
Feb 16, 2010
no cualquiera III

Feb 14, 2010
intrascendencia
la intrascendencia de lo personal.
Caducaron las motivaciones.
y la intrascendecia de esto también.
re-afirmaciones

Feb 13, 2010
registro

Más recuerdo bien qué pensaba. De pequeña, de niña, de adolescente, de joven y más tarde. Recuerdo las ideas que se mantenían circulando en mi cabeza. Lo que creía, lo que me parecía correcto, lo que me parecía trascendente. Las reflexiones pequeñas de mi niñez, darme cuenta de las cosas, las personalidades, las relaciones. Y en la adolescencia, cómo pensaba insistentemente en el dilema de la popularidad, de aislarme o pertenecer a un grupo deleznable. Y recuerdo también lo que sentía, recuerdo bien los días felices y los terribles. Recuerdo pensar en lo que sentía y cambiarlo con razonamientos, mecanismo vigente. Recuerdo la quemante ebullición del deseo, la inseguridad de la incertidumbre, el desgarramiento del rechazo.
Recientemente, durante unos años, experimenté la ausencia total de ratos libres. Perdí también tiempos de reflexión. Fue muy duro y extenuante. Recuerdo los sentimientos asociados a esa temporada. Dejé de pensar en la vida y mi percepción de ella, mi cerebro estuvo saturado de tareas y ocupaciones, pendientes y compromisos. Casi lo considero un tiempo perdido. Es una pena.
Pero recuperé las horas-neurona hace relativamente poco. Ahora empiezo a notar que -tras ese período de "muerte cerebral"- va emergiendo un nuevo conjunto de pensamientos y sentimientos. Es una grata sorpresa. Veo que ha cambiado y sigue cambiando lo que hasta hace unos años creí que nunca cambiaría. Me estoy convirtiendo en lo que sigue de lo que fui por mucho tiempo. Me siento satisfecha. Veo las cosas desde otro punto de vista. Me voy comprometiendo con lo que pienso, sólidamente, como si por fin me atreviera a ser quién soy (como dijo Nietszche). Pero de las palabras que dije, sigo sin acordarme.
el lugar
Feb 11, 2010
horas letras-hombre
Feb 8, 2010
me propuse / pero
el espectro entre la angustia y la euforia
Feb 2, 2010
poesía reducida

Jan 27, 2010
tesoro

soy el cobre enverdecido al oxígeno y el viento
cuero suave curtido a piedra y lija
precipicio de cañón tallado a río
soy durazno pubescente abandonado
por el sol transformado y por el polvo
marca de agua de gota evaporada
lento caracol que cruza el patio
yo soy el quetzal en jaula de oro
el genio de la lámpara de aceite
enterrado mil años el tesoro
en la roca, escondido, el diamante
Jan 25, 2010
fusión
Jan 23, 2010
intruso II
Ay, la poesía de amor, ¡qué trillado gesto! Sentirse deshecho por dentro y correr a las letras a llorar. "Lo amo por esto y por aquello... sólo él... es que yo...". ¡Válgame el consejo del escritor! Escribir poesía de amor, ¿para qué? ¿Para repetir mil veces más, después que mil hombres se sintieran igual, tristezas que siempre se sentirán? ¿Sentir que en un verso se sale el corazón y el peso del sentimiento es ahora del papel y no mío ya? Si un verso te sacara de mí, escribiría cien para no quererte jamás. Pero ni con eso puedo extirpar tu maldito sabor de mis horas vacías. ¡Lárgate de una vez!Poesía de espíritu, esa quiero escribir. Poesía del viaje de la vida, de las cosas que van más allá de ti y de mí. Poesía que explica lo que no se puede decir, poesía ecuánime, poesía sin caducidad. Versos que brillan sin tu latir, palabras que pesan sin tu existencia. Maldita sea, ¡aquí estás otra vez! Déjame ya, quiero componer. Si no me has de amar, déjame en paz. Quiero escribir el vacío que lleno pensando en que podrías existir.
