Dec 20, 2010

solía creer...

Solía creer que la vida cambiaría radicalmente cuando viviera sola. Que la vida iniciaría cuando me casara. Que cuando terminara el doctorado sería una persona respetable, con valor. Que cuando me mudara a Chiapas, todo sería diferente, parecido a lo perfecto. Solía creer que nunca me dejarían de doler las pérdidas vividas. Que nunca superaría la ausencia de aquél hombre. Que nunca llegaría otro siquiera cercano a aquél. Solía creer que hay cosas sagradas, prohibidas, ocultas. Que la vida se debe defender ante todo. Que hay, tanto acontecimientos deseables, como otros inaceptables. Que siempre todo me alegraría o me dolería, que no lograría separar mis emociones de los eventos jamás. Que siempre podría hacer algo al respecto de las cosas, que yo tenía el control. Que siempre sentiría dolor ante la miseria, y alegría ante la abundancia. Solía creer que mi valoración de las cosas era objetiva y absoluta. Solía creer que la vida jamás terminaría, la mía, la de mis queridos. Solía creer que no había fin.

Pero ya no lo creo más.


Dec 18, 2010


"Estás hermosa, carajo", dijo mientras lo montaba.

La Vida me grita desde hace varios días que todo está mucho más cerca de lo que pienso.

De pronto me ha abrazado el pánico a la muerte.


mármol


No sé bien cómo fue. Desperté con cierto sinsabor en la cabeza, sin poder relatar el sueño que me producía esa sensación. Me acompañó la incomodidad unas horas, el comezón. Poco a poco emergió la fuente diáfana. Se había desmoronado esa cubierta tibia de su presencia en mi mundo, el sentimiento cálido que me acompaña cada momento desde que estoy con él, que prevalece aunque está lejos y sé muy poco de él en días, aunque no escucho su voz por semanas. Se había ido la almohadilla confortable de su fresca sombra. Quedaba la loza brillante y fría, el mármol sólido y resbaloso, la superficie desnuda y lisa.

No me quería.

Había sido todo imaginación mía. Cerebro de mujer que crea, inventa, arma una historia en la cabeza. Se cree que sabe y que está seguro, que las cosas son, y no que parecen. Hubo silencio. Todo era entonces diferente. No habían lindos recuerdos de nuestros viajes, no había confianza, no había intimidad ni complicidad. No había nada. No había el cuenta conmigo, ni el aquí estoy. No había nada. No habían esas noches largas de hacer el amor una vez, y otra, y otra, y despertar abrazados y sonriendo. No había el te quiero tanto. No había nada.

Curiosamente, en el sueño, no me explicaba el fin, ni me lo cuestionaba. Simplemente se había develado la realidad y así era. Mi estatus había cambiado de con él a con nadie, como fue siempre antes. En mi psique profunda se declaraba desierto el lugar, tan desierto que desaparecía. No había nadie. Era yo otra vez sola, quién quiera que yo fuese, lo que quiera que yo fuese, lo que quiera que "sola" significara, porque significa tantas cosas, y a la vez no cambia nada. Era de nuevo esta mujer que hace, que va, que viene, que piensa, que siente, que todo es implosión y silencio en su vida. Que no sabe ni quiere remediarlo, que está vencida. Otra vez como antes. Me rendía ante el inevitable estado ya experimentado por años. Entraba en la celda como el reo que sabe que tiene cadena perpetua, resignado, sumiso, doliente. Se había ido mi oportunidad de seguir amando. Se había terminado. Quedaba sólo el cuerpo automático y la vida insabora. No me quedaba energía para agradecer lo pasado. Sólo resignación y mucha tristeza. No tristeza por lo que se había perdido, sino por lo que venía adelante.

Y así avanzó el día. No pude enviarle mensaje alguno. ¿Qué tal que fuera todo cierto? ¿Qué tal que mi subconsciente me hablaba a través del sueño? Tal vez me avisaba a mí misma que dejara de crear la historia. Que rompiera la necesidad, el apego. Anular la falta que me hace su presencia. Que volviera a ser aquella otra, sin el calor de su compañía. Que enfrentara la vida sin el apoyo del sonido de su respiración a mi lado. Y así fue. Se replegaron las emociones. Se amputó el pedazo de corazón que le quiere y le extraña, le siente y late por él.

