May 21, 2011


este amor a fuego lento me tiene consumida en llamas


(mis) heridas







Humillación

He recordado algunas experiencias que forjaron mi herida de humillación, la que es más profunda en mí y la que la forma de mi cuerpo proyecta en mayor medida. No sé exactamente cómo se formó la herida en mí, qué fue lo que percibí desde los primeros años de vida que más tarde manifesté en la niñez, reafirmando la humillación. Pero recuerdo bien experiencias a las que sobrereaccioné, identificándome con un sentimiento de vergüenza, de pena por mí misma y por los demás. Voy a vertir mis recuerdos aquí, para que descansen fuera de mí, inertes, en paz.

-Recuerdo a mi madre cambiándome los pañales, frunciendo el ceño y aprisa -como siempre-.¿Quizá en un gesto de inconformidad, molestia, angustia, desespero?
-Me recuerdo lloriqueando en mi habitación y peleando con mi madre. Quise dormirme en señal de aislamiento, pero ella me tomó fuerte del brazo y me dijo con dureza que no me era permitido dormir en ese momento.
-Recuerdo en tercero de kinder una maestra que gritó a un niño inquieto si tenía "hormigas en las nalgas". Recuerdo el calor de la sangre en mi cabeza al escucharlo, avergonzada.
-Recuerdo a las niñas de 1° o 2° de primaria que, al salir la maestra del salón, se ponían de pie frente al grupo y se subían la falta y bajaban los calzones. Recuerdo que los niños gritaban, exaltados. Recuerdo ponerme de pie e intentar verlas, sin gritar y sin comprender por qué lo hacían, sentir que era muy peligroso si eran descubiertas, sentir vergüenza.
-Recuerdo la ira que sentí cuando una maestra suplente, para que yo no escribiera pegando la cara a la hoja, me tomó de la cola de caballo y me tiró con lentitud y fuerza. "Ponte derecha", me dijo. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no lloré, porque me daba vergüenza.
-Recuerdo acabarme los lápices rápidamente en la primaria, por escribir con tanta fuerza en la hoja y sacarles punta prácticamente todo el tiempo. Recuerdo la molestia de mi madre cuando le pedía un lápiz nuevo. "¿Por qué me dices a estas horas?", me preguntaba -lo que a mí me parecía- muy molesta.
-De muy pequeña, recuerdo hacer acopio de valor por varios días y preguntar por fin a mi madre si estaba enojada conmigo, si yo habría hecho algo que le molestara. Recuerdo la vergüenza que me causaba preguntarle, pero si no lo hacía, estaba faltando a mi deber, lo cual era imperdonable.
-Recuerdo esa rarísima ocasión en que trabajaba con mi padre en alguna labor casera y aquilatar el momento como nunca. Recuerdo haberle preguntado una pregunta inapropiada sobre los trabajadores de la casa. Recuerdo como no me dijo nada y me indicó que guardara silencio con el dedo en los labios. Recuerdo la sangre caliente en mi cabeza, sentirme tan avergonzada de haber arruinado todo.
-Recuerdo pedirle a mi madre que me comprara un brassiere o algo parecido, pues me sentía incómoda con la camiseta de la escuela, sin usar nada abajo, y las otras niñas ya usaban curiosas camisetas y cosas por el estilo. Fuimos a una tienda y ella se acercó a la dependienta, "Señorita, a ver, corpiños para esta niña, por favor", hablando en un tono de fastidio y mal humor (de nuevo, como siempre) y yo sintiéndome sumamente avergonzada y pensando que todo mi esfuerzo porque la situación fuera discreta había sido en vano y era mejor no estar ahí del todo.

Más adelante en mi vida, durante la adolescencia y los primeros 20s, me involucré en situaciones que me colocaban en una posición de ser humillada, las toleré más allá de la humillación con tontas excusas acerca "del deber", y más tarde busqué expresamente la desaprobación de mis padres como resultado de estas experiencias.

Desde luego, decir "no" siempre me costó trabajo. Terminar relaciones amorosas, rechazar pretendientes, rechazar personas, en fin, todo lo que significara decir no.  Hoy en día creo que mi sobrepeso está muy ligado a esta incapacidad de decir no. Pareciera que con mi sobrepeso me ahorro el tener que decir no a un hombre, por ejemplo, pues mi sobrepeso ya lo aleja de antemano.

Abandono

Por otro lado, aquí están mis recuerdos que reafirmaron mi herida de abandono, que también fue alimentada por la actitud de mi madre durante mi niñez, y que se manifiesta hoy en día en la postura de mi espalda, encorvada hacia el cuello, con un dejo de torpeza y actitud de "estorbar" o quererse hacer invisible.

-Recuerdo mirar a algún perro callejero y sentir la pena más grande, llorar en silencio, sin decirle a nadie.
-Recuerdo que de niña muy pequeña, me gustaba jugar con muñecas pequeñísimas, apenas del tamaño de un dedal, que tomaba con mis manos y podía pegar a mi cara, y podía ver qué pequeñas eran, y esto me fascinaba, aunque siempre temía perderlas.
-Recuerdo llorar inconsolablemente cuando se perdió mi pequeño pingüino de juguete que recibí como obsequio de un viaje de mi padre. Recuerdo haberle hecho una pequeña cama bajo mi silla, y haberlo colocado dentro de la minúscula bolsa de mi falda. Recuerdo caminar incansable por la escuela, esperando encontrarlo, pensando que quizá estaría ahí, en el siguiente rincón, pero no estaba.
-Recuerdo la incomodidad de esperar 50 minutos a que iniciaran las clases, pues mi padre nos dejaba en la escuela temprano para no encontrarse con el tráfico de las mañanas. Recuerdo el frío que se colaba bajo mi falda, y no encontrar ningún lugar cálido ni limpio para sentarme mientras llegaba la hora de entrar a clase. Me era muy desagradable.


