancia con lo que creía y quería.  Ni siquiera era necesario anunciar qué haría cada uno.  Las acciones eran aquí, con más contundencia que nunca, absoluta autoridad por encima de las palabras.  Y, como los diamantes, en las acciones se reflejaría la transparencia de las emociones.  Su transparencia y autenticidad.

1/14/12


¡Aquí están mis primeras piezas de cerámica de torno!  Creo que seré una fantástica ceramista algún día.
¡Bien, bien, bien!  ¡Me da gusto escribir este post!  Poco a poco me va cayendo el 20 de que por fin estoy en el lugar y momento en el que deseé estar por meses.  Para ser precisa, poco más de un año. Voy a repasar la historia rápidamente para terapearme, ¡como me gusta hacerlo!  Todo comenzó en febrero de 2010, cuando casualmente conocí a la que sería mi futura jefa.  Yo vivía en el DF y no tenía un plan muy concreto, más que mudarme a Chiapas e iniciar algo relacionado con la selva.  Después de que me hiciera una maravillosa propuesta, trabajé en su organización por un año y medio, tiempo durante el cual la maravillosa propuesta nunca se materializó.  No me salí del trabajo en ese tiempo porque me había mudado a San Cristóbal y pensé que las actividades en las que colaboraba se afectarían negativamente si yo dejaba el trabajo.

Enseñanza: preocúpate cuando pienses que eres indispensable.  Si te quedas en algún sitio porque piensas que todo empeorará si te vas, aunque tu situación personal mejore, empieza a cuestionarte por qué no piensas que mereces que tu situación mejore, y por qué estás tan preocupado por todo el mundo menos por ti mismo...  Nadie es indispensable, la vida es corta, ¿para quién la vas a vivir?

El año y medio que estuve en ese trabajo aprendí un montón de cosas.  Por fin viví en Chiapas, con sus pros y sus grandes contras también, y me quité esa espinita.  Aprendí más sobre mi línea favorita de trabajo y puse en práctica mis conocimientos anteriores, cosas que disfruté mucho.  Conviví con gente muy diferente a mí y aprendí de su compañía y sus percepciones.  Comprendí algunas dimensiones muy crudas del ser humano en las que no había reflexionado antes.  Algo de mi inocencia se fue.  Para bien, creo.

Enseñanza: de cierta forma, la pequeñez de estas vidas me hizo ver la pequeñez de mi propia vida.  Si nuestras vidas son tan pequeñas, fugaces y triviales (no en contenido, sino como eventos breves en la historia del cosmos), ¿por qué vivir buscando el reconocimiento exterior, que un grupo de gente diga "qué bien, qué capaz, qué bárbara", intentar llenar los estándares arbitrarios de una sociedad, cultura, momento histórico, etc.?  ¿Qué aprobación es la que realmente importa?, ¿la de los demás o la de uno mismo?  Se necesita valor para no buscar aprobación alguna.  Valor y claridad.

Justo antes de mudarme a este lugar, me costaba mucho trabajo levantarme por la mañana, pesaba 84 kg y me torturaba pensando por qué a mis 31 años no tenía una pareja.  Estar lejos de mi familia y de sus gastadas interacciones me ayudó a sanar lentamente mis heridas y dolores.  Conocí a un hombre maravilloso, empecé a despertarme temprano de forma natural, y perdí 7 kg de peso gracias a una dieta desintoxicante.  Leí dos libros que cambiaron mi forma de ver la vida: Born to be Free (Jac O'Keeffe) y Las 5 heridas que impiden ser uno mismo (Lise Bourbeau), entre otros.  Mientras se desarrollaba esta relación a distancia con él, fue todo novedoso y la distancia ayudó a atenuar las llamaradas pasionales que en otro momento quizá hubieran resultado homicidas, así que disfruté amarlo, que me amara y, por primera vez, no pensé en bodas, hijos, casas u otra meta, lo cual fue muy relajante y afortunado. Pude experimentar esta relación concientemente, en el momento presente, la mayoría del tiempo.  Eso fue algo nuevo para mí.

Enseñanza: por primera vez pude ver cómo hacía, pensaba y sentía muchas cosas simplemente reaccionando a mis huellas infantiles.  Siempre en el pasado o en el futuro, nunca en el presente.  Me pude ver como una persona con percepciones subjetivas e interpretaciones condicionadas, ni correctas ni incorrectas, pero sí sesgadas.  Esto me ayudó dejar ir cargas físicas, mentales y emocionales.  Estar en el momento presente me hizo vivir más intensamente y con mayor fluidez.  Vivir el presente me ayudó a sobrellevarlo.  Y pude disfrutar el momento, con lo que tiene, sin más ni menos.  Y lo más importante: empecé a aceptar la vida y la realidad como se presentan, tal cual.

Sin embargo, también, durante todo este tiempo estuve mirando hacia el futuro con ansia y angustia.  Cuando se terminara mi contrato con la organización, todo cambiaría.  Me encontraría liberada de un compromiso que en esencia no deseaba tener.  Volvería, de cierta forma, al mismo lugar en el que estuve hace 2 años: sin compromisos laborales y con el mundo enfrente para hacer lo que yo quisiera.  Fueron tan largos estos meses, que mucho tiempo pensé que este momento jamás llegaría.  Ahora veo cómo cada mañana me forzé a cumplir con mis responsabilidades, pero sin gusto.  Hasta que el momento llegó.  El momento en que todo es posible.  El momento de tomar estas enseñanzas y abrazarlas con gratitud y entusiasmo.  El momento de dejar de reaccionar al ego, a la sociedad, a los modelos, a la cultura, y probar fluir en una auténtica naturalidad.  El momento de hacer lo que te dé la gana.

Enseñanza: ten paciencia, todo estará bien.  Pero abre bien los ojos. Los espejismos pueden engañarte y puedes perder tiempo en ellos.  Trata de no dejarte seducir por los señuelos del ego.  Busca lo que tú quieres, lo que amas hacer, lo que te sale natural.  ¿Qué importa el resto?  Es tú vida, vívela como tú quieras.  Y cuídate, no pongas antes que tú a todo lo otro.  Tú vas primero, luego, el resto.  Siempre que tú estés bien, podrás apoyar a aquellos que amas.  Siempre que tú estés bien, te sentirás satisfecho con cualquier resultado que la vida presente.  Siempre que te cuides, te apapaches y te mantengas bien alimentado, descansado y en forma, podrás cuidar de ti y de los tuyos.  No importa qué suceda en el exterior, procúrate a ti mismo.  Y así, todos estarán más felices de estar contigo, ¡y tú mismo estarás feliz de estar contigo!