Y me costó más que nunca llevar el día... la vida. Me di cuenta de cuánto me impulsaba sin hacer nada, sólo estando en mi cabeza con brillo de fogata chispeante. Y cuánto me pesaba el día sin su luz y su calor de fuego vivo. Me pesaba terriblemente, tanto, que me aplastaba. Sin él nada de este esfuerzo parecía valer la pena.

¿Por qué? ¿Qué tenía qué ver él con lo que yo estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo entonces? ¿Forzándome a sobrellevar una vida "dura" valiéndome del motor de estar enamorada? ¿Pretendiendo que todo era sencillo porque de todas formas, encima de todo, le amaba? ¿Qué clase de demostración era ésta? ¿Para quién? ¿Para él, que de todo esto no sabía nada? ¿Para mí, que a veces podía ver claramente que todo este esfuerzo estaba vacío y era hasta cierto punto inútil? De nuevo me forzaba por motivos que ni yo misma entendía claramente. Quería escapar de la prisión que me había construído. Y sin tener mejor prisión para mudarme, se hacía evidente que no quería estar fuera, suelta, libre, sin agarrarme de nada. Ni siquiera del dolor que toda esta excusa llenaba en mi cabeza.

Entonces parecía claro. Tenía todavía que llegar a ser quién soy, con él o sin él. De otra forma no habrá nada que me consuele. Y tampoco podré amarle con corazón saludable y pleno. Será él siempre otra frazada para tapar el frío más hondo que me sigue congelando el alma.



Dec 5, 2010

peso cotidiano


Quisiera saber lo que tengo que hacer
para darle la vuelta a la vida y ver
que el peso cotidiano en los hombros es
emocionante y maravilloso

Cómo despertar una vez más y ver
la luz radiante en el amanecer
el enésimo milagro renacer
corriente, común, hermoso

Cómo aquilatar lo que la vida da
aún con aquello que nos falta

Y no caer en la trillada trampa
de ver terrible lo glorioso


¿Qué la vida es corta? ¿Qué se pasa volando, qué no te das cuenta, qué ojalá volvieran todos esos años? ¿Qué los años vuelan, qué en un parpadeo todo ha cambiado, qué nunca supimos cuándo pasó todo? ¿Qué ojalá repitiéramos todos esos momentos, qué no vimos a dónde se fueron? ¿Qué parece que fue ayer lo que fue hace muchos años?

La vida no es corta, ni se pasa volando. Los años son largos, con sus estaciones, sus cambios de horario, sus temporadas. Las hojas se secan, una a una, se desprenden, vuelan, caen. Las ramas se quedan desnudas esperando que pase el invierno, sin saber si pasará o no. Los meses son eternos, sus semanas perennes, los días se estiran desde los primeros rayos, las horas gotean lentas por el reloj, minuto, a minuto, a minuto. Los segundos se suceden uno tras otro, cada uno con su espacio propio, y tan lentamente se acumulan... El silencioso ahora sobrevive siempre.

En cada presente, los espacios cambian, las personas cambian. Nos ocupa el teatro de la vida, nos convence de tomar parte. Nos involucramos, nos la creemos. Damos credenciales a todo lo pensado, hacemos y hacemos y hacemos. Perseguimos metas, proyectos. Inicio, desarrollo, conclusión, fin. Siguiente. Complejizamos. Hablamos. Hablamos en consecuencia con. Hablamos sobre de. Hablamos con el fin de. Hablamos para. Hacemos, hacemos. Otra vez, otra vez, otra vez. No podemos dejar la obra, nuestro papel casualmente resulta siempre el del protagonista. ¿Qué haríamos de la obra sin nosotros?

Pero llega un momento de silencio tan largo, que es repentinamente obvio. Antes del primer segundo marcado por el primer reloj no había segundos. Los ciclos naturales no están cronometrados, varían y ocurren, o no. La vida se crea, se destruye, o no. No hay tiempo, no hay espacio, no hay obra. No hay nada. Para el ratón-mascota la vida es la rueda, el aserrín, el baldecito de agua, la ratoncita, y empezar todo de nuevo. Para él todo es tan necesario, interesante, meritorio. Quiere involucrarse. El ratón libre sólo pastorea. Improvisa cada instante, huele el viento, tal vez encuentre una hembra, tal vez no. Pasará su vida simple. Sin darle demasiada importancia, ni siquiera al momento del fin. Un instante vivirá. Al siguiente, no. Es ratón, no tiene que ser otra cosa. Ser lo que es es suficiente.




Nov 29, 2010

pueblo chico... ¿qué hago aquí?

"Últimamente ando algo perdido. Me han vencido viejos fantasmas, nuevas rutinas." - Ismael Serrano.