Jan 21, 2010
no cualquiera II
Conocí a un hombre. 33 años. (Poquito) más bajo que yo. No era soltero cuando lo conocí, pero después lo fue. Inteligente. No, corrijo, muy inteligente. Sensible, culto, interesante. Con vida propia. Fuimos amigos algunos años. Pero (me pareció) algo inexpresivo, indiferente, (creo que) buscaba una chica muy hermosa, quería un fling. Me enamoré de él. Pero él no. Y pensé, no es cualquiera, pero no es él. intruso I
De nuevo viajábamos por horas. 2000 kilómetros de regreso y otros tantos de ida a las profundidades de la cabeza. No pude evitar que hablaras. No pude impedirnos analizarlo. Revelabas poco, como siempre. Tus preguntas, neutrales y ecuánimes. De los días pasados, no supe confortarte, ni siquiera preguntarte si sabías ya lo que encontrarías. Yo ya lo sabía, pero no era mi turno revelártelo. Dejé que pasara todo. Por tu actitud, pensé que estabas tranquilo. Casi estuve segura de que la que ignoraba más era yo. Ahora me decías que había sido un infierno. La sorpresa se había fundido con el desagrado, la decepción, quizá la ira. Noté más que nunca la distancia que ponías entre tú y las cosas. Te escuché con temor, y pobremente elegí mis comentarios. Hubiera preferido no hablar las 10 horas.
De lo nuestro no hablamos casi. No pude decirte que me la había, y seguía, pasándola mal, incluso ahí, hablando contigo de ellos o de cualquier otra cosa. Seguía apoderándose de mí el deseo insatisfecho, seguí resistiéndome a verte perdido. Traté de halagarte, como siempre, pero no sirvió de nada. Me quedé sola, no correspondiste a mi gesto. No buscabas mi preferencia. Ocupado, te debatías entre otras tantas. Yo, el amador, tú, el amado. Sólo te comenté brevemente mi reflexión acerca de aceptarte como eres. Me aseguraste sería imposible, sin esperar a escucharme concluir. No supe si hablabas por rechazo o por miedo. De ella no hablamos nada. Evité a toda costa mencionarla, ni acercarme. Tampoco la mencionaste. Me refugié en la ignorancia de tus sentimientos. Operando en mi contra, dejé viva una pequeña esperanza. Te dejé en casa solo, por fin.
Te invocó mi cabeza horas más tarde. Una escuela de mi infancia, mosaicos en el suelo, personas y una fila qué hacer para entrar a algún sitio. Empecé a leer algo que había recibido tu amigo editor, y me preocupé por no haberle mandado todavía lo mío. El ensayo era muy bueno, me intimidó un poco y pensé que tendría que ponerme a trabajar pronto. Estabas ahí, haciendo algo. Te acercaste de pronto, caminando entre la gente, usabas la cazadora de tu foto. Noté tu cabello negro y libre, como habitualmente. Me abrazaste con confianza y sin torpeza (contrario a lo que temes) y sentí tus labios tibios en los míos. La humedad de tu boca bastó para saciarme, repentina y basta. Fue un beso corto y suave, seguido de un abrazo grande y cálido. Una décima de segundo pensé que no me importaba qué te había hecho besarme. Imaginé que no lo hacías por la razón que yo deseaba que fuera. Me sentí por un instante feliz, e inmediatamente vacía: se había acabado la cacería y la vieja búsqueda. Me invadió el miedo de no saber cómo comportarme. Sentí entonces, como tantas veces he sospechado, que estoy, por pánico y costumbre, acompañada de mi soledad. Y esa es la única compañía honesta. Desperté con sabor de triunfo efímero y derrota eterna.
Jan 12, 2010
a los 18
Jan 10, 2010
dudas de infancia
Tengo algunos recuerdos de la niña cuestionadora que fui. Después, esas preguntas y confrontaciones fueron apagadas por la sociedad en general. Cuando se me estimuló a cuestionarme de nuevo era demasiado tarde, había olvidado cómo hacerlo. Pero de pequeña, me preguntaba muchas cosas, aunque pocas expresaba a los adultos.Recuerdo una tarde en que íbamos en el coche, mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Debía yo de haber tenido unos 12 ó 13 años, si no es que menos, pero no más. Había estado dándole vueltas a un asunto en mi cabeza y no lograba encontrar la respuesta. Como estaba a la mano la persona más respetable para consultar inquietudes, me dirigí a mi padre:
-¿Papá, México está en el mundo, verdad?-
-Si- respondió pacientemente.
