La verdad es que yo desestimé los símbolos desde hace años. Recuerdo ese día en que, discutiendo religión con mi papá, le dije que la comunión, persignarse, arrodillarse, etc. no eran más que símbolos, representantes materiales carentes de valor, inútiles. Que no tenía ningún sentido realizar esos símbolos o cualquiera otros.
Después, ya de forma automática, puse todos los símbolos en la misma canasta, y desacredité todo tipo de "objetos" o "gestos" que se usaran en un contexto religioso o "espiritual". Me parecía que la "espiritualidad", si es que se le puede categorizar, debía estar deprovista de todo, de absolutamente todo, lo material. No podría identificarse con nada del mundo material y mucho menos, del humano. Así que todo lo que un ser humano identificara consigo mismo, para efectos de fundamentar su dimensión espiritual, me parecía arbitrario, artificial, banal y primitivo. Me imaginaba esos hombres de la India que lo han dejado todo y no tienen más que una corta falta de color bermellón. Yacen sentados en el suelo, en el polvo, sus cabellos y uñas crecen, no tienen posesión alguna... Ellos me parecían lo más cercano a algo espritual. Por supuesto yo nunca llegaría a ser alguien así. Me atraía la idea de hacerlo, pero me aterraba el juicio social que caería sobre mí.
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Sep 8, 2012
Mar 16, 2010
vida a la vida
Sigo sintiendo esa conexión, muy profunda, casi indefinible. Con las hojas indefensas en sus ramas, en conjuntos, formando el follaje de los árboles que esperan, quietos, su muerte. Sigo sintiendo que me hablan, que me miran, que viven un estremecimiento perpetuo, que lo saben todo y nada, que no esperan porque no dudan. Sigo sintiendo que lloran, que cada pedacito de brillo es inoscencia, que cada centímetro de tallo es lucha, que cada hueco de raíz es silencio. Y no puedo imaginarme lejos de ellas, sin su compañía silenciosa e impávida, incondicional y absoluta, creciendo al ritmo de las estaciones, para mí lentas, para ellas seguramente veloces. Imagino cómo viven su vida, cómo crecen y se estiran hacia arriba, cómo saben perfectamente el tiempo de la flor y la semilla, cómo avanzan persistentes, sin escuchar de cataclismos ni tragedias, cómo hacen lo que tienen que hacer y no hay excusa.
Me conmueven. Me enamoran sus formas románticas y vírgenes. Las delgadas hojas del Adiantum, con su verde infantil e iluso, la flor plástica de la Passiflora, con sus colores kitch y su compleja estructura. La elegancia de todas las Callas y la nobleza de las Dracaenas. El perfume de la Lavandula y el Rosmarinus, la belleza de la Mentha, tan simple y tan fragante, tan silvestre y tan potente. Me impresiona la tenacidad del Solanum, de la Hedera y el Cissus, la persistencia del Axonopus, sus alfombras eternas y silenciosas gritando "¡esto es mío!". La seducción de la Nepeta y el Piper, generosas, la música de la Gerbera y el Gladiolus, escandalosas. La paciencia de la Opuntia y el Lithops: para ellas el tiempo no existe.
Y luego, guardo silencio ante los gigantes. Sequoia, Quercus, Salix, Pinus, Juniperus, Ceiba, Swietenia, Cedrela, Ficus. Han estado ahí cientos de años. Han visto pasar imperios y generaciones. Y siguen ahí, esperando otros cien años para morir o caer vivos. Toco la corteza con falta de respeto. Retiro suave la mano. No se pueden aprender siglos de lecciones en una caricia. Hay que aceptarlo. Los miro entonces, de lejos. Ahí están, y no me necesitan. Son planetas completos. Son de piedra.
¿Qué otra cosa podría hacer yo sino dar mi vida a la vida?
Sigue vivo en mí el sentimiento original, el de hace tantos años. El que me indicaba que no había otra razón ni motivo que valiera la pena. El que me decía que eran ellas las dueñas de mi vida y no alrevés. Y por más que hice todo lo que hice, vuelvo ahora a escuchar mi corazón. Me llaman. Me llaman para encontrarnos de nuevo, en las mesas verdes y las mezclas de sustrato, en las charolas y los recipientes, en la sombra protectora y el sol entrenador. Sin explicaciones ni disculpas por abandonar el resto de opciones huecas. Y voy a ir a su encuentro. A encontrarme con ese viejo amigo, el verde. Y en la rutina quedará claro que el parpadeo de la vida sólo tiene sentido a su lado, y que ellas guardan el secreto de todas las cosas, el secreto que revelan a cada segundo con su silencio.