Últimamente ando algo perdida. No entiendo bien qué hago aquí, por qué vine, por qué sigo aquí y qué es lo que espero subconcientemente qué suceda. Y es que no es sencillo sintonizarse de pronto en una realidad pequeña y local, o al menos no lo es para mí. Me encuentro a mí misma angustiada por detalles insignificantes de la cotidianeidad, que si no hay teléfono, que si no hay sillón para sentarse, que si mejor focos de luz amarilla que focos de luz blanca. ¿Por qué pongo tanto esfuerzo en las cosas?

En el jardín hay 3 perros: un macho cachorro, uno joven, y una hembra. No son míos, son perros callejeros. Pero les he dado de comer un par de días y ahora los 3 mueven la cola en las mañanas, afuera de la puerta. Hoy amanecieron otros 4 perros nuevos, asediando a la hembra que parece estar en celo. Pero ella no les permite montarla, les lanza dentelladas feroces y afila las orejas. No la dejan en paz. Uno chaparrito se queda penetrando el aire con insistencia, sin poder controlar el impulso de cruzarse. A la hembra le he hecho un encierro de malla, muy sencillo, para que la dejen en paz. Ha buscado salirse ella misma, pero sin éxito, y por fin se ha rendido en una esquina, hecha bolita. Me hizo pensar qué vale más, la comodidad o la libertad. Y yo qué busco exactamente, ¿libertad, comodidad? Yo también valoro más la primera que la segunda... ¿o no?

En las mañanas enciendo el radio, escucho la corta transmisión del D.F. Me sabe a gloria, como si con ello me conectara con la realidad, no este ramillete de historias sin remedio. Después de Granados Chapa sigue un programa local de "denuncia", donde una voz femenina con tinte de hartazgo y fracaso enlista durante una hora todo tipo de vejaciones cometidas contra los "compañeros y compañeras". Me inspira tanto coraje. No sólo las vejaciones, sino la tónica del programa. No podía ser una transmisión inspiradora, de casos exitosos de organización, de empresas rurales, de alternativas, no, a las 9:30am hay que chutarse diario la miseria humana interminable. Y todos los días es igual. Apago el radio. Vuelvo a la nueva rutina.

Todos me preguntan el precio de todo. Cuánto costó el carro, cuánto costó el celular, cuánto costó la laptop, cuánto costó la bicicleta, cuánto costó el colchón, cuánto costó la puta malla de la perra. Solía responder con candidez y cierta vergüenza, mmm, bueno, costó esto. "-Es caro.", replicaban. "-Si, ¡muy caro!", fingía yo. De nuevo esa sensación de culpa. (Si, lo siento, es que puedo pagarlo, discúlpeme, tiene razón, es carísimo, no debí comprarlo). Es suficiente. He decidido mentir flagrantemente. Primero la libertad, e inmediatamente la comodidad. Hoy me ha preguntado el vigilante cuánto pago de renta de la casa. "No lo he acordado con la dueña", he respondido previo a su mirada incrédula, "y disculpe que lo deje, tengo que irme a trabajar", he rematado. Me he sentido mejor. Que haga con su pregunta lo que quiera, que yo ya lo he hecho con mi respuesta. Me viene siendo extremadamente útil la fiereza de la perra. Debo lanzar dentelladas si no quiero joderme junto con el programa de radio.

Nov 25, 2010

favor


quémame. consúmeme. destrózame esta noche. quiero morir así, desnuda, entre tus brazos. que por fin termine todo y olvidarme de mi vida. sé lo último que mire, lo último que sienta, lo último que me vea respirar. y exhalar por fin la despedida. liberarme del peso de la vida y la existencia, el gusto por el placer, el rechazo por el dolor, la ambición y el miedo. volar libre por el cuarto sin que ya nada importe, y desintegrarme en el viento de la noche.

Nov 13, 2010

lo llano


Cuando nazca quiero ser un sotaco simpático y desparpajado. Con la cabeza grande y el cuerpo pequeño, compacto, bien musculoso. Renguearé un poco y tendré un ojo más abierto que otro, la voz y la barbilla rasposas y los dedos cortos y gruesos. No seré parte de ningún grupo de señoritos y esos hombres refinados que no son hombres. Seré varón y macho y hombre y tipo, con los pies bien grandes y feos. Lo poco que coincidiera mi apariencia con el estereotipo de los espectaculares estará compensado por la consistencia permanente de mi personalidad de pirata urbano. No se pondrá en duda quién soy ni por mí ni por nadie, no habrá duda de que soy quién soy y no soy otro.