Han sido meses intensos y pesados.  No fue sencillo atravesar este período y tuve muchos momentos de flaqueza, incomodidad, forzamiento, y agotamiento.  Hubo muchos sacrificios.  No diré que "valieron la pena", sino que rindieron frutos concretos que he intentado esbozar en estas enseñanzas.  Las enseñanzas me han hecho una persona más feliz consigo misma, lo cual no se puede valorar.  Es algo que finalmente, creo, rinde satisfacción haber vivido.  No siempre se abren ventanas en nuestra comprensión.  Es grato encontrarme ahora, sin daños colaterales mayores, pasados estos momentos de aprendizaje. Siento que tengo más claridad.  No todo está descifrado, nunca lo está de todos modos.  Pero ahora tengo mayor confianza en mí misma y en lo que la vida me traiga, y sobre todo, menos miedo de lo que vendrá.  Creo que esto es fantástico.

Bien, saludo el futuro.  ¡Posibilidades!, ¡cambios!, ¡sueños!, ¡LIBERTAD!!!

No recuerdo cuál fue la última vez que escribí desde la selva.  Estar aquí me provoca escribir inmediatamente.  Será que no hay mucho que me distraiga de todo lo que existe.  No hay forma de distraerse deliberadamente con la televisión, con los objetos, con los libros, con los pendientes, con los planes… vaya, ni siquiera hay suficiente alumbrado público o privado para evitar adentrarse en uno mismo.

Me pregunto cómo percibirá la vida la gente que vive aquí.  El ejido es pequeño, con menos de 50 familias.  Los solares se acomodan en una pequeña cuadrícula, cada uno de 50 x 50m.  El ejido se distingue de otros por su limpieza y orden.  Los pastos están verdes, las casas son de madera pero algunas están pintadas.  Los setos están podados.  Así por encima, se percibe tranquilidad y armonía.  Ahora, de noche, se escucha música en algunas casas, pero no como en otros ejidos donde la estridencia es notoria, sino a un volumen amable, casi compartiendo, pero sin invadir a los vecinos.  En otras casas se escucha la televisión.  En otras no se escucha nada, sólo se ve un foco prendido por aquí y por allá.  Y en otras casas se escuchan risas de niños y grandes.  Charlan y ríen.
 
Alrededor del ejido hay montañas peludas de selva.  No son muy altas, pero la vegetación siempre las hace ver imponentes.  Siempre que las veo me da la impresión de que aquí la selva es tan explícita que grita por sí sola su presencia, invencible.  Pero no es así.  No es invencible ni mucho menos.  La selva es vulnerable y débil, y se la puede aniquilar con poco esfuerzo.  Simplemente aquí, donde estoy sentada ahora, pudo levantarse alguna vez un árbol de cuarenta metros de alto.  Y ahora hay un piso de cemento, una bombilla titilando débilmente, y una persona sentada en una silla de plástico escribiendo en una computadora.  Y así en todos los terrenos que se ven en el camino, sin árboles, con pasto, con ganado, quemados, en fin, ahí alguna vez hubo selva.  Quizá esta imagen  es de las que me tortura silenciosamente cuando viajo para acá.  Por eso no puedo dejar de ver los montes verdes y poblados e imaginar que así fue todo alguna vez. 

Pero no entremos en los dramatismos usuales en torno a la extinción de los ecosistemas (ja), regresemos a la vida del ejido.  Ahora hace un tiempo espléndido.  No hace calor y el aire no está completamente húmedo.  Quizá más tarde en la noche haga un poco de fresco.  No hay mosquitos, y eso sí es de agradecerse a Dios con toda el alma.  Es más, el tiempo está tan agradable que dan ganas de quedarse aquí una semana a no hacer nada más que columpiarse en una hamaca y nadar en el río.  Porque el río está aquí cerca, el río Lacantum.  Y es un río grande.  Tendrá unos cincuenta metros de ancho, y sus aguas corren rápidamente hacia el Usumacinta.  Es una corriente fuerte, nadar puede ser peligroso, aunque con un chaleco flotador y algunas habilidades de nado, una persona puede viajar de poblado en poblado a lo largo del río sin problema, según me han dicho.  Ahora no me he ido a asomar al río, pero seguramente sus aguas están azules y brillantes, como suele ser en temporada de secas.  Durante las lluvias, se tornan color café y el río crece.   Cuando los leñadores tabasqueños sacaron la caoba de la Selva Lacandona en los años 40, era usual que lanzaran las trozas (troncos cortados) al río y viajaran sobre ellos hasta el punto de reunión.  No sé hasta dónde llega el Usumacinta, me pregunto a dónde viajarían sentados sobre esos inmensos troncos, cabalgando el río.


Me imagino a Marcos (no él en persona, sino lo que representa) escribiendo “desde algún lugar de la selva”, como suele firmar sus misivas.  Estar metido de pronto en un punto muy, muy lejano de la civilización y ponerse a pensar y a escribir.  Y más si es en la selva.  Me lo imagino despojándose del pasamontañas y las botas, usando unos cómodos huaraches y tumbándose en una hamaca para esbozar el siguiente movimiento del Movimiento.  Pensar que algunas comunidades despertaron a una conciencia social de sí mismas y desde aquí, desde pisos de tierra y malaria, intentaron darse autonomía, derechos, identidad, respeto.  No sé cómo lo hicieron.  Además de que aquí no hay prácticamente productos y servicios que puedan aprovecharse para tal fin, me da más curiosidad cómo aclararon en sí mismos, en su mente, qué querían, y cómo querían conseguirlo.   Porque nacer y crecer en la selva tampoco provee muchos recursos intelectuales.  Es curioso, pero la relación que mantienen las comunidades con el ecosistema en el que viven frecuentemente es de extrañeza y hasta repulsión.  Digamos que no son el típico ejemplo de la relación armoniosa hombre-naturaleza.  Eso vino después, en el discurso… Aunque quizá en otros casos no es así.


¿Por qué este lugar guarda tanto encanto para mí?   Recuerdo que en la carrera era especial aquél que trabajaba “en la selva”, como si se le tuviera una especie de respeto, admiración.  Cuando entré al taller de tesis, que fue definitivo en la elección que más tarde haría sobre mi área de trabajo, existía las posibilidad de trabajar con especies de diferentes ecosistemas,  e hicimos una salida de campo a Tamaulipas y Veracruz.  En Tamaulipas visitamos El Cielo, una reserva de bosque de niebla, o lo que quedaba de éste.  En Veracruz visitamos Los Tuxtlas, un relicto de selva tropical.  Pero no, no fue ahí que la selva me impresionó, o no lo recuerdo así.  De niña, también, viajé a Chiapas, a Palenque, y tampoco recuerdo que en ese momento pensara que la selva era imponente.  Quizá fue después, durante el doctorado, donde mi motivación inicial era una idea (aquella de “la selva”) y se afianzó al cruzar el Lacatum y adentrarnos en la Selva Lacandona. Y es que qué selva, no es cualquiera.


