Mar 23, 2011

estos días te quiero más que antes


estos días te quiero más que antes. pienso en ti muchas veces -como siempre- pero ahora no llegas tú a mi cabeza, sino algo más que me recuerda a ti, una canción, la luz del sol en el jardín, una taza de té. los veo sin verlos, y de pronto me llega esta sensación de ti, de cuando estabas aquí, de tu cuerpo vivo y caliente. y se me abriga el corazón con un baho cálido y pasajero, y me siento feliz.

estos días te quiero más que antes. el silencio ha dejado de asfixiarme y la distancia me parece cómodo accesorio de los tiempos. no siento tu ausencia ni el vacío inmenso que aquí dejas. todo es como debe ser y todo está en su lugar sin duda. la mañana y su viento soleado ocupan el silencio, y el aire y los árboles de colores ocupan el espacio. tu estás aquí divinamente omnipresente, dentro y fuera míos, sin invadir mi intimidad, acompañándome.

estos días te quiero más que antes. se me ocurren mil preguntas para hacerte. quiero entenderte. comprender de pronto toda tu existencia y tu sentido. pero al siguiente instante me parece que ninguna pregunta puede pedir-te en respuesta. si llego a comprender-te será siendo paciente, dispuesta, sensible, silenciosa, y te deje ser, cerca mío, cuando se pueda. no debo adelantarme a tus relatos.

estos días te quiero más que antes. he dejado de imaginar sobre ti o tus silencios. los significados que extraje del imaginario amoroso se han esfumado y no ha quedado nada para interpretar lo ininterpretable. ahora pasan los segundos y simplemente estás presente, más abajo, más profundo, en un lugar propio, separado de un simple pensamiento de consuelo o de placer imaginado.




Últimamente me da por ver las nubes moverse. Miro fijamente un pedacito del contorno de alguna y observo detenidamente cómo se mueve, hacia dónde va. Son enormes. Puedo sentir que a esa altura los vientos son ráfagas mortales que a ellas apenas les impulsan en su viaje atmosférico. Y este movimiento no me parece diferente del que está animado por la vida, del movimiento de un animal o del mío mismo. Me sucede con los árboles también, pero el contrario. Los miro quietos en el prado, recibiendo el sol, o el agua. Apenas se mueven. Y sin embargo están tan vivos. Por dentro de sus cortezas hay una ciudad de células con avenidas y calles, tejidos y recovecos, funciones y procesos. Y afuera la calma. Sus hojas brillan con un verde tan hermoso que lloro por dentro al verlos. Su quietud me conmueve y me doblega hasta el nivel más simple de amor puro. Me siento tan humana y tan sola. Me envuelve la soledad de todo el Universo, y de este mundo azul suspendido en la oscuridad total, existiendo en un segundo que nunca fue.

Feb 26, 2011



Quiero llegar hasta el núcleo más íntimo de la necesidad, hasta su esencia, hasta las razones que hacen que ésa sea la necesidad y no otra, hacia las causas del vacío que quiere dejar de serlo. Quiero comprender qué es eso, eso del fondo profundo, que no se llena con nada, que llora, que guarda un luto, que no se levanta. ¿Qué es ese deseo que no muere? ¿Por qué no se va, por qué no se rinde? ¿Grita con su permanencia el crédito de su esencia? ¿Y quién le ha otorgado esa validez, esa investidura?

Feb 3, 2011

dilema


Ansiaba fluir en una vida simple, pero la vida sola se le complejizaba. Ansiaba no tener más responsabilidades que las autoimpuestas, pero la vida le ofrecía hacerse responsable de situaciones complejas. Debía decir no. ¿Pero estaba viendo con claridad las oportunidades? ¿Era sabio, suficiente, auténtico ir por lo meramente deseado, sin consideraciones? ¿No eran contradictorios los términos "fluir" y "lo deseado"? Deseaba acercarse a los más queridos, pero ¿era esto una limitante, una debilidad, disfrazada? La vida la mantenía lejos, y prometía hacerlo por un tiempo considerable. ¿Valía la pena negociar algo -cualquier cosa- en la vida? Otra vez, dudaba.

Jan 26, 2011

¡y qué absurdo buscar que las cosas sean como uno quiere!

evanescencia II


Va mi paso por la tierra sin testigo. No hay evidencia, no hay muestra. A cada paso desaparece el anterior, sin rastro. Las paredes son testigo de las luces que encendí, los pisos fríos son testigo de mi traginar en este espacio. Resuenan en el aire las notas que exhala mi garganta, y se van con el viento, desaparecen, y de nuevo hay silencio.