-Y el mundo sabemos que está en la Vía Láctea, ¿verdad?-
-Si, el mundo está en la Vía Láctea- dijo.
-Y luego la Vía Láctea está en el Universo, ¿verdad?- seguí con mi lógica.
-Exactamente, la Vía Láctea está en el Universo- respondió.
-Pero, ¿dónde está el Universo?- honestamente esperé una respuesta. Se quedó pensativo unos minutos.
-El Universo, bueno, es enorme, es infinito- por fin atinó a responder.
-Si, si, es infinito- insistí, -pero, básicamente no sabemos dónde está el Universo, ¿verdad?-
Creo que aquí guardó silencio. Y yo, con firmeza y seguridad, aseveré:
-Entonces, al fin y al cabo, no sabemos dónde estamos, ¿no es así?-
No recuerdo ya qué me respondió. Sólo recuerdo la sensación de que todo, absolutamente todo, era cuestionable si es que no sabíamos dónde estaba localizado el Universo. Vaya, no sabíamos nada de nada. Ese pensamiento estuvo en mi cabeza por varios días. Con mi padre no volví a tocar el tema. Empezaba a gestarse lo que mi hermano llamaba "anarquía".
Jan 9, 2010
prisión de pulso

Jan 7, 2010
tic tac, tic tac
Yo no quiero tener hijos. No tengo problema con eso. Lo que me perocupa es la posibilidad de no poder elegir no tenerlos.
Jan 4, 2010
literalmente
Qué me importa tu silencio,
si tengo mis palabras.
Qué me importan tus palabras,
si tengo mi silencio.
Qué me importa lo que quisiera,
si tengo lo que escribo.
Qué me importa el vacío,
si tengo el papel para enterrarlo todo.
Qué me importa que no existas,
si tengo letras para darte
voz, corazón y carne,
y eso es -literalmente-
darte vida.
Qué me importa que tu ausencia me aniquile,
si en la hoja pongo tu existencia,
y me dejo el corazón en blanco.
Dec 30, 2009
xx / xy

Entre las reflexiones que tienen lugar en mi cabeza, está la de considerar que haber nacido hombre en esta sociedad machista no me hubiera parecido nada mal, al contrario, lo encuentro, hasta cierto punto, deseable. Definitivamente es un papel lleno de ventajas, aún el día de hoy. De hecho, mi carácter no está salvo de rasgos que considero masculinos, heredados/adoptados de mi padre, y producto de añejos procesos reflexivos donde el resultado ha quedado acobijado entre valores más comúnmente propios del sexo fuerte (por llamarlo de cualquier forma). Estas pinceladas de tono (en una mujer) atípicamente masculino (me) saben a pequeñas rebeliones contra el estereotipo femenino, al que estoy patéticamente atada y del que inevitablemente formo parte. Sin embargo, encuentro más parsimonioso que mi parte femenina se adaptara a un ser varón, que la actual complicación de vivir el conflicto permanente de adaptar mi parte masculina a la mujer que soy. Pero nací mujer y con ello vino todo el kit hormonal, me gustan los hombres y es así, eso no lo puedo cambiar. Y eso tampoco cambia mi opinión al respecto. Motivos, tengo muchos.
Para empezar, aún desenvolviéndome con mi carácter auténtico (fuerte y extrovertido, propositivo y generalístico -de general de ejército-), si fuera hombre, con suerte cosecharía de los demás respeto y no, como frecuentemente me ocurre, miedo. También, conservaría amistades sólidas y añejas, que no se derrumbarían cuando las partes contraigan matrimonio o se reproduzcan, pues observo que los hombres suelen ser más constantes y leales como amigos que las mujeres, y más frecuentemente respetan la naturaleza del vínculo que dio origen a la amistad. Los amigos varones se aceptan tal como son, difícilmente tratan de moldearse caprichosamente a la idea que el otro tiene de cada uno. No así las mujeres, que compiten, reclaman y exigen (y en los peores casos, critican y chismean), o abandonan con ligereza aquellas amistades con las que no comparten el tema del momento. Además, me gustan las cantinas, la juerga, la música, salir con desparpajo a la banqueta abrazada de un buen amigo y gritar cualquier cosa al aire a las 3 de la mañana, pero si fuera hombre no quedaría como una ridícula borracha errante, sino como un bohemio conflictuado que sólo pone a flor de piel sus sentimientos con alcohol y El Andariego.