En la selva conviven más especies por hectárea que en ningún otro ecosistema.  Es decir, la selva es el ecosistema más diverso qué existe.  El suelo de la selva tropical es muy delgado, el ciclaje de nutrientes se mantiene gracias a la gran cantidad de biomasa que hay en el suelo, conformada por miles de hojas que caen, se pudren y se degradan en el suelo, y por las raíces superficiales de los grandísimos árboles que viven aquí.  La vegetación está estratificada y esto se puede observar a simple vista: hasta abajo, el sotobosque, en un estrato intermedio los arbustos y especies pioneras, y hasta arriba, los árboles tolerantes a la sombra (pues se hacen sombra entre sí).  Finalmente, las especies de dosel emergente crecen y crecen hasta que sus copas rebasan a todas las demás y pueden recibir el sol sin intermediarios.  Todo esto sonará científico, y lo es.  Pero basta fijarse un poco en un manchón de selva que se ve.  En tantos tonos de verde, café, blanco, amarillo, gris de las hojas.  En tantas formas de hojas grandes, redondas, afiladas, como estrellas.  En los grosores, formas y colores de los troncos.  Y en los sonidos.  La selva habla a través de una voz de múltiples identidades.


Es quizá éste último el rasgo que recuerdo con más nostalgia cuando no estoy aquí, y el que me hace reconocer que he llegado: el sonido de la selva.  Si pudiera grabarlo en un disco y escucharlo por horas.  Miles de insectos cantando sus propias tonadas, a diferentes horas del día y la noche, hasta volverse casi estridentes al atardecer.  Las hormigas arrieras comiendo las hojas de un arbusto.  Los monos aulladores rugiendo como jaguares a kilómetros, hablando entre ellos un diálogo instintivo y misterioso.  Las hojas de los árboles meciéndose al viento o al agua, golpeando en armonioso batir.  Y la lluvia.  Un ejército de tambores que se acerca desde lo lejos y se le escucha venir, y que al llegar calla toda voz y todo pensamiento.  Benditas esas noches en que despertaba extrañada, ¿qué se escucha tan fuerte?, y sólo algunos instantes después podía comprender que el estruendo no era nada más que la lluvia, como sólo llueve en la selva.

1/7/12

Bueno, el fin de año fue como amenazaba ser: completamente estresante y desquisiado.  Me vino una ola de aprehensión más fuerte de lo que pensaba.  De pronto los días no eran suficientemente largos para realizar miles de pendientes que parecían tener la misma importancia. Cuando miro atrás a esos momentos, me pregunto por qué soy tan aprehensiva de cosas que seguramente no tienen importancia, ni siquiera a mediano plazo.  Además, sucede que en pocos días olvido por completo qué me tenía tan preocupada.  Sólo recuerdo que en esos momentos la sensación de pánico y repulsión se instala en mí 24 horas.  Son emociones intensas, pero que no puedo detectar ni manejar con claridad cuando aparecen.  Es como si éstas secuestraran mi capacidad para observarme.

Compré un libro que se ve muy interesante.  Se llama "Handbook of Emotions" (algo así como "Manual académico acerca de las emociones"), y parece estar muy completo.  Digo "parece" porque apenas he leído medio capítulo.  Es un libro muy gordo y trae decenas de artículos cuasi-científicos acerca de las emociones humanas.  Lo compré porque últimamente me siento extremadamente curiosa acerca de las emociones.  ¿Por qué existen emociones tan complejas en nosotros?, ¿todos sentimos emociones igual de complejas, o algunos únicamente sienten emociones "sencillas"?  ¿De qué depende que no nos permitamos experimentar ciertas emociones?  ¿Por qué automáticamente sentimos otras?  El pensamiento parece estar muy relacionado a las emociones.  El pensamiento parece afectar lo que sentimos, y lo que sentimos a su vez nos hace cambiar de parecer... Entonces no entiendo muy bien si la razón y la emoción están verdaderamente separadas, o fluyen en una especie de "continuo neuronal", por llamarlo de cierta forma... Se nota que no sé mucho de psicología.

Y hablando de psicología, últimamente me está seduciendo mucho la idea de estudiarla como carrera, sí, desde cero.  Llevo aproximadamente 15 años dedicándome a las ciencias naturales, ecología tropical, específicamente, y siento que he llegado a algo así como una revelación.  Por un lado, conocer cómo funciona la Naturaleza es muy interesante per se.  Hay personas que dedican toda su vida simplemente a dilucidar las formas y mecanismos del mundo natural.  Esto está bien, me parece muy bonito.  Sin embargo, por otro lado, la destrucción de la Naturaleza es creciente.  Minuto a minuto se pierden especies, ecosistemas, funciones, etc. ¿De qué nos servirá saber cómo funciona la Naturaleza si la fina red de interconexiones está desapareciendo?  Creo que de muy poco.  ¿Y qué es lo que está causando la destrucción de la Naturaleza? Bueno, todos lo sabemos, de una u otra forma, es la especie estrella, el ser humano.  Es decir, la Naturaleza se está destruyendo a sí misma, pero estamos tan acostumbrados a vernos separados de ésta que muchos pueden no estar de acuerdo.

¿Y por qué el ser humano está destruyendo a la Naturaleza?, bueno, entre otras muchas razones, por su ambición, búsqueda de la comodidad, ignorancia, y -como yo lo veo- grado de vacuidad vital.  Es decir, nuestra vida está vacía, ¿no es así?  Nada nos satisface, siempre sentimos un vacío profundo que queremos llenar, para que desaparezca.  ¿Y cómo podemos llenarlo?  Pues lo intentamos haciendo, teniendo, acumulando, en fin, buscando que los demás reconozcan que nos destacamos de una u otra forma.  Y cuando miles de millones quieren hacer y tener y acumular, esto tiene que reflejarse en las fuentes de recursos.  Los océanos han sido saqueados, los bosques han sido talados, los animales han sido extinguidos, y no hemos podido recuperar casi nada.  Entonces, ¿en dónde radica lo que motiva al ser humano a actuar cómo lo hace? - En las emociones.

Pensemos en un hombre común y corriente que no tiene coche.  Desea tener un coche para moverse, porque esto le permitirá llegar más rápidamente a todas partes (comodidad), ser dueño de un coche (orgullo), y sobre todo, que otros reconozcan que este hombre se diferencía de ellos porque tiene un coche (satisfacción, narcisismo).  Cuando el hombre compra el coche, quiere sentirse satisfecho y seguramente se sentirá así por unos días o semanas.  Pero más tarde sucede que el coche ya no es suficiente.  Ahora quiere tener uno de esos teléfonos "inteligentes".  Tanto el coche, como el teléfono, como sea lo que sea se relacionan directamente con la cantidad de recursos que se utilizaron para generar estos productos, y se utilizan para que funcionen, así como su impacto en el medio ambiente cuando sean descartados.  También, tanto el coche, como el teléfono, como sea lo que sea tienen un efecto en las emociones del hombre.  Así pues, las emociones afectan al ambiente en función de los  productos y servicios que adquiere la especie que puede sentir emoción: el ser humano.

Creo que no salvaré al mundo.  Ni siquiera puedo decir que salvaré una hectárea de selva.  Vaya, ni siquiera puedo asegurar que al final de mi vida me sentiré satisfecha conmigo misma.  Pero sí puedo seguir aprendiendo.  Eso me entusiasma.  Aprender.