Rechazo

Recuerdo también evidencias de mi herida de rechazo. En la primaria, por ejemplo, era costumbre mía acoger a los niños de los que nadie quería ser amigo. Recuerdo que durante muchos años fue mi "mejor amigo" un pequeño con nombre extraño, gordito, con la voz ronquita, siempre con mocos secos en la nariz y el suéter sucio. Como él, tuve otros amiguitos que los otros niños rechazaban.

Mi madre me había indicado que no debía rechazar a nadie (¿su propia herida de rechazo o injusticia?), y debía aceptarlos a todos. Yo seguía cabalmente las órdenes, pues en mí hay otra buena proporción de la herida de injusticia, y por ende yo quería ser justa en todo lo posible. Así, no era justo rechazar a nadie. Sentía mucha pena por estos niños, me inspiraban lástima e inmediatamente era imposible que yo me negara a "resolver" sus soledades.

Más tarde esto me causó muchos problemas que considero relativamente serios. Me costaba (y aún) mucho trabajo decir "no", negarme a las situaciones, rechazar algo o alguien. Esto provocó que me involucrara en situaciones en las que no deseaba participar, pero que no podía negarme. Acepté siempre con justificaciones moralistas, "el deber". Hace algunos meses ojié en un libro de esos baratos de autoayuda ("100 consejos para ser feliz", o algo parecido) en una librería. Ninguno de los 100 consejos me pareció rescatable, ninguno excepto uno. "No persigas las metas de los demás". En ese momento me cayó como un balde de agua fría. De pronto tuve claridad de cuántos años había perseguido metas que no eran mías, y siempre había dejado lo mío de lado, como no importante. Esto había desembocado en grandes frustraciones, tristezas, y una depresión grave que me cambió para siempre. Y aunque todavía no tengo el valor de hacerlo por completo, me pregunto contínuamente qué metas estoy persiguiendo, de quién son, qué significan para mí, y por qué tengo tanto miedo de perseguir las mías.


May 20, 2011

disecciones I



Hay algo de mí que todavía no me suelta. Es un vértigo profundo y afilado en el fondo de la garganta, es el insomnio inducido, es el nerviosismo del que está alerta sin que haya motivo. Así estoy estos días, con un nudo en el estómago y pensando que se me ha olvidado algo muy, muy importante, pero no logro recordar qué era.

Me aterra y me congela pensar en el futuro, qué será de mí que no entiendo nada de esto, que siempre busco inútilmente estar en lo correcto, qué tal que me equivoco y en unos años miro este presente como un gran error acumulado. Ya puedo ver hacia el pasado y encontrar huecas decisiones, sacrificios, grilletes y miserias que decidí serían mi vida mucho tiempo. Y hoy, ¿puedo ver acaso qué estoy haciendo con mi vida? ¿Puedo darme cuenta de que todo esto -otro gran error- me está saliendo más caro que antes? El tiempo ha pasado y la vida es justo ahora, ya no estoy en tiempos de planeación cuando no se me permitía vivir y todo era como un césped visto a través de una puerta cerrada con llave. Estoy de pie en el prado, ¿qué es lo que planeaba hacer?

Cuando escribí la etiqueta de este blog elegí "Presa de mí misma" para resumir en una frase muy corta mi excusa para escribir todo esto. Podía percibir que no era libre, y que seguramente sería yo la que mantenía este estado hacia mí misma. Pero no ha sido hasta estos días -casi 2 años después- que con cierta claridad percibo que si, que si estoy presa de voces y fantasmas que habitan mi cabeza, y me dicen qué dirección tomar y cómo, hacia dónde avanzar hasta en los procesos más sutiles, esos que están en el fondo del cerebro y casi nadie los conoce. Estoy presa de esta persona que se ha formado desde el tiempo 0, que se fue armando de estructuras y supuestos, y ahora intenta vivir fiel a ellos. ¿Quién soy yo fuera de esta prisión? ¿Quién surge de mí, cuando yo me dejo a un lado?

Matar el yo, matar el ego, conocerse a uno mismo, autocriticarse y analizarse. ¿Cómo saber que no es otra trampa de mí misma? ¿Quién valida la claridad del proceso si soy yo quién presume de la claridad para ahora verlo todo claro? El deseo de liberarme de mí misma me engaña todo el tiempo. Creo que he avanzado, he soltado, he dejado atrás, he perdonado (quizá), he comprendido, he fluído, he cambiado... ¿En verdad será así o estaré siendo presa de otra trampa? Otra trampa que me tiendo a mí misma porque los años pasan y las trampas deben incrementar en sutileza.

Qué horrible sensación cuestionar lo que presumo. Qué desagradable pensar que esta estrategia -esta vida tan fuera del patrón, tan diferente a lo que se esperaría- no es más que un desquite, una venganza de 24 horas continuas, 365 días, a lo que (incluso) amorosamente se me impuso sin conciencia. Qué desagradable pensar que he elegido cautelosamente lo que amo, para mantenerme así presa de mí misma y mis "motores". ¿Qué he hecho?

Y todo lo otro, lo "bueno", a lo que hay que tender toda la vida, imposible alcanzarlo pero no hay que dejar de intentarlo, todo aquello, ¿qué? Las verdades más absolutas y evidentes como la vida en todas sus formas. Y no se me ocurre ninguna otra. Todo ello... ¿Será que puedo liberarme de mí misma si caen todos mis dioses? ¿Y en qué voy a creer cuando ya no crea en nada, ni siquiera en que mi prisión me da -al menos- identidad, dirección y ritmo?