No hay evidencia de las cosas que pasaron. Están en mi cabeza y en ningún otro lado. Células que emiten y reciben transmisores de la dimensión de una molécula. Nanocorrientes que ocurren un instante, emiten el eco de un recuerdo que no existe, muriendo al siguiente instante y luego nada. Nadie sabe qué pasó, qué se dijo, qué sucedió antes, después, ni cómo, ni dónde. De tantas cosas no hay evidencia alguna que las pruebe, ni siquiera el recuerdo en mi cabeza.

No hay testigo de que amé con toda mi alma, o si es que así fue o lo estoy imaginando. A mi madre, a mis gatas, a ese hombre maravilloso, a las plantas. A la Naturaleza verde y absoluta, y a la muerte. No hay testigo de calor de mi cuerpo, ni de mis lágrimas. Ni siquiera mi letra en tantas cartas, mis relatos, mis escritos. ¿Qué son sino la anti-muestra de que estuve alguna vez tras ellas? No habrá cabida para mí en el pasado cuando falte en el presente.

Desaparecerán los bosques, los hielos, las magnánimas criaturas y existencias. Desaparecerán las rocas, en arena en el viento, en partículas microscópicas e infinitas, imperceptibles, perdidas. Desaparecerán los paisajes, los silencios. Las aves y sus cantos en la madrugada. Se irá todo. Moriré, moriremos todos. Morirán los otros con sus recuerdos de los otros. Y aún antes de eso, cuando yo me vaya, así en un instante, se habrá todo desecho y desaparecido. Se esfumará mi cuerpo en unos días y no habrá ya más rastro de esta vida.

Jan 18, 2011

fantasía


La verdad que nada de esto pasó pero de vez en cuando reclamo mi derecho a interrumpir la pasividad con una buena sacudida imaginaria. Para mí no hay diferencia: lo que imagino y lo que vivo me es completamente indistinguible. Nunca he podido despertarme de una pesadilla y he creído con franca ilusión las cosas más iverosímiles que han aparecido en mis sueños. Y cuando me siento algo seca, como ahora, me humedezco el alma escribiendo. Y así vivo lo que escribo. Hoy es una de esas noches.

Se trata irremediablemente de sexo. Y amor, un poco. Pero principalmente sexo. Lo segundo es mera felicidad por lo primero. Y es que no sé qué sucede conmigo que cuando necesito sentirme feliz pienso en sexo. Por un lado parecerá banal, pero por otro lado siento que me armoniza con mi sentido más fundamental, animal, y por lo tanto, natural. No tengo que pensar en nada, sólo ser. No hay nada más grato que lo natural. Pero ya estoy divagando. El caso es que esa noche fue una de las mejores que pasé con él.

Habíamos viajado por muchas horas a este lugar de playa que tanto nos gustaba. El hotelito estaba casi vacío y teníamos la cabaña más alejada de todas. Era redondita, como hongo, y tenía un baño de piedra con ventanas al mar. Con los días nos habíamos entregado a esa vida de sibaritas heliófilos y ahora estábamos completamente despeinados y bronceados. Por supuesto hacíamos el amor todos los días, pero quizá no habíamos estado concientes de ello hasta esa noche. Habíamos cenado al atardecer y entre copa y copa se nos había venido la noche encima. El mar rugía sincopado y charlábamos al abrigo de la tenue luz ámbar y brisa tibia. Nos conocíamos poco, la distancia lo hacía inevitable. Pero disfrutábamos lo poco que nos conocíamos, y lo poco que avanzábamos en conocernos cada ocasión. La música de son cubano había acompañado la velada.

No sé si fue mi imaginación pero sentí que me miraba de forma diferente esa noche. No podía ver claramente a dónde apuntaban sus pupilas negras entre las velas, pero sentí que lo descubría mirándome, callado, con su vaso en la mano y los hielos haciendo música. Algo estaría pensando que no me decía. Después miraba al mar y yo me convencía de que probablemente eran ideas mías. Por fin nos retiramos con la cálida despedida de los muchachos del restaurante. Estábamos relajados, habíamos tomado un buen rato. Nos encaminamos sin prisa por la vereda minúscula que serpenteaba entre palmas y farolillos hasta nuestra cabaña. El cielo era oscurísimo y las estrellas refulgían en la inmensa distancia. Yo caminaba al frente y él venía atrás. Íbamos charlando y riendo, algo sobre las iguanas y sus piyamas. Esporádicamente rozaba la hendidura de mi cintura con la punta de los dedos, con empujoncitos mínimos, como guiándome, y al entrar en la habitación me tocó suavemente el costado. Me sentí dispuesta.