Cuando decidí estudiar Biología, mi argumento fue que "quería conocer todo lo que funcionaba sin ayuda del hombre".  Sentía una repulsión natural hacia las Humanidades.  Sin embargo ahora, después de haber ido hasta cierta profundidad de lo que funciona sin el hombre, veo que desafortunadamente el hombre determinar el destino de aquello que no le necesita para existir, pero sí viceversa.  Pareciera que ahora me atrae la idea de conocer todo aquello que hace que el hombre funcione como lo hace.  Veremos si con mi manual de emociones puedo aprender un poco al respecto.

12/9/11

Hace mucho que no escribo, otra vez. ¿Qué está pasando conmigo? Tengo muchas cosas en la cabeza y más en el corazón, pero, no, escribir no es como era antes.  Me pregunto si es un signo de atolondramiento emocional o, al contrario, un signo de paz interior y ausencia de la necesidad de expresar.  Me recuerdo sentada en aquella cafetería en Buenos Aires, después de una larga caminata.  Abrí la computadora y me dispuse a escribir como si estuviera a punto de comerme un platillo delicioso, sabroso, que me dejaría satisfecha.  Escribir, lo que fuera, me confortaba... No, no.  Pensándolo bien, esto no puede ser bueno.  ¿Por qué siento que ya no cuento conmigo misma? Me pareciera que voy sola y me forzo, la forzo a ella, a la que soy yo, que no quiere conectarse con la que la forza.  Ella es la que no quiere escribir.  Prefiere seguir como si nada pasara.  Si no escribo, tal vez no me caiga el 20 de lo que siento.  Tal vez pueda seguir desechando estas emociones conforme las siento, al fin y al cabo, de un momento a otro, se pasan.

Me he vuelto más liviana, es verdad.  Quizá no cargo conmigo tantos pesos dolorosos como antes.  Quedan algunos, pero trato de observarlos.  Muchas veces me descubro colocándome a mí misma en una posición de desventaja ante los demás.  "No tengo esto o aquello... Esto no sucede para mí y sí sucede para los demás... Si esto o aquello sucediera, yo estaría mejor".  Y así lo hago, en una autoflagelación sutil, pero continua.  A veces no digo nada y simplemente me someto al estrés de un trabajo interminable.  Nunca haces lo suficiente y no lo haces a tiempo, me digo.  Y al momento siguiente me doy cuenta de que me estoy maltratando.  Todavía no entiendo muy bien qué es verdad y qué inventé yo.  Qué es necesario decir y qué no.  Qué se debe soltar y qué se debe retener...y resolver.  Todavía no entiendo muy bien.

Pero algo sí he notado.  Conforme pasan los días, las semanas, los meses, todo se olvida.  Todo, todo, todo queda atrás y ya no importa nada.  El estrés que sentí por dejar la casa durante mis viajes, y los esfuerzos monumentales que hice por adelantar todo el trabajo posible antes de irme, ya no importan, ya no los recuerdo, ya olvidé por qué en ese momento tenían -según yo- las cosas qué ser justo de esa forma y no de otra. He sido muy aprehensiva, supongo. ¿Entonces qué es lo que importa en la vida?  ¿El resultado de años de encontrarse en la misma sintonía?  ¿El proceso de cambiar de canal?  Dios, estoy tan acostumbrada a procuarme placeres efímeros que he caído estúpidamente en la trampa de creer que el placer momentáneo es felicidad, es satisfacción, es éxito.  Ay, no, ahí estoy castigándome de nuevo.

No sé por qué no logro trascenderlo todo de sopetón y punto. ¿Por qué mis reflexiones no me llevan a liberarme de mis pesos?  Si los observo y los estudio, no entiendo por qué no se esfuman.  Tal vez necesito ayuda.  Alguien que me diga, déjate de tomar todo tan a pecho.  Si eso o lo otro sucede, ¿qué importa?, ¿no te has dado cuenta mil veces de que nada importa?, sé consecuente con ello y deja todo ir.  Todo.  Sí, también eso, si, y eso otro también.  Nada es "más trascendental" que otra cosa.  En realidad todo es lo mismo.  El chiste es esperar pacientemente a que la vida transcurra.  Todos los moralismos y etiquetas son construídos.  Nada de eso es verdad.  Ya estás demasiado lejos de eso.  Sería hipócrita volverle a rendir tributo al ego.  ¿No sería lo más estúpido volver a actuar por ego cuando ya te has dado cuenta de que el ego no existe?  Sería extremadamente estúpido.  Y las decisiones tomadas estúpidamente tienen consecuencias.  Una cosa es que nada importe y otra que te pongas trabas de largo plazo.  Cuidado, hay qé tener los ojos muy abiertos.

Bueno, respiro hondo.  Al menos ya estoy escribiendo.

10/15/11



Están pasando una película sobre un hombre que tiene cáncer y va a morir en un año.  Conoce a una mujer y resulta que ella también tiene cáncer y también va a morir.  Ambos viven sin peso alguno, se enamoran, tienen sexo como locos, viajan, disfrutan, ríen.  Lloran, se enojan, luchan.  Cada segundo es el último.  Tengo que escribir.

De nuevo estaba sentada frente a ella en su oficina.  Se aproximaba el momento de decirle el tan repasado no, y me sentía flaquear.  Otra vez me presentó el futuro como el trabajo de mis sueños, igual que hace año y medio, sólo que ahora en la selva.  Me costó trabajo negarme.  El trabajo sonaba bien, aunque tuve presente todo el tiempo que sus promesas solían resultar teóricas, y en la práctica los trabajos de los sueños se vivían como lenta tortura que se acaba hasta el fin del contrato.  No pude ser contundente, si acaso dije no creo.  Me alabó.  Me sentí culpable por negarme.  Sentí también que me perdía de la selva, y sería muy difícil volver.  Para empezar, ¿por qué quería trabajar en la selva?  No tenía ganas de pensarlo, ¿eso también se iba a desmoronar con todo lo otro?  Ya no me estaba quedando nada que me hiciera yo.  ¿En qué me estaba convirtiendo?  En un color que se deslava sobre el papel... hasta que queda en blanco.  ¿Tenía miedo de quedarme en blanco? ¿Qué dirían los demás cuando nada me importara? ¿No se supone que era una sensación placentera, que me hiciera sentir libre y liviana?  En fin.  Negociamos una especie de asesoría a distancia, yo quedaría como asesora del experto.  En conclusión: en lugar de hacer el trabajo de mis sueños, iba a asesorar al que tuviera el trabajo de mis sueños.  Suspiré con desgana, pero, ¿tenía otra opción?