Me presentaré contenido y consecuente. Conciente del teatro de la vida y bien despreocupado de la no trascendencia de las cosas. Hablaré lo que piense sin tiempo alguno entre ambos procesos. Tendré una mujer lacia que no podrá ver con claridad casi nada, más que yo soy el hombre que la tiene y que es tenida. Será liviana y risueña, sin dimensiones, animal y automática.

Seré plomero u otro oficio sin cerebro, preocupado sólo por las válvulas y coples, soldar, desoldar, atornillar y abrir la llave. Gran distancia me separará del mundo y la vida será trabajar para comer y comer para trabajar. No tendrán sentido las dudas o contemplaciones, y al cerrar los ojos de noche no pensaré nada porque caeré en un sueño profundo y plano sin poder siquiera darme cuenta de que he perdido la conciencia.

nos estorbaba el elemento "relación". ¿no podíamos ser sólo él y yo, diáfanos, directos, sin relación-intermediario? él estaba claro, yo estaba clara, ¿para qué etiquetar un vínculo inventado? era sólo limitar el amplio tiempoespacio en el que estábamos siendo. di un paso para atrás y me quité de la cabeza el elemento sobrante.

Oct 23, 2010


No me interesa, te lo digo, que compartamos experiencias. No me interesa que tengamos recuerdos, que acumulemos anécdotas, que atemos a lugares y a momentos los sentimientos. No me interesa que viajemos a mil lugares y tengamos bitácoras mentales. No me interesa si uno le salva la vida al otro, o se la condena. No me interesa si eres el primero -o el último- en decirme o hacerme cualquier cosa. No me interesa si amanecemos juntos amanecer tras amanecer, o muy pocos. No me interesa si tenemos un bar de costumbre, una frase o un gesto. No me interesa la bendición del cajón con tu ropa, ni tu colonia en la almohada, ni tu música en mi ipod, ni tus libros en mi librero. Todo eso está bien, pero no me interesa.

No te engañes, soy noble, pero no estúpida.

Me interesa el espacio que llenas con tu voz en el silencio. Saber qué te mueve a hacer lo que haces y qué piensas al hacerlo. Me interesa qué hay en el fondo de tu motor, qué piensas en la vida que vale la pena. Me interesa tu mente sin el filtro de tu consciencia, y tu consciencia sin el filtro de tu mente. Me interesan tus palabras debajo de tu discurso. Me interesa lo que realmente te interesa. Me interesa lo que realmente sientes, lo que sea. Lo que te enfurece sin que te des cuenta de cómo es que te enfurece tanto, lo que te aterroriza hasta las lágrimas, lo que te repugna en los demás y en tí mismo. Me interesa lo que ocultas, tanto, que lo olvidas, hasta que lo recuerdas.

¿Es que hay otra cosa que realmente importe? ¿Conocerte es acaso escuchar un cúmulo de gustos triviales? Anécdotas de memoria, relatorías de episodios de vida. ¿Qué es tu compañía si no sé quién te habita? Qué es tu pasión si no sé qué te mueve. Qué es tu deseo si no sé lo que quieres. Quién eres tú cuando no estoy yo para editarte. Qué preguntas tienes que nunca harías. Quién eres tú allá adentro, cuando te hablas, certero de estar mudo y pensando, y quién habla es tu esencia y quién realmente, realmente, eres. Si has hecho el ejercicio de observarte y criticarte, qué has visto, qué percibes de tí mismo, qué verdades te confiesas en silencio, qué mentiras usas para vivir a costa de esas verdades.

Eso quiero, el núcleo, el centro. Digamos qué realmente pensamos, sentimos, de qué se trata la vida para cada uno. Demos a esto algo de calidad, algo humano, algo profundo, algo divino, algo nuevo, algo fresco, algo auténtico, algo personal, algo íntimo. Dejémonos de símbolos y signos. Dejémonos de cánones y estilos. Dejémonos de confort y resguardo. Dejémonos de tibiezas y seguridades. Crucemos la línea, vamos a otro nivel, vamos a escucharnos.

Ante la catástrofe, siempre me costaba encontrar ese punto. El punto dónde confluyen la genuina consternación y la indiferencia indolente ante lo ingobernable. Cómo encontrar el peso justo... ¿Me estaba mortificando demasiado? ¿O no era consciente de la gravedad de las cosas? ¿Qué dirían otros, "es terrible", o "no pasa nada"? ¿Qué efecto tendrían estos comentarios en mi propia sensación al respecto? ¿Dependería acaso de quién lo dijera?