Hablando de la tan discutida cortesía que los hombres otorgaban antaño a las mujeres, hoy en día experimento un continuo debate interior respecto a ser cortés y amable con otras personas, pero estar a merced de ser juzgada como tonta, fácil, desesperada u ofrecida, mínimo (invitar un café a un hombre, por ejemplo). Como hombre, podría ser tan cortés como quisiera, sin temer a esas estúpidas etiquetas. Mi posición frente a otros quedaría intacta, a pesar de ser el que propone. Me libraría de este incómodo conflicto entre aceptar la cortesía de los hombres y en turno no parecer mal educada por descortés. Aún amable, sonriente y gentil, no se me tacharía de boba o ilusa, sino de caballero y seguro. Me causaría especial placer tratar a todos por igual, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, agraciados y desgraciados, quién fuera, sería cortés indistintamente. En un sentido mínimo, practicaría la justicia en mi cotidianeidad. Por otro lado, podría irme a los golpes con quién lo mereciera, en vez de quedarme con el coraje de la vida cuando alguien me tocara el trasero en el Metro. Para empezar, nadie andaría tocándome nada en el Metro o en ningún lado (espero, porque si no, en efecto me iría a los golpes).
Me nutriría intensamente de las múltiples áreas del conocimiento sin causar una contradicción en mi papel social. Una mujer que disfruta cultivarse, fácilmente puede ser tachada de "nerd" o intelectualoide, hasta subversiva, y la sociedad, compadeciéndola, siempre subrayará -aún tácitamente- que ha abandonado el rol reproductivo y lo ha mal suplantado con el rol que le compete al varón, el del conocimiento y la ciencia, el atuendo cerebral (ah, el estereotipo de la mujer sabia: fria e insensible). Leería a los grandes hombres de la Historia y podría reflejarme en ellos, comprenderlos y saber por qué y cómo dijeron e hicieron sus hazañas. Un hombre puede verse a sí mismo en todos los hombres que existieron antes y existirán después que él. No los percibiría como distantes pensadores enigmáticos, sino como mis "cuatachos del pasado". Cualquier día, podría gritar "¡no me molesten, carajo!" y acto seguido azotar la puerta de mi estudio, reflexionar sobre las cuestiones fundamentales de la existencia humana hasta altas horas de la madrugada, y no parecer hermitaña depresiva suicida, sino genio loco irresistible. Aunque pensándolo bien, puedo azotar la puerta y gritar lo que me venga en gana cuando quiera, pues vivo sola y mi gata no es susceptible a desplantes de esta naturaleza. Dejemos ese ejemplo para aquellas mujeres que no pueden hacerlo por temor al cortante juicio de su marido y sus niños de kinder.
En el trabajo me vendría de maravilla. Andar con mi machete en el campo, sin temor a que nadie me hiciera nada. Saludar con un fuerte abrazo a los campesinos y sentarme con ellos a escuchar sus historias, tomando harta cerveza o alguno de esos licores silvestres (que, espero, mi estómago de hombre recibiría mejor que el actual). En los retenes militares me iría al tú por tú con los wachos y apuesto a que no me preguntarían "¿por qué tan solito, señorito?", pues se correrían el justificado riesgo de recibir un "ah, caray, ¡qué puñal me saliste ca'on!" como merecida respuesta (creo que aquí también tendría que considerar seriamente irme a los golpes). Igualmente para orinar durante las largas jornadas del campo simplemente tendría que darme media vuelta y bajarme el cierre. En las asambleas con los ejidos no sospecharía que los hombres en vez de escucharme me están mirando la camisa. Quizá podría impulsar un mayor número de proyectos en colaboración con los ejidos, y mi palabra de hombre sería cosa seria y segura, como es ahora también, pero nunca he escuchado que alguien se avale diciendo "me dio su palabra de mujer".