Decidí darme un baño tibio y dejé la puerta abierta. Lo sentía moverse de un lado a otro en la habitación, ordenando sus cosas, buscando los libros, prendiendo luces. Me gustaba sentir su presencia haciendo cualquier cosa. El agua estaba fresca y muy suave, me enjaboné con los ojos cerrados. Salí del baño envuelta en la toalla y él ya estaba desnudo y listo para brincar en la regadera. Era muy alto y delgado, su cuerpo escurridizo viajaba siempre ligero. Mientras se bañaba me pasé el peine por el cabello, lentamente frente al espejo. Estaba marcado en mi cuerpo el traje de baño y contrastaba con el tono cálido del bronceado. Me puse el camisón de verano y abrí un libro tendida en la cama. Él canturreaba algo en la regadera. Lo escuché cerrar la llave y secarse, aún cantando.

Se acercó a mí y me mojó con sus rizos húmedos. Dejé el libro sobre mi pecho y lo tomé de la nuca, besándolo. Me besó de vuelta, ahí de pie al costado de la cama, recargado en mi cadera para no caerse. Se fue cantando al baño y seguí leyendo. Me gustaban sus besos de ron. Mi cuerpo reaccionó, húmedo, a su cercanía, pero no supe qué le apetecía con precisión. Quizá era un beso de buenas noches. Empecé a sentirme agotada. Me duermo, R, le dije, pero ya no escuché su respuesta.

No sé cuánto tiempo pasó o qué hizo, al despertarme estaba todo ya oscuro. Me despertaron sus dedos viajando por mi cadera, usmeando hacia las costillas. Su respiración era tranquila y muy cercana a mi oído. Yacía mi cuerpo de costado, con su pecho tibio a mi espalda. Respiré hondo y tomé su cuello con la mano, como tanto me gusta hacerlo. Quise besarlo y encontré su boca húmeda y pausada. Me acariciaba lentamente el costado, viajaba por todo mi cuerpo, se detenía donde le placía. Tomó mi mano con fuerza y la acercó a su sexo. Estaba tenso y solícito. Lo acaricié con gusto, largo rato, disfrutando su tensión. Giré para estar frente a frente, los dos descansábamos la cabeza en la almohada. Seguimos en la oscuridad, tranquilos, disfrutando, respirando, solicitando, otorgando. Mi cuerpo se humedecía gradualmente, a fuego lento. Me quitó el camisón y seguimos.

No sé cómo se daba cuenta que era el momento ideal para montarme. No lo hacía ni antes ni después de lo deseado, había quizá algo en mi respiración que se lo indicaba, o el olor de mi cuerpo, o mis caricias cada vez más profundas. Se encaramaba suavemente sobre mí, como si abordara un objeto precioso. Separaba mis piernas con delicadeza. Se tomaba de mis hombros y empujaba, cuidadoso. Era una sensación muy grata. Su garganta quedaba al alcance perfecto de mi lengua. Podía lamerlo y tirar de su cabello. Su espalda se extendía sobre mí como manto perfecto. Entraba en mí con cuidado y respiraba. Siempre le sentí muy contento, algo de él denotaba celebración en el instante. Se humedeció de mí y se columpió suavemente unos minutos. Pronto se incorporó en cuclillas y miré su torso levantarse en escuadra del mío, penetrándome. Acarició mi torso y me miró largo rato a los ojos. Sus pupilas brillaban entre los plateados cabellos.

Estuvimos así cierto lapso. Me incorporé con cuidado, tomándolo de la cadera y separándolo de mi cuerpo. Me puse de pie y lo tomé de la mano, caminé hasta el baño y me recargué en el lavabo. Me miraba expectante. Había una luz muy tenue de las jardineras de afuera, podía ver su silueta y ligeras facciones en su rostro. Se acomodó tomado de mis caderas y entró con fuerza. Empezaba a columpiarse con más dinamismo y me empujaba. Debía sostenerme con firmeza del lavabo. Podía mirarlo en el espejo, con el rostro hacia abajo, oliéndome, mirándome. Interrumpía de vez en cuando el ritmo y me hablaba. Sentía sus dedos prendados de mi piel, apretando. Preciosa, ¿estás bien?, me decía. Musitaba palabritas cariñosas en silencio. Y a mis gemidos respondía con tiernas afirmaciones de labios sellados. Mhm. Mhm. Mhm. Ah, ¡cómo me gustaba!

Salió lentamente de mí y me llamó, ven, dijo. Me dio la mano y regresamos a la cama. Se tendió boca arriba y me jaló del brazo, indicándome que lo montara. Así lo hice, acomodándome en él con facilidad. Estaba muy húmeda. Lo besé mientras me mecía lentamente. Tomado de mi trasero, arqueaba el cuello y resoplaba. Disfruté estar encima suyo, para mirarlo y besar su cuello, sus hermosos hombros, tomarme de su cabello y olerlo. Poco a poco fui acelerando el ritmo. Mecí la cadera con rapidez, él me ayudaba con la velocidad que prefería, yo encuclillé una pierna y me tomé de su nuca. Sigue, me indicaba, y me detenía con un no te muevas lánguido. Próxima a terminar, sentí la presencia tan agradable de su cuerpo, de la oscuridad, del mar rugiendo a la luna, de la sal, de la arena. Escuché sus pulmones vaciarse con los ruidos característicos que emitía al terminar. Me tomé con fuerza de su torso mientras se sacudía.