No siempre había sido así, esta distancia, esta especie de frialdad. Aún no sé si es auténtica, o construída como mecanismo de protección. De antes, recuerdo bien la sensación repentina de la sangre que se va del cerebro, la piedra en el estómago, la sensación terrible de que hace un segundo, dos, tres, cuatro, todo era diferente. Todo estaba bien. Todo era normal. Pero ya no. Irreversiblemente todo está mal, todo es anormal. El peso asfixiante de la realidad imposible de reuir, ahora transformada. Recuerdo bien.

Pero esta ocasión no fue así. Mi mente trató de traumatizarme, se alarmó, me llamó a alarmarme. Pero no pude tomarme la molestia. ¿Qué iba a solucionar alarmándome? Había una sensación de miedo, tristeza, pérdida, si, pero alarma... no tenía sentido. Había una sensación de que esto no era grave comparado con lo grave que ya he tolerado, lo que en verdad me ha dolido, lo que ha quedado en el olvido, sin solución, porque es imposible solucionarlo. Y esto también. Una mujer adulta, con la vida hecha y en marcha, tiene que responsabilizarse de sus errores, no hace falta que busque la conmiseración de nadie, mucho menos encontrar algún consuelo en la queja, verbalizarlo, ¿para qué? Todo serían consolaciones huecas. La realidad era una. La vida me seguía viviendo. No había que resistirse. Dejar pasar el miedo, respirar hondo, y dejarla seguir.

Oct 18, 2010

cresta de la ola


Jamás le había sucedido. Sí había experimentado antes momentos de éxtasis y vasto placer, pero, esto, jamás. Ambas ocasiones habían ocurrido de día. Todo había empezado normalmente, quizá con cierta sensación particular de relajación y libertad, tanta luz en la habitación, las obligaciones abandonadas sin excepción y una atmósfera de intensas intimidad, complicidad y confianza. Salir a la calle a jugar sin hora fija de regreso. No podía anteponer qué sucedería, ocurría así de pronto. Un circuito de energía los recorría y conectaba, la sensación era sutil pero a la vez sólida. Después de algunos minutos de ritmo estable, sudor y saliva, de respirar y sentir la luz entrando por la ventana, le brotaba de pronto un gemido curioso del pecho. Era algo distinto de los usuales, tenía vida propia. Casi podía decir que no se debía en particular a una estimulación erótica. Parecía provenir de otra naturaleza. De pronto desaparecía la habitación, se le desintegraba la piel en mil partículas de energía, el cerebro quedaba deprovisto de mente, y desde muy dentro, le brotaba una risa excepcional.

Reía, muy, pero muy fuerte, mucho tiempo, con el pulmón completo, sin tono de humor particular, sin sentido, vertiendo la vida fuera de sí, a bocanadas. Una risa que no ríe, un sonido de placer gritado, de plena felicidad, de expansión de diafragma y de conciencia, una risa de orgasmo, de amor, de gozo.

Él seguía balanceándose gustoso y completo, sudoroso, tan bello, y la miraba, quizá intrigado, quizá divertido, pacífico. Y ella, antes de volverse a la deliciosa tensión de la fuerza y la lucha, reía otro tanto.


Oct 17, 2010

crónica de niñez cotidiana II


T
odos los años había un concurso de narrativa en la primaria. No comprendía muy bien qué significaba la palabra "narrativa", pero sabía que podía escribir un cuento y participar en el concurso. Mitad por deber, mitad por querer, siempre que la directora entraba en el salón anunciando el concurso, se proponía participar con alguna historia. Era extraño, ver a la directora ahí en el salón, tan cerca, hablando con los alumnos seriamente sobre la importancia del concurso, sobre las complejísimas indicaciones para participar, escribir el cuento a mano, hacer 6 copias en la papelería (estas no debían ser a mano), elegir un pseudónimo (un nombre que no era su nombre real, sino un nombre falso con el que firmaría el cuento, y debía ser diferente cada año), incluír un sobre aparte donde se indicara la identidad verdadera del autor, es decir, el nombre falso y el nombre real, meter todo en un sobre más grande, y depositarlo en un buzón extraño en forma de huevo de pazcua u otra figura sin relación con la literatura, y esperar el resultado.