Me enamoraría fácil y seguido (que no perdidamente) de las mujeres al conocer de cerca los recovecos de sus personalidades. Hasta en los más oscuros y conflictivos caracteres, he encontrado rasgos adorables y maravillosos que, creo, deben resultar irresistibles para un hombre. Y sin vacilación ni circunvolución (alias "darle vueltas al asunto"), diría, salgamos, me gustas, bésame, quiero quedarme contigo esta noche. No creo que recibiera tantas negativas, y si las hubiera, no me importaría. El hombre que bien sabe que es un chingón, no necesita que nadie se lo confirme (dije chingón y no fue accidental). Al fin y al cabo las mujeres somos esclavas de la morfología. Siempre seremos receptoras, nos guste o no. Y así, tal cual, cuando la ocasión lo amerite, diría, espero que no te moleste si no nos vemos más, discúlpame, te deseo lo mejor, y daría media vuelta para seguir mi camino, en lugar de sentarme a llorar y obsesionarme años con un recuerdo descolorido. Si me mandan a volar, podría crecerme al castigo y no parecería dura, insensible, golfa o falsa. ¡Bienvenida la que sigue! Sobra decir que a la primera mona que se me metiera entre ceja y ceja por más de un par de años le propondría se mudara a mi jacal y punto, y no tendría que estarme esperando a que ese hombre que amé tanto tiempo se pusiera las pilas y me dijera de una vez por todas que iniciáramos un proyecto común. Hay qué ver cómo desperdician los caballeros todo el poder que tienen... o sería que él no me quería como yo a él.
También me tomaría el tiempo para hacer las cosas bien, nada de prisa y tonterías de 5 minutos (señores, ¿cómo es posible?). Me aferraría fuertemente al cabello de mi mujer, por la nuca, la miraría a los ojos y me hundiría en el perfume suave de su cuello, besaría sus labios y su oreja, sus hombros, bue-, no hace falta recorrerla toda en este texto simplón. Pero eso sí, con suavidad y cuidado estudiaría la forma y gravedad de sus senos y anatomías relacionadas, que hay que admirarlos, ya que gozaría del beneficio de no tener que cargarlos (ni la posterior modificación de su ubicación espacial). Cocinaría con lentitud el momento en que con la rodilla separara sus piernas y dejara caer con cuidado todo mi peso sobre ella (espero no fuera gordo), rozarían cálidos en mi cadera sus muslos, su abdomen, y me sentiría suavemente penetrarla, entrar en ella con mi carne, mirarla estremecer, y humedecerme de su piel, de su recoveco escondido y oscuro (y de agradable temperatura, según me han dicho). Estudiaría a cada mujer con cuidado, su ritmo y roce preferidos. Buscaría explorar y transgredir, experimentar y evolucionar, sin límites. Tendría mucha, mucha paciencia, y seguramente mucho, mucho sexo. Y cuando me pidiera tregua, le daría guerra (espero no me fallara la maquinaria). Con una, con otra, y con otra más, y con todas las que pudiera, porque cada una sería la primera, y la última, y la única. Cada una sería maravillosa y común, mujer irrepetible y todas las mujeres en una. Me pronunciaría por perder la cabeza por mi mujer (en turno) tanto como fuera posible. Seguramente al terminar de escribir esto, gustosamente me masturbaría aquí mismo. Pero quizá he revelado demasiado en este aspecto, y eso no sería propio de un caballero.
Y si tuviera la suerte de encontrarme una mujer completa, libre, independiente y segura (como quiero creer que soy), gozaría de acompañarla y dejarla volar. De escuchar su opinión y disfrutar dar la mía, discutir y disertar, intercambiar y aprender, analizar sin convencer ni ser convencido, simplemente interactuar con ese curioso ser que mira desde otra perspectiva completamente diferente. Me divertiría mucho, pues queda claro que soy simpatiquísima. Le ofrecería cuidado y cariño (con la correspondiente dosis de testosterona), que, si en efecto es libre, aceptaría gustosa, no así los hombres, pues no lo necesitan (o al menos de eso los han convencido que presuman). Intentaría comprender cómo es la breve existencia de una mujer con esa revolución de sentimientos estorbando a cada decisión por tomar en la vida. Y, claro, satisfacer toda esta curiosidad no me haría quedar como un bruto ignorante subyugado, sino como un observador, estudioso y analista de los conflictos de género actuales y la identidad de la mujer del s. XXI.