Al regresar del baño, ya dormía, quieto y plácido. Entré en las sábanas y lo abracé sin fuerza. Me acarició suavemente, amoroso. Dormimos sin sueños, muchas horas. Al despertar, el sol ya brillaba bien alto. Era un nuevo día.



Jan 13, 2011

recuerdos I


Hace unos días viajaba por la carretera por muchas horas. Era un viaje que no estaba contenta de hacer, no era un viaje que buscaba. Me dispuse a viajar con calma y con cuidado, procurando que el disgusto por el viaje no se filtrara en mi inconsciente y me llevara a algún accidente.

Llovía con mucha fuerza. Los paisajes tropicales. La vegetación tan alta. Grandes árboles redondos. Todo estaba verde. La poca selva que quedaba recibía la lluvia. De pronto me rodeó con mucha precisión la sensación de cuando estuve en Panamá. En ese lugar hasta cierto punto tan simple, tan plano. Con una vegetación tan exuberante y lustrosa, en todos los rincones. La vida exacerbada por el agua, el calor y el sol. Todavía estaba viva en mí la sensación del lugar tan húmedo. Las noches eran húmedas, las mañanas eran húmedas. Salir del baño y no poder secarse nunca. El olor de la casa donde habitaba, de la cocina. Del aire tan cargado de humedad, a la orilla del Canal. El autobús que me llevaba a Gamboa, ruidoso y con asientos de cuero, anchos. Las mujeres negras de curvas vertiginosas y trenzas interminables. Fue vívida la sensación de estar ahí. Me sentía muy contenta, haciendo lo que me gustaba, casi a lo único que le encontraba un sentido. Y nadie me conocía.

Recordé entonces la sensación de libertad de ese momento. Me había desprendido de las responsabilidades que la autoridad de entonces me imponía. Me sentía independiente, liberada, feliz. Fuera del mundo que me asfixiaba. Fluía como anónima y desconocida. Mi labor era simple y nadie me obligaba a complejizarla. Todas las mañanas caminaba media hora al vivero donde aprendía los secretos de decenas de especies de la selva. Las semillas germinando. Las charolas al sol. La selva aledaña y sus cigarras interminables. Y en los mercados las piñas más dulces que he probado. El café todas las tardes. La guitarra. Las sábanas húmedas. La simpleza que sólo otorga la vida del trópico. El abandono de la civilización.

Recordé una noche en que me sentía libre y emocionada. Había una fiesta cercana, de chicos que no conocía. Me arreglé para la ocasión, me sentía festiva. Iba de falda corta y blusa de tirantes, con un collar de semillas rojas bien apretado al cuello. Limpia y desacomplejada. Hablé de nada con los chicos que no conocía. Sentía que flotaba, nada me comprometía. Recordé haber visto en la fiesta al chico que antes conociera y me había parecido atractivo. Simpático y sencillo. Me dijo dos palabras afuera del baño, sin sonrisa. Más tarde bailamos. Y así tranquilamente y sin esperar nada, le dije, y bien, ¿nos vamos? Fuimos a casa y nos bañamos juntos. Reímos mucho. Tuvimos sexo. Tenía un cuerpo curioso, el pene erecto le descansaba un poco de lado, me pareció divertido. Y a la mañana siguiente salí bien temprano al campo con los colegas del trabajo, y no lo vi más. No sentía ancla alguna.

Esto fue ya hace 4 años. Pero fue tan clara la sensación de ligereza. Y después volví a la vida llena de obligaciones, al clima frío y seco, y a las tareas. Y por algún motivo me convencí de que esa vida de hamacas y guaguas no era para mí. Mis capacidades eran mayores y mis responsabilidades también, claro. Y ahí dejé una parte de mí que era sólo una muchacha del trópico que trabaja en un vivero, va a una fiesta de vez en cuando, y respira el aire húmedo al compás de las cigarras.

Dec 20, 2010

solía creer...