No comprendía bien cuánto tiempo tenía para escribir el cuento. ¿Debía hacerlo ya? ¿Debía esperar? ¿Cuándo llegaba la última oportunidad para depositar el sobre en el buzón? Recuerda que era complicado saber si faltaba "mucho" o "poco" para entregar el cuento. Así que regresaba a casa y esa tarde, junto con las que le siguieran, pensaba de qué escribiría, qué valdría la pena contar. El tema era libre, eso lo hacía más difícil. ¿Animales, niños, misterio, aventura? No se decidía por nada.

En primer año escribió durante las vacaciones. Estaba con su familia en algún lugar de playa. Le pidió a la mamá que le ayudara a escribir su cuento. ¿De qué quieres escribir?, le preguntaba ella. No lo sabía. Se le ocurrió escribir un cuento sobre los sueños, que Dios mandaba a los niños cada noche, como polvo que cae del cielo. El problema era que se había quedado corto de sueños y tenía que repartir el mismo sueño a dos niños. A la mañana siguiente, uno de los niños compartía su sueño, había "pescado un gran salmón", y casualmente su amigo había soñado lo mismo. Reían. Era todo. Era un cuento muy breve, estaba algo decepcionada de su capacidad de "narrativa". Lo tituló "Los sueños que caen". Con ayuda de su madre, depositó el sobre en el extraño buzón.

Llegó el día de la premiación, que solía ser el 30 de abril. Estaba lista para no escuchar su nombre en los ganadores, ganar siempre era muy difícil. Hubo tres premios de "mención honorífica", que era algo así como tres segundos lugares. Después mencionaron el primer lugar, que ese año se llevaría un reloj "Casio" como premio. Y ganó. Cuando llegó a casa anunció que había ganado. Sus padres la felicitaron mucho y estaban muy contentos. El reloj estaba muy bonito. Lo sigue estando.

Y así escribió cada año un cuento. En tercer año ganó primer lugar de nuevo. Su cuento se llamaba "Un solo color", y trataba de un camaleón que no podía cambiar de color como sus amigos camaleones. Sólo hasta que el protagonista hizo mucho esfuerzo y puso mucho entusiasmo en realizar sus labores, entonces se encendieron las partes de su cuerpo con vivos colores. Todo era cuestión de actitud.

En quinto año ganó una mención honorífica. Esa ocasión el cuento era de terror y hablaba sobre una niña que bucea en el mar buscando la pista de un tesoro. Cuando logra leer el cofre del tesoro que está en el fondo del mar, descubre que todo ha sido una trampa que pone sobre ella una maldición. Cuando sale a la superficie, todos se han ido y está sola en mar abierto. Era escalofriante y con estilo. Ese cuento le gustó mucho.

Y en sexto año escribió un cuento de ficción que se titulaba "Los platinecos y el tiempo". Se trataba de unos extraños seres llamados platinecos que perdían la noción del tiempo. El héroe del cuento debía ir en busca de un viejo que le dijera qué hora era, pues la vida de los platinecos era un caos desde que nadie sabía exactamente a qué hora comer, a qué hora dormir, a qué hora llegar al trabajo, etc. No pensó que ganaría, pues ya eran dos ocasiones -y media- que recibía premio. Pero de nuevo ganó primer lugar. Era ya una niña grande, corrió por el pasillo para recibir el premio y chocaba las palmas con los amigos que la celebraban como "buenísima para escribir cuentos".

A veces pienso que es una pena que no siguieran los concursos de narrativa en la secundaria o la preparatoria. También no haber tenido grandes maestros de Literatura, y que la carrera tuviera un nombre extraño (Letras Inglesas, Letras Clásicas) y no me pareciera que ahí iba a aprender a ser escritora. A veces pienso que es una pena que mis padres no me dijeran sobre concursos públicos de literatura de jóvenes. O tal vez lo hicieron y no comprendí de qué se trataba. En fin. A pesar de todo ello, leer y escribir son de las pocas cosas que hago completamente por gusto, sin obligación alguna más que el placer de vertir en la hoja lo que resuena en el interior.

Oct 16, 2010



Cuánto tiempo deseando morir. Me pregunto si seré consecuente con ello cuando muera.

Oct 13, 2010

...