Apr 10, 2011

máscaras I


E
l huidizo mantiene a determinada distancia al masoquista, si se aleja, lo acerca, si se acerca demasiado, lo aleja. En respuesta, el masoquista se autocompadece por sentirse lejano, ignorado. Se calla implorando atención, pero no se va. El dependiente aviva de nuevo el vínculo, parece hacerlo íntimo. El controlador se alegra de estar de nuevo en el juego.

Parece que reaccionamos mucho más de lo que pensaba. Me pregunto si algo entre nosotros nace de nosotros mismos.

Apr 5, 2011

ser uno mismo más allá de la herida



H
ace algunos días me topé de casualidad con un libro que se llama "Las 5 heridas que impiden ser uno mismo" (Lise Bourbeau, Ed. Diana). Leí un par de páginas y lo compré inmediatamente. Tardé muy poco en leerlo, es una lectura muy ligera, clara y amena. Pero sobre todo, es apabullante.

El argumento central del libro es que, cuando uno nace, y es muy pequeño, simplemente ES. Los adultos se ocupan de mandarnos mensajes sutiles con los que nos indican cómo debemos actuar para "satisfacerlos". En ese proceso, nos damos cuenta que no podemos simplemente ser "nosotros mismos", sino que tenemos que desarrollar "máscaras" que nos permiten ser aceptados por los demás. Las máscaras se arraigan hasta el grado en que creemos que nosotros somos así. Pero son en realidad protecciones para no revivir las dolorosas experiencias de la primera infancia: el rechazo, el abandono, la humillación, la traición y la injusticia.

Las 5 heridas anteriores no deben tomarse literalmente. Una persona que sufrió la herida de abandono, por ejemplo, no necesariamente fue abandonada físicamente por sus padres, sino que el sentimiento de abandono se puede formar como producto de muchas experiencias diferentes, que no necesariamente significan un abandono físico. En el caso de un abandono literal, la herida puede ser muy profunda y por lo tanto la máscara será contundente.

A cada herida le corresponde una máscara. Y he aquí lo sorprendente de la lectura: podemos vernos reflejados con precisión en las características de las diferentes máscaras. Todos conocemos a alguien controlador (herida de traición) o a alguien que parece nunca destacar (herida de rechazo), y hasta podemos vernos a nosotros mismos -o parte de nosotros- retratados con fidelidad en cada máscara. Todos tenemos las 5 heridas, en mayor o menor grado, y conforme la herida sea más profunda, la máscara será más evidente. La correspondencia de las heridas y las máscaras es la siguiente:

Herida de rechazo - máscara de huidizo.
Herida de abandono - máscara de dependiente.
Herida de humillación - máscara de masoquista.
Herida de traición - máscara de controlador.
Herida de injusticia - máscara de rígido.

Las máscaras tampoco deben tomarse literalmente. El huidizo, dependiente, masoquista, controlador y rígido no lo son en sentido literal, sino que actúan de manera muy sutil reafirmando su máscara, con lo que nos defendemos del mundo, y tratamos de evitar volver a vivir las dolorosas heridas. Por ejemplo, el masoquista se ofrece de ayuda a los demás, pero esto finalmente le causa problemas, y sin embargo, lo sigue haciendo.

Además de la correspondencia de heridas y máscaras, la forma de nuestro cuerpo está relacionada con la herida más profunda que experimentamos. Seguramente a ustedes también les ha sucedido que han conocido gente que tiene una forma de cuerpo que va perfectamente con su personalidad. O su forma de caminar, o sus problemas con el subir/bajar de peso. Bueno, esto también es producto de las heridas. La correspondencia de las heridas con la forma del cuerpo es la siguiente:

Rechazo: cuerpo contraído, angosto, delgado, fragmentado.

Abandono: cuerpo largo, delgado, sin tono muscular, jorobado, piernas débiles, espalda encorvada, brazos de apariencia demasiado larga y pegados al cuerpo, partes del cuerpo caídas o flácidas.

Humillación: cuerpo grueso, rollizo, talla corta, cuello grueso y abombado, tensión en el cuello, en la garganta, en la mandíbula y en la pelvis. Rostro redondo y abierto.

Traición: cuerpo que exhibe fuerza y poder. En el varón, los hombros son más anchos que la cadera. En la mujer, la cadera es más amplia y fuerte que los hombros. Pecho y vientre abombados.

Injusticia: cuerpo erguido, rígido, lo más perfecto posible. Bien proporcionado, glúteos redondos, talle corto ajustado por la vestimenta o el cinturón. Movimientos rígidos, piel clara. Mandíbula firme, cuello tieso. Erguido con orgullo.

Además de la forma del cuerpo, el libro describe a detalle otras características relacionadas con cada herida: los principales rasgos del carácter, el progenitor que la inflinge, el vocabulario usado comúnmente por la persona, el temor más grande que experimenta la persona, la forma de alimentación y las enfermedades que es más propenso a sufrir.

¿No resulta perfectamente creíble -y lógico- que nuestra profunda psique se forme al tiempo que nos volvemos "persona" y ésta se refleje en nuestro cuerpo (nuestro interlocutor con el mundo físico) y la forma cómo lo nutrimos, lo movemos, las palabras que usamos, etc.? ¿No resulta perfectamente creíble que nos formamos en función de aquello que más tememos vivir?