Solía creer que la vida cambiaría radicalmente cuando viviera sola. Que la vida iniciaría cuando me casara. Que cuando terminara el doctorado sería una persona respetable, con valor. Que cuando me mudara a Chiapas, todo sería diferente, parecido a lo perfecto. Solía creer que nunca me dejarían de doler las pérdidas vividas. Que nunca superaría la ausencia de aquél hombre. Que nunca llegaría otro siquiera cercano a aquél. Solía creer que hay cosas sagradas, prohibidas, ocultas. Que la vida se debe defender ante todo. Que hay, tanto acontecimientos deseables, como otros inaceptables. Que siempre todo me alegraría o me dolería, que no lograría separar mis emociones de los eventos jamás. Que siempre podría hacer algo al respecto de las cosas, que yo tenía el control. Que siempre sentiría dolor ante la miseria, y alegría ante la abundancia. Solía creer que mi valoración de las cosas era objetiva y absoluta. Solía creer que la vida jamás terminaría, la mía, la de mis queridos. Solía creer que no había fin.

Pero ya no lo creo más.


Dec 18, 2010


"Estás hermosa, carajo", dijo mientras lo montaba.

La Vida me grita desde hace varios días que todo está mucho más cerca de lo que pienso.

De pronto me ha abrazado el pánico a la muerte.


mármol


No sé bien cómo fue. Desperté con cierto sinsabor en la cabeza, sin poder relatar el sueño que me producía esa sensación. Me acompañó la incomodidad unas horas, el comezón. Poco a poco emergió la fuente diáfana. Se había desmoronado esa cubierta tibia de su presencia en mi mundo, el sentimiento cálido que me acompaña cada momento desde que estoy con él, que prevalece aunque está lejos y sé muy poco de él en días, aunque no escucho su voz por semanas. Se había ido la almohadilla confortable de su fresca sombra. Quedaba la loza brillante y fría, el mármol sólido y resbaloso, la superficie desnuda y lisa.

No me quería.

Había sido todo imaginación mía. Cerebro de mujer que crea, inventa, arma una historia en la cabeza. Se cree que sabe y que está seguro, que las cosas son, y no que parecen. Hubo silencio. Todo era entonces diferente. No habían lindos recuerdos de nuestros viajes, no había confianza, no había intimidad ni complicidad. No había nada. No había el cuenta conmigo, ni el aquí estoy. No había nada. No habían esas noches largas de hacer el amor una vez, y otra, y otra, y despertar abrazados y sonriendo. No había el te quiero tanto. No había nada.

Curiosamente, en el sueño, no me explicaba el fin, ni me lo cuestionaba. Simplemente se había develado la realidad y así era. Mi estatus había cambiado de con él a con nadie, como fue siempre antes. En mi psique profunda se declaraba desierto el lugar, tan desierto que desaparecía. No había nadie. Era yo otra vez sola, quién quiera que yo fuese, lo que quiera que yo fuese, lo que quiera que "sola" significara, porque significa tantas cosas, y a la vez no cambia nada. Era de nuevo esta mujer que hace, que va, que viene, que piensa, que siente, que todo es implosión y silencio en su vida. Que no sabe ni quiere remediarlo, que está vencida. Otra vez como antes. Me rendía ante el inevitable estado ya experimentado por años. Entraba en la celda como el reo que sabe que tiene cadena perpetua, resignado, sumiso, doliente. Se había ido mi oportunidad de seguir amando. Se había terminado. Quedaba sólo el cuerpo automático y la vida insabora. No me quedaba energía para agradecer lo pasado. Sólo resignación y mucha tristeza. No tristeza por lo que se había perdido, sino por lo que venía adelante.

Y así avanzó el día. No pude enviarle mensaje alguno. ¿Qué tal que fuera todo cierto? ¿Qué tal que mi subconsciente me hablaba a través del sueño? Tal vez me avisaba a mí misma que dejara de crear la historia. Que rompiera la necesidad, el apego. Anular la falta que me hace su presencia. Que volviera a ser aquella otra, sin el calor de su compañía. Que enfrentara la vida sin el apoyo del sonido de su respiración a mi lado. Y así fue. Se replegaron las emociones. Se amputó el pedazo de corazón que le quiere y le extraña, le siente y late por él.

Y me costó más que nunca llevar el día... la vida. Me di cuenta de cuánto me impulsaba sin hacer nada, sólo estando en mi cabeza con brillo de fogata chispeante. Y cuánto me pesaba el día sin su luz y su calor de fuego vivo. Me pesaba terriblemente, tanto, que me aplastaba. Sin él nada de este esfuerzo parecía valer la pena.

¿Por qué? ¿Qué tenía qué ver él con lo que yo estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo entonces? ¿Forzándome a sobrellevar una vida "dura" valiéndome del motor de estar enamorada? ¿Pretendiendo que todo era sencillo porque de todas formas, encima de todo, le amaba? ¿Qué clase de demostración era ésta? ¿Para quién? ¿Para él, que de todo esto no sabía nada? ¿Para mí, que a veces podía ver claramente que todo este esfuerzo estaba vacío y era hasta cierto punto inútil? De nuevo me forzaba por motivos que ni yo misma entendía claramente. Quería escapar de la prisión que me había construído. Y sin tener mejor prisión para mudarme, se hacía evidente que no quería estar fuera, suelta, libre, sin agarrarme de nada. Ni siquiera del dolor que toda esta excusa llenaba en mi cabeza.