Pero sí hay un dolor al ver todo desmoronarse. Es casi como un ente definido que está muriendo. Un dolor punzante y profundo, de llanto repentino, y repentino fin del llanto. Mucha resignación ante un proceso inevitable, doloroso si, pero al fin y al cabo inevitable. Un dolor de alma infantil, que entiende todo de pronto, de saber que no hay cosa que la distraiga de la esencia, de entender que la comprensión es inevitable, e imposible deslindarse de ella, ya no hay forma de escabullirse entre la multitud de ideas y conceptos, y fingir que no se ha comprendido nada... No. No hay forma de revertir este proceso, suceda lo que suceda. Sólo queda entregarse, sabiendo que tampoco sirve de mucho decidirlo.

Oct 12, 2010

retiro



Comienza a dominar una sensación de estar lejos de todo. Más de lo que creí posible. Hay un silencio repentino, inesperado. Un silencio muy profundo, como el del esófago o el pulmón. El eco de la vida se percibe muy lejano y sin sentido, "afuera". No hace falta pensar nada para ser pulmón. Hay mucha indiferencia y ausencia de identificación. No hay preocupación ni drama algunos. Casi sin poder tomarme la molestia de pensar o sentir nada... Apenas la molestia de respirar porque esa se toma sola. De pronto hay una risa, pero esa también se escucha lejos.

Verdad, mentira, ¿qué importa? Felicidad, tristeza, ¿qué importa? Estas preguntas ridículas, ¿quién soy, qué es esto?.. ¿qué importan? Sin tragedia ni por causa, ni por efecto, nada importa. Mi voz es tan extraña, imposible comprender qué y por qué lo digo. De nuevo el cansancio de soportar la vida. Tanta importancia a la existencia, cuando es inexplicable, y no importa tampoco si no lo fuera. Todas las estructuras se desmoronan. Todas. ¿Para qué tomarse la molestia de comprometerse con alguna?

Pero quizá hay todavía algo qué hacer antes de no hacer nada nunca más. La montaña y las mañanas al cobijo de las ramas. El florecimiento de la anti-personalidad, la anti-individualidad, la anti-intensión, la anti-persecución. El retiro voluntario de aquel circo arbitrario de conceptos y etiquetas. Fundirse en el anonimato... Ser desconocido al mundo externo de paredes, habitar el mundo interno como único habitante de un tiempo-espacio infinitos. Arrogante, quizá, este retiro voluntario... ¿pero qué importa? No habrá quién se preocupe por ser catalogado, porque no habrá nadie preocupado por el catálogo. No habrá catálogo alguno para nadie y para nada. No hará falta pronunciar nunca más una palabra.

Sep 24, 2010

casacaracol


La morada era un recinto de paz y se notaba. Tenía cierto aire de independencia de la casa, ni él parecía pertenecerle, ni ésta a él. La estructura de la construcción era dominante, y los detalles, inocuos. El silencio era envolvente y las temperaturas vivas. Los pies frescos en la planta baja y el corazón caliente en la planta alta. El aire y la comodidad corrían libres entre las puertas abiertas y las ventanas. Disfrutaba de los tonos verdes asomándose desde el jardín, a través de los cristales discretos, contrastando con los blancos de las paredes y los ocres y terracotas de las cerámicas.

Llegaba a casa siempre. Se movía tranquilo en su espacio como quién conoce bien su cueva. No se reservaba ningún movimiento. Con los pasos amplios y ligeros, tomaba los espacios y flotaba. Subía con pasos de metal las escaleras y se cambiaba a algo cómodo en un rincón privado. A través de la biblioteca y al abrazo de los libros caminaba. Se recostaba un rato en el sillón, etéreo. Picaba en la cocina algo improvisado. La canasta siempre llena de manzanas. O se sentaba un momento en el estudio a curiosear de la red lo indispensable. O simplemente no hacía nada.

Al atardecer nos acompañaba alguna música que avivaba el espacio, sinergética. Leía yo algo de su biblioteca, tranquila. Mientras tanto él hacía algunas cosas de rutina y se escuchaban sus pasos rozando el suelo, de un lado a otro, y por fin acercarse a la habitación. Era su escondite más íntimo y privado, tranquilo y neutral, la guarida siempre salva. No había muebles, no había cuadros, no había nada. Apenas cálidos tapetes en el suelo y decoración agradablemente austera. Se asemejaba a las celdas de retiro, con paredes curvas blanquísimas, el piso de cálida cerámica y el ambiente sin distracciones, saturaciones, ni evasiones. Me era inevitable sentirme algo intrusa.