Bien dice la autora que el ego intentará impedirnos ver nuestras heridas. Al fin y al cabo la función del ego es ahorrarnos ese dolor. Sin embargo, si nos animamos a aceptarlas, todo queda mucho más claro de pronto, con nosotros mismos y con los demás. No hay que olvidar que nuestros padres sufren las heridas que sufren porque les fueron inflingidas por sus padres a su vez. También, la autora hace una anotación interesante: ya que has identificado tu herida o tus heridas principales, es importante que sepas cuándo eres tú mismo y cuándo estás reaccionando en función de ellas. Esto me parece fundamental. En el momento en que reaccionamos, estamos actuando a merced de la herida, dejamos de ser nosotros mismos, somos presos de nuestro temor, actuamos automáticamente, como si entráramos en stand-by y la vida ocurriera afuera de nosotros. En cambio, cuando somos nosotros mismos, actuamos en conexión con un sentido de autenticidad, auto-aceptación, amor a nuestras heridas y abrazamos el momento de manera inconcidicional. Quizá únicamente en ese momento somos libres de nosotros mismos.


Mar 23, 2011

estos días te quiero más que antes


estos días te quiero más que antes. pienso en ti muchas veces -como siempre- pero ahora no llegas tú a mi cabeza, sino algo más que me recuerda a ti, una canción, la luz del sol en el jardín, una taza de té. los veo sin verlos, y de pronto me llega esta sensación de ti, de cuando estabas aquí, de tu cuerpo vivo y caliente. y se me abriga el corazón con un baho cálido y pasajero, y me siento feliz.

estos días te quiero más que antes. el silencio ha dejado de asfixiarme y la distancia me parece cómodo accesorio de los tiempos. no siento tu ausencia ni el vacío inmenso que aquí dejas. todo es como debe ser y todo está en su lugar sin duda. la mañana y su viento soleado ocupan el silencio, y el aire y los árboles de colores ocupan el espacio. tu estás aquí divinamente omnipresente, dentro y fuera míos, sin invadir mi intimidad, acompañándome.

estos días te quiero más que antes. se me ocurren mil preguntas para hacerte. quiero entenderte. comprender de pronto toda tu existencia y tu sentido. pero al siguiente instante me parece que ninguna pregunta puede pedir-te en respuesta. si llego a comprender-te será siendo paciente, dispuesta, sensible, silenciosa, y te deje ser, cerca mío, cuando se pueda. no debo adelantarme a tus relatos.

estos días te quiero más que antes. he dejado de imaginar sobre ti o tus silencios. los significados que extraje del imaginario amoroso se han esfumado y no ha quedado nada para interpretar lo ininterpretable. ahora pasan los segundos y simplemente estás presente, más abajo, más profundo, en un lugar propio, separado de un simple pensamiento de consuelo o de placer imaginado.




Últimamente me da por ver las nubes moverse. Miro fijamente un pedacito del contorno de alguna y observo detenidamente cómo se mueve, hacia dónde va. Son enormes. Puedo sentir que a esa altura los vientos son ráfagas mortales que a ellas apenas les impulsan en su viaje atmosférico. Y este movimiento no me parece diferente del que está animado por la vida, del movimiento de un animal o del mío mismo. Me sucede con los árboles también, pero el contrario. Los miro quietos en el prado, recibiendo el sol, o el agua. Apenas se mueven. Y sin embargo están tan vivos. Por dentro de sus cortezas hay una ciudad de células con avenidas y calles, tejidos y recovecos, funciones y procesos. Y afuera la calma. Sus hojas brillan con un verde tan hermoso que lloro por dentro al verlos. Su quietud me conmueve y me doblega hasta el nivel más simple de amor puro. Me siento tan humana y tan sola. Me envuelve la soledad de todo el Universo, y de este mundo azul suspendido en la oscuridad total, existiendo en un segundo que nunca fue.

Feb 26, 2011



Quiero llegar hasta el núcleo más íntimo de la necesidad, hasta su esencia, hasta las razones que hacen que ésa sea la necesidad y no otra, hacia las causas del vacío que quiere dejar de serlo. Quiero comprender qué es eso, eso del fondo profundo, que no se llena con nada, que llora, que guarda un luto, que no se levanta. ¿Qué es ese deseo que no muere? ¿Por qué no se va, por qué no se rinde? ¿Grita con su permanencia el crédito de su esencia? ¿Y quién le ha otorgado esa validez, esa investidura?

Feb 3, 2011

dilema


Ansiaba fluir en una vida simple, pero la vida sola se le complejizaba. Ansiaba no tener más responsabilidades que las autoimpuestas, pero la vida le ofrecía hacerse responsable de situaciones complejas. Debía decir no. ¿Pero estaba viendo con claridad las oportunidades? ¿Era sabio, suficiente, auténtico ir por lo meramente deseado, sin consideraciones? ¿No eran contradictorios los términos "fluir" y "lo deseado"? Deseaba acercarse a los más queridos, pero ¿era esto una limitante, una debilidad, disfrazada? La vida la mantenía lejos, y prometía hacerlo por un tiempo considerable. ¿Valía la pena negociar algo -cualquier cosa- en la vida? Otra vez, dudaba.

Jan 26, 2011

¡y qué absurdo buscar que las cosas sean como uno quiere!

evanescencia II


Va mi paso por la tierra sin testigo. No hay evidencia, no hay muestra. A cada paso desaparece el anterior, sin rastro. Las paredes son testigo de las luces que encendí, los pisos fríos son testigo de mi traginar en este espacio. Resuenan en el aire las notas que exhala mi garganta, y se van con el viento, desaparecen, y de nuevo hay silencio.