Parecía que disfrutara del conflicto interno.  Apenas decidía una cosa, pensaba si hubiera sido mejor decidir diferente.  Siempre dividida entre dos realidades contrastantes y sin saber cuál escoger.  Me agobiaba la incertidumbre y el desazón.  Me daban ganas de llamarle y preguntarle ¿en verdad quieres algo conmigo?, ¿vas a estar conmigo siempre?, y si quiero tener hijos ¿vas a ser papá conmigo, o voy a ser mamá sola como tantas amigas?  Dime algo que me motive a dejar la selva por ti.  Comprendo que tú no puedas moverte, yo me mudaré.  Pero dime algo que me asegure que cuento contigo.  Dime algo que me deje tranquila.  Pero no atiné a decirle nada de eso.  Apenas una escueta llamada y me respondió con generalidades.  Quizá sabría que estaba nerviosa, pero tampoco quería charlar demasiado.  Esas promesas que yo exigía, él no me las haría.  Ya las había prometido a alguien más.  Y las había cumplido.  Siempre serás bienvenida en casa, dijo.  Pero yo, resistiéndome, no quería vivir ahí.  Ya había vivido ahí seis años, ¡seis años de tedio y frustración!  Negocié conmigo misma un destino intermedio.  Eso sonaba aparentemente bien.  Pero no era la selva.

Pero, pensando un poco, ¿de dónde venía la duda de los hijos?  No los deseaba tener ahora.  No me veía teniéndolos más tarde.  ¿Cuándo?  Estaba tan cansada. ¿Todavía faltaba oootra etapa de la vida, ahora la de los hijos, que era necesario vivir?  ¿No podía descansar, conseguir una rutina, hacer las cosas simples que disfrutaba y no pensar en ello más?  Era de nuevo el delirio de indecisión.  Pánico a darme cuenta más tarde que los debía de tener cuando podía.  Pero, ¿con quién?  Llegaba al mismo punto.  Y eso no podía pedirle prometer.  Se antojaba abandonarse al Tao y dejar que sucediera lo que tuviera qué suceder.  Sin pensarlo casi, sólo así.  Pero el sólo así no era mi naturaleza.  Si quería sobrevivir a la vida, tenía que continuar este proceso de decoloración.  Aceptar la decoloración, no servía de nada resistirse.  Come to meets with the absolute void.

Bien.  Tenía miedo.  Era así de sencillo.  Miedo de dejar esta casa. Miedo de buscar otra.  Miedo de mover a la perra. Miedo de la mudanza. Miedo del nuevo lugar, el nuevo plan.  Miedo de arrepentirme de dejar este sitio.  Miedo de haberlo imaginado todo mejor cuando no lo era. Miedo de haberme encaprichado con esta decisión, cuando en realidad daba igual.  Miedo de estar equivocada.  Miedo de decidir mal.  Miedo de no encontrar nada mejor.  Miedo de empezar de nuevo sola. Miedo de no encontrarme mejor al final de todo.  Miedo de mirar atrás y verlo todo diferente de como lo miraba ahora.  Miedo de cambiar.  Miedo de cambiar.  Me había acomodado aquí.  Me disgustaba el clima, me disgustaba la distancia, me disgustaba el trabajo, me disgustaba la vibra.  Pero aún así me inspiraba miedo dejar la casa, el lugar, el trabajo.  ¿Por qué?  Hacerlo sola -como siempre- le quitaba algo de sentido a todo.  Aún después de tantos años, no había aprendido a amarme a mí misma y a decidir en función de un amor hacia mí, para mi felicidad, para mi bienestar.  Parecía que tenía que quedar bien con los demás.  Que el resultado agradara a los demás.  ¡De nuevo me había atrapado el mundo fenomenal!  Tendría que meditar de emergencia.  Meditar, meditar, meditar.  Vaciar el cerebro junto con todo lo que me atormentaba.  Y fluir.  Y dar el paso.  Y confiar.  Y darme un baño de tina caliente en cuanto tuviera una oportunidad.

Terminó la película.  Hay un consuelo: se vale llorar por lo que no se pudo tener, pero después hay que dejarlo ir.  Después hay que respirar hondo, seguir, y apenas sonreir.
   

10/11/11

al menos había encontrado la gloria en las pequeñas cosas: dormir calientita, mirar el verde, besar al gato, apapachar al perro, cocinar unas lentejas y sentir el sol en la cara.

reir, abrazar, emocionarse, llorar, hablar. esos eran lujos.

10/10/11

la Tierra sin hombres


Viajando por la noche más oscura, todo se ve en tonos de negro.  Las montañas se estrellan en el cielo con contorno lúgubre y en silencio, no hay un solo foco que alumbre el macizo dormido, ni un ruido de motor humano.  El viento sopla silbante, sin detenerse.  Las hojas se mecen, ciegas de luz, mojadas.  Las cigarras zumban en su eterno llamado amoroso.  Algunas aves se mueven tímidamente por ramas, casi sonámbulas, haciendo lo que el instinto manda para la noche.  Los murciélagos viven y baten las alas tan rápido que parecen cuervos acelerados.  Me pregunto mil veces, ¿cómo era la Tierra sin el hombre?, ¿cómo era la Tierra en su propia compañía?  Amanecer tras amanecer, tan hermoso y lleno de colores, y nadie para verlo y llamarlo bello, pero tantas creaturas vivas que se desperezan y sienten... tal vez hasta felicidad sienten.  Y tantos atardeceres solos, sólo de ella, de la Tierra, giros suyos a ocultar una cara del Sol y nubes de colores, y llega otra noche, y las cigarras cantan de nuevo.  Tal vez hasta contentas de que llegara la noche.  Y nadie para decir una palabra.  Ninguna risa, más que la de las hienas.  Ningun llanto, más que el de los felinos.  Bramidos y llamados, aullidos de lobo a la Luna, y nadie para estremecerse de oírlos, sólo la liebre.

Pienso en las lluvias.  Puedo escuchar el silencio del suelo y los tambores del aguacero.  Animales empapados y corriendo a casa.  Ningún paraguas, ni botas, ni impermeable.  Ni una sola partícula de plástico.  Nadie para decir qué bueno que llovió o qué malo.  La lluvia dando vida a este enorme cuerpo flotante, devolviendo lo que respira en nubes al sol y al viento.  Rayos y centellas rugiendo solos.  Alumbrando los cerros negros y tal vez quemando los pastos para apagarse con el aguacero.  Cuántos juegos de astro vivo.

Y luego las plantas.  Me conmueve hasta el llanto su crecimiento callado y continuo.  Su mirar a la luz y hacerse más grandes.  Su raíz que cava y explora y absorbe y respira.  Caería un árbol viejo de miles de años en medio del bosque de sequoias, que no se llamarían así ni nada, sólo otro árbol más de cien metros de alto.  El estruendo de su caída sería una nota musical como cualquiera, y el nuevo hueco en el dosel la entrada de rayos al suelo que nadie ha pisado, ni pisará.  Y una semilla germina. Y todo vuelve a comenzar por cien años más.

Cuántos siglos fue la Tierra tan perfecta.  Cuántos siglos fue la música de la vida la que escuchaban rocas, plantas, animales.  Cuántos siglos se arropó la Tierra para dormir a su propio abrigo.  Cuántos siglos amaneció el Planeta con su mejor humor, y su más bella cara. 