Entonces parecía claro. Tenía todavía que llegar a ser quién soy, con él o sin él. De otra forma no habrá nada que me consuele. Y tampoco podré amarle con corazón saludable y pleno. Será él siempre otra frazada para tapar el frío más hondo que me sigue congelando el alma.



Dec 5, 2010

peso cotidiano


Quisiera saber lo que tengo que hacer
para darle la vuelta a la vida y ver
que el peso cotidiano en los hombros es
emocionante y maravilloso

Cómo despertar una vez más y ver
la luz radiante en el amanecer
el enésimo milagro renacer
corriente, común, hermoso

Cómo aquilatar lo que la vida da
aún con aquello que nos falta

Y no caer en la trillada trampa
de ver terrible lo glorioso


¿Qué la vida es corta? ¿Qué se pasa volando, qué no te das cuenta, qué ojalá volvieran todos esos años? ¿Qué los años vuelan, qué en un parpadeo todo ha cambiado, qué nunca supimos cuándo pasó todo? ¿Qué ojalá repitiéramos todos esos momentos, qué no vimos a dónde se fueron? ¿Qué parece que fue ayer lo que fue hace muchos años?

La vida no es corta, ni se pasa volando. Los años son largos, con sus estaciones, sus cambios de horario, sus temporadas. Las hojas se secan, una a una, se desprenden, vuelan, caen. Las ramas se quedan desnudas esperando que pase el invierno, sin saber si pasará o no. Los meses son eternos, sus semanas perennes, los días se estiran desde los primeros rayos, las horas gotean lentas por el reloj, minuto, a minuto, a minuto. Los segundos se suceden uno tras otro, cada uno con su espacio propio, y tan lentamente se acumulan... El silencioso ahora sobrevive siempre.

En cada presente, los espacios cambian, las personas cambian. Nos ocupa el teatro de la vida, nos convence de tomar parte. Nos involucramos, nos la creemos. Damos credenciales a todo lo pensado, hacemos y hacemos y hacemos. Perseguimos metas, proyectos. Inicio, desarrollo, conclusión, fin. Siguiente. Complejizamos. Hablamos. Hablamos en consecuencia con. Hablamos sobre de. Hablamos con el fin de. Hablamos para. Hacemos, hacemos. Otra vez, otra vez, otra vez. No podemos dejar la obra, nuestro papel casualmente resulta siempre el del protagonista. ¿Qué haríamos de la obra sin nosotros?

Pero llega un momento de silencio tan largo, que es repentinamente obvio. Antes del primer segundo marcado por el primer reloj no había segundos. Los ciclos naturales no están cronometrados, varían y ocurren, o no. La vida se crea, se destruye, o no. No hay tiempo, no hay espacio, no hay obra. No hay nada. Para el ratón-mascota la vida es la rueda, el aserrín, el baldecito de agua, la ratoncita, y empezar todo de nuevo. Para él todo es tan necesario, interesante, meritorio. Quiere involucrarse. El ratón libre sólo pastorea. Improvisa cada instante, huele el viento, tal vez encuentre una hembra, tal vez no. Pasará su vida simple. Sin darle demasiada importancia, ni siquiera al momento del fin. Un instante vivirá. Al siguiente, no. Es ratón, no tiene que ser otra cosa. Ser lo que es es suficiente.




Nov 29, 2010

pueblo chico... ¿qué hago aquí?

"Últimamente ando algo perdido. Me han vencido viejos fantasmas, nuevas rutinas." - Ismael Serrano.

Últimamente ando algo perdida. No entiendo bien qué hago aquí, por qué vine, por qué sigo aquí y qué es lo que espero subconcientemente qué suceda. Y es que no es sencillo sintonizarse de pronto en una realidad pequeña y local, o al menos no lo es para mí. Me encuentro a mí misma angustiada por detalles insignificantes de la cotidianeidad, que si no hay teléfono, que si no hay sillón para sentarse, que si mejor focos de luz amarilla que focos de luz blanca. ¿Por qué pongo tanto esfuerzo en las cosas?

En el jardín hay 3 perros: un macho cachorro, uno joven, y una hembra. No son míos, son perros callejeros. Pero les he dado de comer un par de días y ahora los 3 mueven la cola en las mañanas, afuera de la puerta. Hoy amanecieron otros 4 perros nuevos, asediando a la hembra que parece estar en celo. Pero ella no les permite montarla, les lanza dentelladas feroces y afila las orejas. No la dejan en paz. Uno chaparrito se queda penetrando el aire con insistencia, sin poder controlar el impulso de cruzarse. A la hembra le he hecho un encierro de malla, muy sencillo, para que la dejen en paz. Ha buscado salirse ella misma, pero sin éxito, y por fin se ha rendido en una esquina, hecha bolita. Me hizo pensar qué vale más, la comodidad o la libertad. Y yo qué busco exactamente, ¿libertad, comodidad? Yo también valoro más la primera que la segunda... ¿o no?