No hay evidencia de las cosas que pasaron. Están en mi cabeza y en ningún otro lado. Células que emiten y reciben transmisores de la dimensión de una molécula. Nanocorrientes que ocurren un instante, emiten el eco de un recuerdo que no existe, muriendo al siguiente instante y luego nada. Nadie sabe qué pasó, qué se dijo, qué sucedió antes, después, ni cómo, ni dónde. De tantas cosas no hay evidencia alguna que las pruebe, ni siquiera el recuerdo en mi cabeza.

No hay testigo de que amé con toda mi alma, o si es que así fue o lo estoy imaginando. A mi madre, a mis gatas, a ese hombre maravilloso, a las plantas. A la Naturaleza verde y absoluta, y a la muerte. No hay testigo de calor de mi cuerpo, ni de mis lágrimas. Ni siquiera mi letra en tantas cartas, mis relatos, mis escritos. ¿Qué son sino la anti-muestra de que estuve alguna vez tras ellas? No habrá cabida para mí en el pasado cuando falte en el presente.

Desaparecerán los bosques, los hielos, las magnánimas criaturas y existencias. Desaparecerán las rocas, en arena en el viento, en partículas microscópicas e infinitas, imperceptibles, perdidas. Desaparecerán los paisajes, los silencios. Las aves y sus cantos en la madrugada. Se irá todo. Moriré, moriremos todos. Morirán los otros con sus recuerdos de los otros. Y aún antes de eso, cuando yo me vaya, así en un instante, se habrá todo desecho y desaparecido. Se esfumará mi cuerpo en unos días y no habrá ya más rastro de esta vida.

Jan 18, 2011

fantasía


La verdad que nada de esto pasó pero de vez en cuando reclamo mi derecho a interrumpir la pasividad con una buena sacudida imaginaria. Para mí no hay diferencia: lo que imagino y lo que vivo me es completamente indistinguible. Nunca he podido despertarme de una pesadilla y he creído con franca ilusión las cosas más iverosímiles que han aparecido en mis sueños. Y cuando me siento algo seca, como ahora, me humedezco el alma escribiendo. Y así vivo lo que escribo. Hoy es una de esas noches.

Se trata irremediablemente de sexo. Y amor, un poco. Pero principalmente sexo. Lo segundo es mera felicidad por lo primero. Y es que no sé qué sucede conmigo que cuando necesito sentirme feliz pienso en sexo. Por un lado parecerá banal, pero por otro lado siento que me armoniza con mi sentido más fundamental, animal, y por lo tanto, natural. No tengo que pensar en nada, sólo ser. No hay nada más grato que lo natural. Pero ya estoy divagando. El caso es que esa noche fue una de las mejores que pasé con él.

Habíamos viajado por muchas horas a este lugar de playa que tanto nos gustaba. El hotelito estaba casi vacío y teníamos la cabaña más alejada de todas. Era redondita, como hongo, y tenía un baño de piedra con ventanas al mar. Con los días nos habíamos entregado a esa vida de sibaritas heliófilos y ahora estábamos completamente despeinados y bronceados. Por supuesto hacíamos el amor todos los días, pero quizá no habíamos estado concientes de ello hasta esa noche. Habíamos cenado al atardecer y entre copa y copa se nos había venido la noche encima. El mar rugía sincopado y charlábamos al abrigo de la tenue luz ámbar y brisa tibia. Nos conocíamos poco, la distancia lo hacía inevitable. Pero disfrutábamos lo poco que nos conocíamos, y lo poco que avanzábamos en conocernos cada ocasión. La música de son cubano había acompañado la velada.

No sé si fue mi imaginación pero sentí que me miraba de forma diferente esa noche. No podía ver claramente a dónde apuntaban sus pupilas negras entre las velas, pero sentí que lo descubría mirándome, callado, con su vaso en la mano y los hielos haciendo música. Algo estaría pensando que no me decía. Después miraba al mar y yo me convencía de que probablemente eran ideas mías. Por fin nos retiramos con la cálida despedida de los muchachos del restaurante. Estábamos relajados, habíamos tomado un buen rato. Nos encaminamos sin prisa por la vereda minúscula que serpenteaba entre palmas y farolillos hasta nuestra cabaña. El cielo era oscurísimo y las estrellas refulgían en la inmensa distancia. Yo caminaba al frente y él venía atrás. Íbamos charlando y riendo, algo sobre las iguanas y sus piyamas. Esporádicamente rozaba la hendidura de mi cintura con la punta de los dedos, con empujoncitos mínimos, como guiándome, y al entrar en la habitación me tocó suavemente el costado. Me sentí dispuesta.

Decidí darme un baño tibio y dejé la puerta abierta. Lo sentía moverse de un lado a otro en la habitación, ordenando sus cosas, buscando los libros, prendiendo luces. Me gustaba sentir su presencia haciendo cualquier cosa. El agua estaba fresca y muy suave, me enjaboné con los ojos cerrados. Salí del baño envuelta en la toalla y él ya estaba desnudo y listo para brincar en la regadera. Era muy alto y delgado, su cuerpo escurridizo viajaba siempre ligero. Mientras se bañaba me pasé el peine por el cabello, lentamente frente al espejo. Estaba marcado en mi cuerpo el traje de baño y contrastaba con el tono cálido del bronceado. Me puse el camisón de verano y abrí un libro tendida en la cama. Él canturreaba algo en la regadera. Lo escuché cerrar la llave y secarse, aún cantando.

Se acercó a mí y me mojó con sus rizos húmedos. Dejé el libro sobre mi pecho y lo tomé de la nuca, besándolo. Me besó de vuelta, ahí de pie al costado de la cama, recargado en mi cadera para no caerse. Se fue cantando al baño y seguí leyendo. Me gustaban sus besos de ron. Mi cuerpo reaccionó, húmedo, a su cercanía, pero no supe qué le apetecía con precisión. Quizá era un beso de buenas noches. Empecé a sentirme agotada. Me duermo, R, le dije, pero ya no escuché su respuesta.