9/12/11


me gustaba ser su mujer... sólo así, la simple idea... me sentía más libre siéndolo que cuando fui mujer de otro... o sólo mía

9/6/11

cara



Este lugar de cielo tan azul como papel de estraza.  Este lugar de encinos plateados que rugen al viento.  Este lugar de plantas como mujeres, y flores de 18 años.  Este lugar de cerros cercanos, caminos frescos y verdes campos.  Este lugar de ríos cantores y pastos danzantes.  Este lugar de Sol tímido y quemante.  De mejillas rosadas y ojos chispeantes.  Este lugar de leña y humo.  De hogar y casa cálida.  De salir desnuda y ver árboles. Este lugar de noches tempranas, negras y calladas.  Este lugar de amaneceres tempranos y luz en la cara y saltar de la cama. Este lugar de aves curiosas y cantarinas.  Este lugar de visitas de R, de noches eternas a su abrazo y risas, de rones y cenas y caminar abrazados.  Este lugar de estar solos y anónimos y tranquilos y aislados. Este lugar de perros y gatos felices, sueltos en el campo.  Este lugar de caminatas fáciles, de paseos con perros, de olores de flores, de andar sin miedo de nada.  Este lugar de gente trabajadora, honesta y amable.  Este lugar de plazas y cafés, y comida de todo el mundo.  Este lugar de andadores y blusas bordadas.  Este lugar de caminos ocultos y patios de casas.  Este lugar de mujeres ocultas y frescas, con telar y rebozo en la cabeza.  Este lugar de pastoras pacientes, de borregos zapatistas, de lana hilada a mano.  Este lugar de fruterías y piñas dulces como de costa.  Este lugar de maíz azul, miel de abeja y tamales.  Este lugar de niños descalzos y risueños, de novios tranquilos en la plaza, de marimba.  De hombres que dejan de ser lo que fueron para ser otra cosa.  Este lugar de viveros forestales, pequeños, pero viveros al fin y al cabo.



cruz


Este lugar.  Este lugar que todos describen como "muy bonito".  Esta masa gris que se expande sin forma y sin sentido.  Este lugar que se come sin piedad las montañas verdes.  Este lugar atrasado como 400 años en el tiempo.  Este lugar que es pueblo jugando a ser ciudad, con calles que quieren ser avenidas y que no circulan.  Este lugar de baches y hoyos abandonados.  Este lugar de choque de razas.  De ignorancia.  De gente descalza en la calle que nunca ha usado zapados.  Este lugar de tzotzil, inglés, italiano, francés, alemán, árabe, hebreo, y hasta castellano, y poco progreso y mucho coraje.  Nativos que hablan español con acento tzotzil.  Mestizos que hablan español con acento coleto.  Gringos que hablan español con acento gringo.  Gente sin otro empleo que sobrevivir.  Hombres con bicicletas rotas y viejas, pedaleando.  Rostros cafés y duros.  Sonrisas por miedo o asco.  Mochileros que pasan incesantes.  Este lugar de cuánto cuesta tu carro, tu celular, tu renta, tus botas, tu...  Este lugar de mensajitos.  De manos flojas de saludo lacónico y mustio.  Este lugar de perros con cara de persona, de perros muertos por todas partes, de perros medio vivos a la orilla del camino.  Basura y más basura.  Este lugar de volteos que van, que vienen, que nunca se detienen.  Motores rugiendo por las estrechas carreteras.  Este lugar de cerros comidos, de minas de mafiosos, de piedra blanca robada.  Este lugar de salmonella, de partos, de amputados, de muertos por nada.  Este lugar de mujeres con prisa y bolsas y niños prendados de los pezones y leche escurriendo.  De leña en mecapal, de viejitas mendigas y gente sin brazos ni piernas en silla de ruedas por la terracería.  Este lugar de hombres perdidos, de indios con gel, de lógica inversa, sin perdón de ida ni de vuelta.  Este lugar de niños que no hablan pero ya venden, de niñas cargando hijos o hermanitos, de niñas vendidas o regaladas.  De tratos de hombres.  Y mujeres sin valor y sin nombre.  Este lugar de lluvias eternas, de ríos de ciudad, de taxistas que empapan a los peatones.  Este lugar de inundaciones.  Este lugar de zapatistas, de radio radical y grosera, de protesta y denuncia.  De abusos y abusos y abusos y abusos.  Este lugar de un sólo tiempo y excusas.  Este lugar dónde nada cambia.  Este lugar de racismo y odio, de miseria y pobreza cáusticas.  Este lugar donde el tiempo es eterno y el dinero muy poco.

9/1/11


"...si realmente fluyeras, ya te hubieras ido...hace mucho tiempo que tu corazón no está ahí...".

8/31/11



Me visitaron tres ángeles.  Estuvieron aquí por cinco días y todo fue luminoso durante su estadía. Pero el último día vino una prueba muy fuerte, de esas que me dejan desecha y llorando, y que pocos ángeles podrían salvarlas.  Sentí vértigo de verme de nuevo deprimida, casi pánico.  Hice lo que tenía qué hacer, no sé si los ángeles me ayudaron con su luz a lograrlo.  Fue tan desagradable y triste que no había forma de saberlo.  Ahí empezó lo gris que ahora amenaza con apoltronarse en mi casa.  No se lo evitaré.  Que pase.  De todas formas no hay sol y tengo mucho trabajo.  No hay ya tiempo para los conflictos internos.  La verdad ya fue alumbrada y estuvo clara.  La confusión es ahora casi voluntaria, parte del vaivén natural de los procesos. Entiendo, no entiendo, entiendo, no entiendo.  Así, hasta que actúe.  Se fueron los ángeles, ojalá volvieran.


No quiero escribir.  Estoy de nuevo en tinieblas y declararlo me aterra.  Me siento otra vez perdida, pero sin excusas.  Simple estupidez.  No, no, no, tengo que detener esta espiral oscura y empinada. Tengo... ¿pero cómo?  No sé.  No hago más que pasar el día en automático, refugiada en los actos y sorprendida cuando mi voz sale de mi pecho y hablo.  ¿Quién demonios está hablando, si aquí adentro todo es tormenta?

8/2/11

10 kg menos




Acabemos con esto de una vez por todas, me digo para creer que es posible. Parece que en cuanto hice conciente lo que Lise Bourbeau describe como "la máscara del masoquista", y más allá, "la herida de humillación", ambas se han ido difuminando sutilmente en mí, sin que yo haga mucho más que pensar en ello.

Hace un par de meses inicié de nuevo la dieta de desintoxicación. Simplemente un día desperté y decidí hacerla de nuevo. Desde ahí la he respetado todo lo posible, con resultados asombrosos. Haré un recuento de mi experiencia con esta dieta. El año pasado en marzo pesaba más de 83 kg. Mido 1.73m, podría pesar, en teoría, hasta 63 kg. Esto significaba un sobrepeso de 20 kg. Pocos meses despues conocí a R. Él me prestó el libro en dónde se explicaba la dieta. Así que, en parte por experimentar y apoyada por el autoestima que R me había fotalecido, la inicié a finales de agosto del año pasado.