Cerraba la puerta como dejando el mundo entero tras ella, dándonos privacía absoluta. Apenas asegurar el picaporte, la habitación era cápsula viajera independiente. No había forma de escapar, y nadie lo deseaba. Lo que entonces sucediera era completamente impredecible y oscilaba entre los extremos del espectro. Podía no suceder nada, podía suceder todo. Una larga noche de sueño reparador, quizá. Quizá no. A la luz de la pequeña lamparilla, cuidadoso daba fin a la música que antes me acompañara. No hablaba, era su territorio. Dormía sólo con camiseta y el cabello suelto. Entraba en la ropa de cama tranquilo, franco y diría que hasta festivo. Mi cuerpo reaccionaba sutil a su discreta cercanía: tornaba de reposado a dispuesto sin cambiar nada.

Nunca recuerdo cómo iniciaba el paseo. Recorríamos caminos y veredas nuevos o ya clásicos, a veces caminaba él delante, y a veces me dejaba llevarlo. Aún andando lado a lado, me era todo nuevo y refrescante. Vasto jardín con sándalos y especias, magnolia profunda y saturante, menta fresca recién cortada, minerales de la tierra y aroma de rocas. Respiraba tranquilo y rítmico, concentrado y sereno. Mantenía un tono pacífico, mas no apático. Discreto, solicitaba y otorgaba. Generoso e insaciable. Sabía guiar y lo hacía bien, con mando y delicadeza. Inspiraba libertad y seguridad. No había nada qué temer. Estupefactos, se fusionaban los sentidos en canales híbridos. Desaparecía la linea entre cuerpo espíritu corazón cerebro. El encuentro era siempre psicotrópico.

Antes fallido, liberé el deseo de resistirme a amarlo al abrazarlo a la luz ámbar. Era tonto, lo sabía, mi cerebro confundía testosterona con serotonina. Pero entonces no pareció necesario esperar a un mejor momento para sentirlo, si es que hay un momento tal. Nuestras vidas, ambas, hechas, no entrelazadas, si acaso momentáneamente paralelas. Sin necesidad alguna uno del otro, al menos ninguna esencial o irremplazable. Era pues una reunión de libertades, de placeres, de risa. No había 'mañana', ni 'en unos años', ni compromiso, ni garantía. No había nada qué perder ni nada qué ganar. Y nada se perdía con amarlo ahí, al natural.

Sep 23, 2010

añoranza


He de venerar una montaña. Encontrarla en mi mirada lo primero en la mañana, y en el día, otra vez, otra vez, otra vez... A la piedra siempre presente, muda y franca, interponiéndose entre yo y el cielo. Mirándome sin ojos, escuchándome sin oídos, día tras día, semana tras semana, año tras año. El cobijo de su permanencia ineludible, su sombra sobre la simple rutina, una rutina tan consistente como su densidad pétrea. Reencontrarla repentinamente, notarla con conciencia, porque antes olvidara que ahí sigue, con sus lentísimos movimientos de traslación y rotación con estridencia imperceptible por estos canales tan burdos de forma de vida. Y a merced de las estaciones, observarla y que me observe, con respectivos cambios de ánimo, de actividad, de naturaleza. Apagar la luz y verla lo último antes de cerrar los ojos y morir, observarla ahí, negra contra el gris del cielo, fría y húmeda, sin dudar un segundo ser montaña. Ser montaña pase lo que pase. Y ella, con su sola presencia, apagándome el cerebro con su verde negro, cerrándome la boca con su contorno eterno, calmándome la angustia con sus aseveraciones: 'vas a morir, como todo, ten paciencia, como yo'. Todas las respuestas en su silencio que exclama el silencio ensordecedor de su presencia. Y perdernos en un anónimo nocturno y suspendido, viajando por el cosmos en la corteza de la tierra. Mil instantes en que somos sólo materia, indivisible masa humana y pétrea. La misma cosa que se observa y se contesta.

visceralidades


Ahí está otra vez esta manía de asociar lo inasociable y someterse al resultado. Un momento, otrora intrascendente, de pronto receptáculo de vertidos viscerales arbitrarios. Así, una esquina, una plaza, un escenario, no son más lo que fueron antes a los ojos. Son cápsulas mortales de emociones concentradas, casi inseparables, que me llevan inevitablemente por montañas rusas de repelencia y náusea, y no se tiene nada qué hacer, más que volver a pasar por las esquinas, cruzar las plazas, observar los escenarios, e, indefensa, volver a sentir el vuelco del estómago y la sensación de estar forzada a vivir lo indeseable, lo aborrecible, de nuevo ante la puerta del jardín de niños y esa desesperanza absoluta del ser que debe abrirse camino solo ante lo más repudiado de la vida a costa de conservarla.