En las mañanas enciendo el radio, escucho la corta transmisión del D.F. Me sabe a gloria, como si con ello me conectara con la realidad, no este ramillete de historias sin remedio. Después de Granados Chapa sigue un programa local de "denuncia", donde una voz femenina con tinte de hartazgo y fracaso enlista durante una hora todo tipo de vejaciones cometidas contra los "compañeros y compañeras". Me inspira tanto coraje. No sólo las vejaciones, sino la tónica del programa. No podía ser una transmisión inspiradora, de casos exitosos de organización, de empresas rurales, de alternativas, no, a las 9:30am hay que chutarse diario la miseria humana interminable. Y todos los días es igual. Apago el radio. Vuelvo a la nueva rutina.

Todos me preguntan el precio de todo. Cuánto costó el carro, cuánto costó el celular, cuánto costó la laptop, cuánto costó la bicicleta, cuánto costó el colchón, cuánto costó la puta malla de la perra. Solía responder con candidez y cierta vergüenza, mmm, bueno, costó esto. "-Es caro.", replicaban. "-Si, ¡muy caro!", fingía yo. De nuevo esa sensación de culpa. (Si, lo siento, es que puedo pagarlo, discúlpeme, tiene razón, es carísimo, no debí comprarlo). Es suficiente. He decidido mentir flagrantemente. Primero la libertad, e inmediatamente la comodidad. Hoy me ha preguntado el vigilante cuánto pago de renta de la casa. "No lo he acordado con la dueña", he respondido previo a su mirada incrédula, "y disculpe que lo deje, tengo que irme a trabajar", he rematado. Me he sentido mejor. Que haga con su pregunta lo que quiera, que yo ya lo he hecho con mi respuesta. Me viene siendo extremadamente útil la fiereza de la perra. Debo lanzar dentelladas si no quiero joderme junto con el programa de radio.

Nov 25, 2010

favor


quémame. consúmeme. destrózame esta noche. quiero morir así, desnuda, entre tus brazos. que por fin termine todo y olvidarme de mi vida. sé lo último que mire, lo último que sienta, lo último que me vea respirar. y exhalar por fin la despedida. liberarme del peso de la vida y la existencia, el gusto por el placer, el rechazo por el dolor, la ambición y el miedo. volar libre por el cuarto sin que ya nada importe, y desintegrarme en el viento de la noche.

Nov 13, 2010

lo llano


Cuando nazca quiero ser un sotaco simpático y desparpajado. Con la cabeza grande y el cuerpo pequeño, compacto, bien musculoso. Renguearé un poco y tendré un ojo más abierto que otro, la voz y la barbilla rasposas y los dedos cortos y gruesos. No seré parte de ningún grupo de señoritos y esos hombres refinados que no son hombres. Seré varón y macho y hombre y tipo, con los pies bien grandes y feos. Lo poco que coincidiera mi apariencia con el estereotipo de los espectaculares estará compensado por la consistencia permanente de mi personalidad de pirata urbano. No se pondrá en duda quién soy ni por mí ni por nadie, no habrá duda de que soy quién soy y no soy otro.

Me presentaré contenido y consecuente. Conciente del teatro de la vida y bien despreocupado de la no trascendencia de las cosas. Hablaré lo que piense sin tiempo alguno entre ambos procesos. Tendré una mujer lacia que no podrá ver con claridad casi nada, más que yo soy el hombre que la tiene y que es tenida. Será liviana y risueña, sin dimensiones, animal y automática.

Seré plomero u otro oficio sin cerebro, preocupado sólo por las válvulas y coples, soldar, desoldar, atornillar y abrir la llave. Gran distancia me separará del mundo y la vida será trabajar para comer y comer para trabajar. No tendrán sentido las dudas o contemplaciones, y al cerrar los ojos de noche no pensaré nada porque caeré en un sueño profundo y plano sin poder siquiera darme cuenta de que he perdido la conciencia.

nos estorbaba el elemento "relación". ¿no podíamos ser sólo él y yo, diáfanos, directos, sin relación-intermediario? él estaba claro, yo estaba clara, ¿para qué etiquetar un vínculo inventado? era sólo limitar el amplio tiempoespacio en el que estábamos siendo. di un paso para atrás y me quité de la cabeza el elemento sobrante.