La primera vez que la hice bajé hasta 79 kg. Conforme pasaban las semanas y me iba pesando, no podía creer desde el fondo de mi corazón que la báscula marcara menos y menos peso. Era como si hubiera perdido toda esperanza en bajar de peso. Era más mi asombro que mi felicidad. Hice la dieta al pie de la letra por 1 mes, después la dejé, pero no la abandoné del todo, y seguí perdiendo peso. Finalmente bajé hasta 77 kg. Después de un par de meses de relajarme reboté hasta 79 kg, pero no más.

El 19 de mayo pasado inicié de nuevo la dieta. Me sucedió lo mismo que al inicio, no podía creer que la báscula marcara 78, 77, ¡76!, ¡¡75!! Creo que hace más de 10 años que no pesaba 75 kg. Para alguien que ha luchado toda su vida con su peso y quién se percibe de "complexión robusta", esto es un logro magnánimo. Sigo haciendo la dieta, pero también sigo siendo algo incrédula de poder bajar más. Es como si hubiera perdido la fe en mí misma, a base de autoregañarme tantos años. Y sin embargo, sigue funcionando.

Pero observo de cerca este fenómeno de mi pérdida de peso. Creo que hay mucho más trasfondo en estos hechos que el evidente cambio de alimentación. Antes de hacerla por primera vez, habían transcurrido unos intensos meses de aprendizajes espirituales. En ese tiempo, escuché por primera vez a Jac O'Keeffe, a Mooji, leí a Krishnamurti, a Rajnesh. Hablaban del desapego, del dejar ser, de la ausencia de control sobre las cosas, del minúsculo parpadeo de una vida y sus labores. La frase aplastante de O'Keeffe "tú crees que TÚ eres un grupo de pensamientos que has decidido que son verdad" me dejó helada. Todo aquello que pensé de mí misma se desmoronó, así como todo lo que pensé de lo que eran y hacían los demás. Fue un gran descanso dejar de juzgar(me) y etiquetar(me) las 24 hrs, y fue más duro estrenarme en el arte de aceptar la realidad. Mientras transitaba por los senderos de nuevos conceptos y aproximaciones a la vida, perdía peso paulatinamente. No es casualidad que ambos procesos sucedieran a la vez.

Después apareció el libro de Bourbeau de forma azarosa. ¡Ahí estaba yo!!, descrita con detalle en la herida de humillación. Incluso en ese momento podía identificar plenamente cómo mi aproximación a la vida me tenía en ese trabajo, en ese lugar, y en ese estado de ánimo. Nada estaba funcionando correctamente. El masoquista encuentra difícil rechazar a otros, decir "no", perseguir sus propias metas. Su miedo mayor es ser libre, aunque aparenta serlo, pero sabe bien que es sólo apariencia. El masoquista se involucra en situaciones que no lo satisfacen, pero en las que cree que hace lo mejor para otros. El masoquista carga su pasado, su presente y su futuro. Esa era yo, sin duda. Tenía que empezar a despertar, y ya podía hacerlo ahora que reconocía mi herida de humillación. De pronto tuve muy claro cómo y cuándo se formó esa huella. Y así como magia pude observarme sin emoción.

Inmediatamente apareció mi segunda herida, también profunda, la injusticia, y por ende, la máscara del rígido. ¡Qué rigidez había practicado gran parte de mi vida!, ¡cuántas cosas hice por el "deber", aunque no eran cercanas a mi corazón! Cuántas veces juzgué algo como inaceptable y desacredité a personas, sucesos, actividades. Qué cerrazón, qué dureza, qué contensión, qué amargura. Fue como despertar de un sueño de 25 años. También fue claro cómo y cuándo se formó la huella de injusticia en mí, y el trabajo que me había costado superarla, aunque ya desde hace tiempo estoy intentando hacerlo, aunque no fuera conciente de ello. Quizá a partir de que terminé el doctorado empezé a trabajar en esa rigidez, a intentar suavizarla. Fue mi último acto por deber... o casi.

Ahora ensayo pequeños ejercicios de recuperación de mí misma: decir "no" cuando hubiera dicho "si" por compromiso, expresar mis necesidades, llorar sin sentido, sentirme feliz sin sentido, vivir el momento presente, aceptar la realidad, quedarme callada, manifestar mis inconformidades, forzarme a actos que rechazo y realizarlos con asertividad, sentirme feliz por los demás aunque hagan cosas que yo no haría, en fin. En particular, me ha sido novedoso expresar un punto de vista opuesto al de los demás sin sentir un conflicto, y decidir en función de mí y mis intereses. Estos ejercicios, aunque sencillos, han sido duros de realizar. Me costaba identificar la diferencia entre egoísmo y autoconfianza. Entre indiferencia y desapego. Noté cuánto amor a mí misma me faltaba. En ocasiones me excedí en exigencias y resulté irritante para los demás, quienes me lo demostraron, pero fue parte del aprendizaje. Por primera vez sentí que actuaba en mi favor, independientemente de que otros lo aprobaran o no. Y fue una sensación increíblemente gratificante, como si cualquier cosa que decidiera con este criterio fuera infalible.

Fue durante estos meses que pude perder el peso que físicamente cargué tantos años. No sé si estas teorías expresadas en las lecturas que he estudiado sean verdad o mentira, si sea todo esto un truco de mi mente, o cómo funciona el cuerpo-cerebro, pero al menos en mi caso todo ha cambiado de forma integral, y ha sucedido en un período de tiempo considerable, sin mucho esfuerzo, pero sí experimentando un profundo dolor y desconcierto al desprenderme de concepciones y construcciones. Y poco a poco, una ligereza que parece envolverlo todo. Y una especie de paz de que lo que venga estará bien.



6/4/11

revelaciones



Desde que terminé el doctorado, y posteriormente me mudé a SC, muchos pilares de mi cabeza se han desmoronado. Estos meses, más de 24, han sido catárticos y fulminantes, con cambios externos e internos que a veces no puedo notar más que cuando ya pasaron. Sigo sorprendida de cómo casi puedo sentir que mis neuronas hacen conexiones nuevas y abordan la vida desde otra perspectiva, una que en 32 años nunca fue abordada. Ha sido un camino largo y tortuoso, pero me parece que hoy tengo más claridad que nunca, aunque sigo en tinieblas.