No sé cuánto tiempo pasó o qué hizo, al despertarme estaba todo ya oscuro. Me despertaron sus dedos viajando por mi cadera, usmeando hacia las costillas. Su respiración era tranquila y muy cercana a mi oído. Yacía mi cuerpo de costado, con su pecho tibio a mi espalda. Respiré hondo y tomé su cuello con la mano, como tanto me gusta hacerlo. Quise besarlo y encontré su boca húmeda y pausada. Me acariciaba lentamente el costado, viajaba por todo mi cuerpo, se detenía donde le placía. Tomó mi mano con fuerza y la acercó a su sexo. Estaba tenso y solícito. Lo acaricié con gusto, largo rato, disfrutando su tensión. Giré para estar frente a frente, los dos descansábamos la cabeza en la almohada. Seguimos en la oscuridad, tranquilos, disfrutando, respirando, solicitando, otorgando. Mi cuerpo se humedecía gradualmente, a fuego lento. Me quitó el camisón y seguimos.

No sé cómo se daba cuenta que era el momento ideal para montarme. No lo hacía ni antes ni después de lo deseado, había quizá algo en mi respiración que se lo indicaba, o el olor de mi cuerpo, o mis caricias cada vez más profundas. Se encaramaba suavemente sobre mí, como si abordara un objeto precioso. Separaba mis piernas con delicadeza. Se tomaba de mis hombros y empujaba, cuidadoso. Era una sensación muy grata. Su garganta quedaba al alcance perfecto de mi lengua. Podía lamerlo y tirar de su cabello. Su espalda se extendía sobre mí como manto perfecto. Entraba en mí con cuidado y respiraba. Siempre le sentí muy contento, algo de él denotaba celebración en el instante. Se humedeció de mí y se columpió suavemente unos minutos. Pronto se incorporó en cuclillas y miré su torso levantarse en escuadra del mío, penetrándome. Acarició mi torso y me miró largo rato a los ojos. Sus pupilas brillaban entre los plateados cabellos.

Estuvimos así cierto lapso. Me incorporé con cuidado, tomándolo de la cadera y separándolo de mi cuerpo. Me puse de pie y lo tomé de la mano, caminé hasta el baño y me recargué en el lavabo. Me miraba expectante. Había una luz muy tenue de las jardineras de afuera, podía ver su silueta y ligeras facciones en su rostro. Se acomodó tomado de mis caderas y entró con fuerza. Empezaba a columpiarse con más dinamismo y me empujaba. Debía sostenerme con firmeza del lavabo. Podía mirarlo en el espejo, con el rostro hacia abajo, oliéndome, mirándome. Interrumpía de vez en cuando el ritmo y me hablaba. Sentía sus dedos prendados de mi piel, apretando. Preciosa, ¿estás bien?, me decía. Musitaba palabritas cariñosas en silencio. Y a mis gemidos respondía con tiernas afirmaciones de labios sellados. Mhm. Mhm. Mhm. Ah, ¡cómo me gustaba!

Salió lentamente de mí y me llamó, ven, dijo. Me dio la mano y regresamos a la cama. Se tendió boca arriba y me jaló del brazo, indicándome que lo montara. Así lo hice, acomodándome en él con facilidad. Estaba muy húmeda. Lo besé mientras me mecía lentamente. Tomado de mi trasero, arqueaba el cuello y resoplaba. Disfruté estar encima suyo, para mirarlo y besar su cuello, sus hermosos hombros, tomarme de su cabello y olerlo. Poco a poco fui acelerando el ritmo. Mecí la cadera con rapidez, él me ayudaba con la velocidad que prefería, yo encuclillé una pierna y me tomé de su nuca. Sigue, me indicaba, y me detenía con un no te muevas lánguido. Próxima a terminar, sentí la presencia tan agradable de su cuerpo, de la oscuridad, del mar rugiendo a la luna, de la sal, de la arena. Escuché sus pulmones vaciarse con los ruidos característicos que emitía al terminar. Me tomé con fuerza de su torso mientras se sacudía.

Al regresar del baño, ya dormía, quieto y plácido. Entré en las sábanas y lo abracé sin fuerza. Me acarició suavemente, amoroso. Dormimos sin sueños, muchas horas. Al despertar, el sol ya brillaba bien alto. Era un nuevo día.



Jan 13, 2011

recuerdos I


Hace unos días viajaba por la carretera por muchas horas. Era un viaje que no estaba contenta de hacer, no era un viaje que buscaba. Me dispuse a viajar con calma y con cuidado, procurando que el disgusto por el viaje no se filtrara en mi inconsciente y me llevara a algún accidente.

Llovía con mucha fuerza. Los paisajes tropicales. La vegetación tan alta. Grandes árboles redondos. Todo estaba verde. La poca selva que quedaba recibía la lluvia. De pronto me rodeó con mucha precisión la sensación de cuando estuve en Panamá. En ese lugar hasta cierto punto tan simple, tan plano. Con una vegetación tan exuberante y lustrosa, en todos los rincones. La vida exacerbada por el agua, el calor y el sol. Todavía estaba viva en mí la sensación del lugar tan húmedo. Las noches eran húmedas, las mañanas eran húmedas. Salir del baño y no poder secarse nunca. El olor de la casa donde habitaba, de la cocina. Del aire tan cargado de humedad, a la orilla del Canal. El autobús que me llevaba a Gamboa, ruidoso y con asientos de cuero, anchos. Las mujeres negras de curvas vertiginosas y trenzas interminables. Fue vívida la sensación de estar ahí. Me sentía muy contenta, haciendo lo que me gustaba, casi a lo único que le encontraba un sentido. Y nadie me conocía.