Oct 23, 2010


No me interesa, te lo digo, que compartamos experiencias. No me interesa que tengamos recuerdos, que acumulemos anécdotas, que atemos a lugares y a momentos los sentimientos. No me interesa que viajemos a mil lugares y tengamos bitácoras mentales. No me interesa si uno le salva la vida al otro, o se la condena. No me interesa si eres el primero -o el último- en decirme o hacerme cualquier cosa. No me interesa si amanecemos juntos amanecer tras amanecer, o muy pocos. No me interesa si tenemos un bar de costumbre, una frase o un gesto. No me interesa la bendición del cajón con tu ropa, ni tu colonia en la almohada, ni tu música en mi ipod, ni tus libros en mi librero. Todo eso está bien, pero no me interesa.

No te engañes, soy noble, pero no estúpida.

Me interesa el espacio que llenas con tu voz en el silencio. Saber qué te mueve a hacer lo que haces y qué piensas al hacerlo. Me interesa qué hay en el fondo de tu motor, qué piensas en la vida que vale la pena. Me interesa tu mente sin el filtro de tu consciencia, y tu consciencia sin el filtro de tu mente. Me interesan tus palabras debajo de tu discurso. Me interesa lo que realmente te interesa. Me interesa lo que realmente sientes, lo que sea. Lo que te enfurece sin que te des cuenta de cómo es que te enfurece tanto, lo que te aterroriza hasta las lágrimas, lo que te repugna en los demás y en tí mismo. Me interesa lo que ocultas, tanto, que lo olvidas, hasta que lo recuerdas.

¿Es que hay otra cosa que realmente importe? ¿Conocerte es acaso escuchar un cúmulo de gustos triviales? Anécdotas de memoria, relatorías de episodios de vida. ¿Qué es tu compañía si no sé quién te habita? Qué es tu pasión si no sé qué te mueve. Qué es tu deseo si no sé lo que quieres. Quién eres tú cuando no estoy yo para editarte. Qué preguntas tienes que nunca harías. Quién eres tú allá adentro, cuando te hablas, certero de estar mudo y pensando, y quién habla es tu esencia y quién realmente, realmente, eres. Si has hecho el ejercicio de observarte y criticarte, qué has visto, qué percibes de tí mismo, qué verdades te confiesas en silencio, qué mentiras usas para vivir a costa de esas verdades.

Eso quiero, el núcleo, el centro. Digamos qué realmente pensamos, sentimos, de qué se trata la vida para cada uno. Demos a esto algo de calidad, algo humano, algo profundo, algo divino, algo nuevo, algo fresco, algo auténtico, algo personal, algo íntimo. Dejémonos de símbolos y signos. Dejémonos de cánones y estilos. Dejémonos de confort y resguardo. Dejémonos de tibiezas y seguridades. Crucemos la línea, vamos a otro nivel, vamos a escucharnos.

Ante la catástrofe, siempre me costaba encontrar ese punto. El punto dónde confluyen la genuina consternación y la indiferencia indolente ante lo ingobernable. Cómo encontrar el peso justo... ¿Me estaba mortificando demasiado? ¿O no era consciente de la gravedad de las cosas? ¿Qué dirían otros, "es terrible", o "no pasa nada"? ¿Qué efecto tendrían estos comentarios en mi propia sensación al respecto? ¿Dependería acaso de quién lo dijera?

No siempre había sido así, esta distancia, esta especie de frialdad. Aún no sé si es auténtica, o construída como mecanismo de protección. De antes, recuerdo bien la sensación repentina de la sangre que se va del cerebro, la piedra en el estómago, la sensación terrible de que hace un segundo, dos, tres, cuatro, todo era diferente. Todo estaba bien. Todo era normal. Pero ya no. Irreversiblemente todo está mal, todo es anormal. El peso asfixiante de la realidad imposible de reuir, ahora transformada. Recuerdo bien.

Pero esta ocasión no fue así. Mi mente trató de traumatizarme, se alarmó, me llamó a alarmarme. Pero no pude tomarme la molestia. ¿Qué iba a solucionar alarmándome? Había una sensación de miedo, tristeza, pérdida, si, pero alarma... no tenía sentido. Había una sensación de que esto no era grave comparado con lo grave que ya he tolerado, lo que en verdad me ha dolido, lo que ha quedado en el olvido, sin solución, porque es imposible solucionarlo. Y esto también. Una mujer adulta, con la vida hecha y en marcha, tiene que responsabilizarse de sus errores, no hace falta que busque la conmiseración de nadie, mucho menos encontrar algún consuelo en la queja, verbalizarlo, ¿para qué? Todo serían consolaciones huecas. La realidad era una. La vida me seguía viviendo. No había que resistirse. Dejar pasar el miedo, respirar hondo, y dejarla seguir.