Uno de esos veintes aplastantes que me cayeron fue que no tengo control de las cosas. Esta simple idea que a otros les parecerá tan obvia, para mí fue un parteaguas de vida. No tengo control de las cosas. Cuando tuve claro esto, vinieron efectos faraónicos en la forma en que veo la vida. Pude soltar la angustia de echarme la culpa por todo lo que no era en mi vida como yo -u otros- lo deseábamos. Ahí está la angustia y tristeza de años por no tener una pareja. Ahí está la tristeza infinita que sentí cuando se fue Fiona. Ahí está toda la ansiedad que sentí cuando pensé que si las cosas no salían bien era por mi culpa. Fueron años de emociones negativas y mucha dureza conmigo misma. Pero no tengo control de las cosas. Las situaciones suceden y pasan, y no tengo control sobre ellas. Me resta simplemente hacer lo mejor que pueda con lo que tengo al alcance, que es muy poco. Y el resto aceptarlo y dejarlo en paz.

Otra de las revelaciones fue que no podemos cambiar a los demás. No está en nosotros que los demás sean de una u otra forma. No podemos vivir pensando que si los demás hicieran esto o aquello, serían felices, y por lo tanto nosotros también. Esto fue una ayuda enorme para separarme de los vínculos viciosos que sostenía con mi familia. Cuando comprendí que no podía cambiar a nadie, inmediatamente me sentí lista para aceptarlos como eran, con las cosas que yo rechazaba y las que aplaudía, aceptarlos tal cual con todos sus defectos, hasta los más aberrantes y dolorosos. También pude entonces aceptar personas de mi pasado, que actuaron de cierta forma y yo traté de que actuaran diferente. Se me quitó un gran peso de encima. Pude sentarme en el sillón y escuchar a mi interlocutor sin desear cambiarlo en absolutamente nada. Esta aceptación me trajo mucha paz. Lo siguiente era aceptarme a mí misma. Estoy en ese proceso.

Probablemente otra de las nuevas percepciones fue que las valoraciones son exclusivamente humanas, y las emociones y sentimientos también. Anteriormente, solía sufrir con las circunstancias que me parecían inadecuadas, la destrucción de la naturaleza, la pobreza, el maltrato a los animales, me causaban una angustia terrible. Pero esas valoraciones humanas que califican algo de bueno o malo, de correcto o incorrecto, de desagradable o grato, son arbitrarias y no existen más que en la cabeza de uno. No me hubiera sido posible desarrollar el trabajo que hoy hago si hubiera mantenido en mi cabeza esa tristeza terrible al escuchar las motosierras derribar los árboles. Pero estamos suspendidos en un segundo que nunca fue, en un instante imaginado, nada de esto es real, no existe lo real, es sólo nuestra mente jugándonos la pasada de la realidad construída. Así pues, la "destrucción" o "creación" de la naturaleza no es algo para entristecerse o alegrarse. Simplemente, es. Y eso es todo. Y así con todo lo demás que solía calificar.

De pronto tuve la sensación de que no quedaba nada para aferrarme. No quedaba nada ni nadie por qué luchar, no había control, y las valoraciones eran arbitrarias. El mundo apareció ante mí como un ente descifrado por mis sentidos, como una película con el sonido desactivado. No hubo conexión entre mis emociones y el mundo, ni sus personas, ni sus circunstancias. Entonces fui capaz de hacer todo, de estar horas sola y en silencio, tranquila, sin comerme la cabeza. De trabajar y hacer y deshacer, hablar con personas, buscar, preguntar, sin sentirme abrumada o fuera de lugar. Todo se tornó ligero y banal, tuve una sensación lúdica, como si estuviera en un teatro y pudiera actuar cualquier cosa. Pudiera decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa, -aun lo que antes pensé que jamás podría decir por ser incorrecto o darme pena- y nada fuera importante o trascendental, todo era ajeno a mí, aún lo que yo hacía o decía. Y esta es una sensación maravillosa que me trae mucha paz, aunque no siempre puedo mantenerme en ese lugar de absoluta ecuanimidad.


disecciones IV



Recientemente me doy cuenta de algo que quizá he estado haciendo por muchos años: suelo recordarme de situaciones en las que me ridiculizé a mí misma, u otros me ridiculizaron. Situaciones remotas, probablemente ya olvidadas por todos menos por mí, sin importancia. Pero ahi están, vuelven a mi cabeza y vienen de no sé dónde. Les doy vuelta un rato, hasta que me quema la frente, me vuelvo a sentir avergonzada, y me reprocho en silencio mi estupidez.

Pasan unos días y me olvido de cierto recuerdo, no lo traigo más al presente, sigo mi vida normal. Pero pronto regresa cualquier otro recuerdo doloroso, que en el presente duramente juzgo, y me apeno de haber actuado así, me lo sigo reprochando, y al fin me castigo pensando que ocurrió y es imborrable, que es permanente, aunque está en el pasado.

Aún no logro determinar cuándo es que traigo a colación estos recuerdos. Si es en un momento de baja autoestima o un momento de crisis particular. O al contrario, si en un buen momento me saboteo con este tipo de recuerdos. Lo cierto es que vienen muy silenciosamente, nunca los comento con nadie, me aterra la vergüenza de verbalizarlos tan solo.


disecciones III



Si hay algo que nos caracterizaba a mí y todavía a mi familia (padres, hermano), y que durante casi 30 años de mi vida fue un elemento esencial en mi personalidad y en mi manera de ver el mundo, era la resistencia a las cosas. Siempre buscar que las cosas sean como uno quiere, y hacer todo lo posible para ello. Si no es así, molestarse, manifestar la inconformidad según la "importancia" del asunto, a mayor importancia, mayor molestia si la situación no era como uno deseaba. Y hasta quedarse en el "debí hacer esto... hubiera hecho esto otro", por semanas, meses, hasta años.

Éste es un rasgo característico de las personalidades controladoras, que buscan que todo sea como se desea, que tratan de manipular todo lo posible, personas, sucesos, situaciones, resultados, en fin, todo lo que esté al alcance de la mano para ser modificado y que el resultado sea como uno desea. La personalidad controladora sufre permanentemente, pues no acepta la realidad que encuentra, sino que la imagina diferente, ahí experimenta frustración, e inmediatamente se autoimpone la labor de modificar la realidad al juicio personal, siempre creyendo que "es el correcto", y en función de esto poniendo en marcha sus recursos, para provocar en las situaciones el resultado deseado. Si el resultado es el deseado, la personalidad controladora se regocija momentáneamente, hasta que decide que es hora de seguir controlando.

En la familia tenemos una broma local que es sobre la manía de buscar cosas imposibles. Esa marca de pantalón y ninguna otra, ese color de maquillaje y ningún otro, esa situación repetida mil veces con precisión escandalosa, en fin. Una especie de obsesión por las cosas más difíciles de alcanzar, y que no tienen importancia al fin y al cabo. En general, nos mostrábamos aprehensivos y quisquillosos de las cosas, eligiendo con sumo detalle todo, con una indecisión abrumadora hasta antes de decidirnos, y al decidir por fin, pensar un minuto después que la decisión debió ser diferente. Es una forma de ser verdaderamente agotadora, uno vive esforzándose permanentemente, en un juego de aunto premio y auto castigo, como en una prueba de desempeño que nunca es aprobada ni reprobada del todo.


5/21/11


este amor a fuego lento me tiene consumida en llamas