Recordé entonces la sensación de libertad de ese momento. Me había desprendido de las responsabilidades que la autoridad de entonces me imponía. Me sentía independiente, liberada, feliz. Fuera del mundo que me asfixiaba. Fluía como anónima y desconocida. Mi labor era simple y nadie me obligaba a complejizarla. Todas las mañanas caminaba media hora al vivero donde aprendía los secretos de decenas de especies de la selva. Las semillas germinando. Las charolas al sol. La selva aledaña y sus cigarras interminables. Y en los mercados las piñas más dulces que he probado. El café todas las tardes. La guitarra. Las sábanas húmedas. La simpleza que sólo otorga la vida del trópico. El abandono de la civilización.

Recordé una noche en que me sentía libre y emocionada. Había una fiesta cercana, de chicos que no conocía. Me arreglé para la ocasión, me sentía festiva. Iba de falda corta y blusa de tirantes, con un collar de semillas rojas bien apretado al cuello. Limpia y desacomplejada. Hablé de nada con los chicos que no conocía. Sentía que flotaba, nada me comprometía. Recordé haber visto en la fiesta al chico que antes conociera y me había parecido atractivo. Simpático y sencillo. Me dijo dos palabras afuera del baño, sin sonrisa. Más tarde bailamos. Y así tranquilamente y sin esperar nada, le dije, y bien, ¿nos vamos? Fuimos a casa y nos bañamos juntos. Reímos mucho. Tuvimos sexo. Tenía un cuerpo curioso, el pene erecto le descansaba un poco de lado, me pareció divertido. Y a la mañana siguiente salí bien temprano al campo con los colegas del trabajo, y no lo vi más. No sentía ancla alguna.

Esto fue ya hace 4 años. Pero fue tan clara la sensación de ligereza. Y después volví a la vida llena de obligaciones, al clima frío y seco, y a las tareas. Y por algún motivo me convencí de que esa vida de hamacas y guaguas no era para mí. Mis capacidades eran mayores y mis responsabilidades también, claro. Y ahí dejé una parte de mí que era sólo una muchacha del trópico que trabaja en un vivero, va a una fiesta de vez en cuando, y respira el aire húmedo al compás de las cigarras.

Dec 20, 2010

solía creer...

Solía creer que la vida cambiaría radicalmente cuando viviera sola. Que la vida iniciaría cuando me casara. Que cuando terminara el doctorado sería una persona respetable, con valor. Que cuando me mudara a Chiapas, todo sería diferente, parecido a lo perfecto. Solía creer que nunca me dejarían de doler las pérdidas vividas. Que nunca superaría la ausencia de aquél hombre. Que nunca llegaría otro siquiera cercano a aquél. Solía creer que hay cosas sagradas, prohibidas, ocultas. Que la vida se debe defender ante todo. Que hay, tanto acontecimientos deseables, como otros inaceptables. Que siempre todo me alegraría o me dolería, que no lograría separar mis emociones de los eventos jamás. Que siempre podría hacer algo al respecto de las cosas, que yo tenía el control. Que siempre sentiría dolor ante la miseria, y alegría ante la abundancia. Solía creer que mi valoración de las cosas era objetiva y absoluta. Solía creer que la vida jamás terminaría, la mía, la de mis queridos. Solía creer que no había fin.

Pero ya no lo creo más.


Dec 18, 2010


"Estás hermosa, carajo", dijo mientras lo montaba.

La Vida me grita desde hace varios días que todo está mucho más cerca de lo que pienso.

De pronto me ha abrazado el pánico a la muerte.


mármol


No sé bien cómo fue. Desperté con cierto sinsabor en la cabeza, sin poder relatar el sueño que me producía esa sensación. Me acompañó la incomodidad unas horas, el comezón. Poco a poco emergió la fuente diáfana. Se había desmoronado esa cubierta tibia de su presencia en mi mundo, el sentimiento cálido que me acompaña cada momento desde que estoy con él, que prevalece aunque está lejos y sé muy poco de él en días, aunque no escucho su voz por semanas. Se había ido la almohadilla confortable de su fresca sombra. Quedaba la loza brillante y fría, el mármol sólido y resbaloso, la superficie desnuda y lisa.

No me quería.

Había sido todo imaginación mía. Cerebro de mujer que crea, inventa, arma una historia en la cabeza. Se cree que sabe y que está seguro, que las cosas son, y no que parecen. Hubo silencio. Todo era entonces diferente. No habían lindos recuerdos de nuestros viajes, no había confianza, no había intimidad ni complicidad. No había nada. No había el cuenta conmigo, ni el aquí estoy. No había nada. No habían esas noches largas de hacer el amor una vez, y otra, y otra, y despertar abrazados y sonriendo. No había el te quiero tanto. No había nada.

Curiosamente, en el sueño, no me explicaba el fin, ni me lo cuestionaba. Simplemente se había develado la realidad y así era. Mi estatus había cambiado de con él a con nadie, como fue siempre antes. En mi psique profunda se declaraba desierto el lugar, tan desierto que desaparecía. No había nadie. Era yo otra vez sola, quién quiera que yo fuese, lo que quiera que yo fuese, lo que quiera que "sola" significara, porque significa tantas cosas, y a la vez no cambia nada. Era de nuevo esta mujer que hace, que va, que viene, que piensa, que siente, que todo es implosión y silencio en su vida. Que no sabe ni quiere remediarlo, que está vencida. Otra vez como antes. Me rendía ante el inevitable estado ya experimentado por años. Entraba en la celda como el reo que sabe que tiene cadena perpetua, resignado, sumiso, doliente. Se había ido mi oportunidad de seguir amando. Se había terminado. Quedaba sólo el cuerpo automático y la vida insabora. No me quedaba energía para agradecer lo pasado. Sólo resignación y mucha tristeza. No tristeza por lo que se había perdido, sino por lo que venía adelante.