Jul 10, 2009
si no fuera
Habito la prisión de mi perspectiva. Sólo puedo ver el mundo a través de mis ojos, no puedo entender de qué se trata todo esto en realidad. Si pudiera verlo desde los ojos del otro, si pudiera ver el mundo desde otra niñez, desde otro estado de ánimo, desde otra latitud, desde otro lenguaje, ¿entonces cómo sería el mundo para mí?
Y lo que (en orden indistinto) pienso, creo, siento... Lo que considero correcto, lo que no, lo que quisiera tener cerca, lo que no... Todo ello, ¿por qué? ¿Seguiría pensando que cierto destino sería el mejor, que otro diferente no lo sería tanto, que eso que le pasa a otros ojalá me sucediera a mí, o que ojalá no me sucediera jamás? Seguramente pensaría algo totalmente diferente a lo que pienso hoy.
Y los deseos que me aprisionan, cuya insatisfacción me angustia: que si ocurriera tal cosa, que si encontrara a tal persona, que si llegara tal momento, entonces por fin, sería precisamente eso lo que faltaba, y entonces estaría todo claro, todo tomaría sentido.
Para liberarme de mis deseos, tendría que abandonarme a mí misma. ¿Y cómo abandonarme a mí misma?.. ¿Tendría el valor de hacerlo?
Si soy lo que soy porque otros son lo que son, no soy así porque así lo quiera, sino porque lo he aprendido así. Lo que soy está arbitrariamente asignado a esta existencia, la mía. En realidad no soy nada más que el producto de la replicación de un modelo, generación tras generación. Difícilmente puedo decir quién soy sin mi época, cultura y educación. Estoy definida por mi carga social.
¿Exagero? ¿No tiene sentido cuestionar el sentido? No importa. La marca que dejan algunas preguntas es indeleble, regresar a lo conocido es traición e hipocresía, mentira y cobardía.
Jul 2, 2009
corazón crédulo
Ayer soñé contigo. Todo era un poco confuso, había personas que hablaban, relaciones que ocurrían, interacciones, movimientos. Lugares que cambiaban, la luz, el día, la oscuridad, la sombra. Pero algo estaba claro, tú me querías. Me sentía contigo tan cómoda como en mi propio cuerpo, y no tenía que pensar en nada, ni pensar en lo que tú pensarías de lo que yo hiciera, de las palabras que usara, de los gestos que pusieran en mi cara un sentimiento. Tu mirada era afable y cordial, amistosa y tranquila. Tu cuerpo reposaba a la espera de mi compañía, sin prisa y sin urgencia, con un deseo constante y sólido que no acababa nunca. En la confusión, yo pensaba muchas cosas que a la vez no eran nada. No puedo recordarlas. Pendientes, algo que decir a alguien, un lugar que "debía" ser visitado por una u otra razón, obligaciones, responsabilidades. Pero yo sabía que al final de todo, cuando todo ello acabara, yo podía ir contigo y estar en casa. Y al final de la jornada, que duraba muchas horas, yo pensaba que iría hacia tí, como tantas veces en el día lo había pensado, y no era un sentimiento de alivio o de triunfo. Era simple pertenencia. Me acercaba a donde tú estabas, me mirabas tranquilo y me decías algunas palabras amistosas. Sonreías y no parecías preocupado por nada. Estabas seguro de tí mismo. Y yo hasta entonces sentía que todo el exterior por fin quedaba afuera, y que nada de lo que resultara de los acontecimientos de la jornada importaba ya. No había en mi corazón un brinco de ánimo alegre, o en mi sangre un pulso sediento y urgente. Yo por completo era marea baja, desierto silencioso, bosque al viento. Y por fin, al acomodarme entre tus brazos ocurría el silencio, me invadía una alegría enorme, una seguridad arrolladora, "por eso estoy aquí", pensaba, "por eso existo". Y entonces todo tenía sentido, toda yo era una razón, y podía claramente separar el mundo de los hombres del mundo de dios.
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