Y así avanzó el día. No pude enviarle mensaje alguno. ¿Qué tal que fuera todo cierto? ¿Qué tal que mi subconsciente me hablaba a través del sueño? Tal vez me avisaba a mí misma que dejara de crear la historia. Que rompiera la necesidad, el apego. Anular la falta que me hace su presencia. Que volviera a ser aquella otra, sin el calor de su compañía. Que enfrentara la vida sin el apoyo del sonido de su respiración a mi lado. Y así fue. Se replegaron las emociones. Se amputó el pedazo de corazón que le quiere y le extraña, le siente y late por él.

Y me costó más que nunca llevar el día... la vida. Me di cuenta de cuánto me impulsaba sin hacer nada, sólo estando en mi cabeza con brillo de fogata chispeante. Y cuánto me pesaba el día sin su luz y su calor de fuego vivo. Me pesaba terriblemente, tanto, que me aplastaba. Sin él nada de este esfuerzo parecía valer la pena.

¿Por qué? ¿Qué tenía qué ver él con lo que yo estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo entonces? ¿Forzándome a sobrellevar una vida "dura" valiéndome del motor de estar enamorada? ¿Pretendiendo que todo era sencillo porque de todas formas, encima de todo, le amaba? ¿Qué clase de demostración era ésta? ¿Para quién? ¿Para él, que de todo esto no sabía nada? ¿Para mí, que a veces podía ver claramente que todo este esfuerzo estaba vacío y era hasta cierto punto inútil? De nuevo me forzaba por motivos que ni yo misma entendía claramente. Quería escapar de la prisión que me había construído. Y sin tener mejor prisión para mudarme, se hacía evidente que no quería estar fuera, suelta, libre, sin agarrarme de nada. Ni siquiera del dolor que toda esta excusa llenaba en mi cabeza.

Entonces parecía claro. Tenía todavía que llegar a ser quién soy, con él o sin él. De otra forma no habrá nada que me consuele. Y tampoco podré amarle con corazón saludable y pleno. Será él siempre otra frazada para tapar el frío más hondo que me sigue congelando el alma.



Dec 5, 2010

peso cotidiano


Quisiera saber lo que tengo que hacer
para darle la vuelta a la vida y ver
que el peso cotidiano en los hombros es
emocionante y maravilloso

Cómo despertar una vez más y ver
la luz radiante en el amanecer
el enésimo milagro renacer
corriente, común, hermoso

Cómo aquilatar lo que la vida da
aún con aquello que nos falta

Y no caer en la trillada trampa
de ver terrible lo glorioso


¿Qué la vida es corta? ¿Qué se pasa volando, qué no te das cuenta, qué ojalá volvieran todos esos años? ¿Qué los años vuelan, qué en un parpadeo todo ha cambiado, qué nunca supimos cuándo pasó todo? ¿Qué ojalá repitiéramos todos esos momentos, qué no vimos a dónde se fueron? ¿Qué parece que fue ayer lo que fue hace muchos años?

La vida no es corta, ni se pasa volando. Los años son largos, con sus estaciones, sus cambios de horario, sus temporadas. Las hojas se secan, una a una, se desprenden, vuelan, caen. Las ramas se quedan desnudas esperando que pase el invierno, sin saber si pasará o no. Los meses son eternos, sus semanas perennes, los días se estiran desde los primeros rayos, las horas gotean lentas por el reloj, minuto, a minuto, a minuto. Los segundos se suceden uno tras otro, cada uno con su espacio propio, y tan lentamente se acumulan... El silencioso ahora sobrevive siempre.

En cada presente, los espacios cambian, las personas cambian. Nos ocupa el teatro de la vida, nos convence de tomar parte. Nos involucramos, nos la creemos. Damos credenciales a todo lo pensado, hacemos y hacemos y hacemos. Perseguimos metas, proyectos. Inicio, desarrollo, conclusión, fin. Siguiente. Complejizamos. Hablamos. Hablamos en consecuencia con. Hablamos sobre de. Hablamos con el fin de. Hablamos para. Hacemos, hacemos. Otra vez, otra vez, otra vez. No podemos dejar la obra, nuestro papel casualmente resulta siempre el del protagonista. ¿Qué haríamos de la obra sin nosotros?

Pero llega un momento de silencio tan largo, que es repentinamente obvio. Antes del primer segundo marcado por el primer reloj no había segundos. Los ciclos naturales no están cronometrados, varían y ocurren, o no. La vida se crea, se destruye, o no. No hay tiempo, no hay espacio, no hay obra. No hay nada. Para el ratón-mascota la vida es la rueda, el aserrín, el baldecito de agua, la ratoncita, y empezar todo de nuevo. Para él todo es tan necesario, interesante, meritorio. Quiere involucrarse. El ratón libre sólo pastorea. Improvisa cada instante, huele el viento, tal vez encuentre una hembra, tal vez no. Pasará su vida simple. Sin darle demasiada importancia, ni siquiera al momento del fin. Un instante vivirá. Al siguiente, no. Es ratón, no tiene que ser otra cosa. Ser lo que es es suficiente.