Me iría solo a la montaña, a caminar, a orinar de pie y defecar en cualquier sitio sin temor a ser atrapado en el acto. A gritar a los acantilados y comer cualquier cosa, a no bañarme en días y dejarme la barba crecer desordenadamente, buscándome a mí mismo en una travesía personal, inconfundible con embaucarse en una aventura descabellada y posiblemente mortal, no propia de una criatura del sexo débil (por llamarlo de cualquier forma). Obviamente me desharía del "tú no puedes hacer eso, es peligroso, te pueden violar, te pueden robar, no debes ir sola, te acompaño", o simplemente de los gestos mudos de desaprobación y las cejas que se alzan. Llevaría el cabello muy corto (nadie me increparía con un "no te queda"), podría ir a nadar o hacer el amor cualquier día del mes, no viviría a merced de las hormonas sino de las ideas, conservaría mi condición y figura a pesar de la descendencia, y no tendría que elegir entre ser madre o profesional. Haría muchos chistes salameros y pesados, y parecería entonces simpático y seguro, pero nunca histérico (sensu Freud), o perdido (coloquialmente, en conjunto, "llevado"). Lo mejor de todo, alguien más se haría cargo de las labores de maternidad, crianza, limpieza y orden, y no parecería yo un perro desalmado por no hacerlo en persona.
Y siempre me quedaría el recurso de, aún soltero, viudo o viejo decrépito, encerrarme largos días en mi estudio a pensar, leer, escribir, y hacerlo todo sin ser compadecido por estar solo e intentar llenar una vida vacía con actividades que seguramente no comprendo, pues están reservadas para los pensadores (en mi caso, ser confundida con una radical abuelita anacoreta que locamente practica con gusto el hermetismo). Y quiero decir, escribo todo esto, porque pienso que todavía no sé muy bien cómo ser mujer, y creo que ya no hay forma de aprenderlo (ni estoy segura de desearlo). Irreversiblemente, me encuentro en este estado intermedio donde mi parte masculina eclipsa a la femenina y muchas veces no se pueden poner de acuerdo. Así que me iré conciliando con la idea de seguir siendo censurada, criticada, apartada, observada y juzgada, pero hincha de mi pequeño hombrecito interno que me deja asomarme a ese mundo de libertad e independencia, y de vez en cuando me dice que quizá soy una mujer extra-ordinaria por tenerme a mí y a él en el mismo cerebro.
Ah, y me faltó decir, desde luego jugaría fútbol americano, en la ofensiva.
Dec 29, 2009
transiciones rítmicas
No sé si es posible olvidarse de quién fue uno, o mejor dicho recordarse y no reconocerse, mirarse al pasado como un extraño perdido, que habita un rincón de la memoria, marchito, donde se guardan las cosas que no sirven o que se olvidó pa qué servían. No sé si es posible redimir un recuerdo, recoser los hilos de la trama de la vida, repegar la personalidad perdida, retomar el objetivo entero del inicio de los tiempos, y encontrar el método familiar y la justificación, pues eso, justa. No sé si es posible deshacer lo que uno hizo de uno mismo, lo que construyó en un arranque adolescente, lo que pensó sería mejor que ser lo que uno era, hasta antes de decidir que era mejor no serlo. Mirar al ayer, 15 años ha, y reconocer el montaje, traje y cara, etiqueta, referencia, característica particular, determinada. Y en el reconocimiento, reconocer que la actuación fue tan creíble, que fue fácil apropiársela como propia, perdonarla como inocua, aceptarla como buena. So pena de re-conocer lo conocido, mirar aún más atrás y ver al niño, y notar que nada tienen en común las dos personas, que el niño fue uno y el adolescente otro, a fuerza de amputar aquí y allá las membranas salientes que chocaban con el mundo, que no encontraban eco, cercenadas por existir con el candor del que nada aprende como malo.
Ahí están, los dos extraños. Habla con ellos, me aconseja el consejero. ¿Qué les digo a esos fantasmas que soy yo y no soy ya ellos?, ¿qué le digo a dos extremos de algo que ya no existe, que nunca tuvo centro, que resolvió el plan hasta ___ y luego no supo ya más qué seguía? Perdóname por matarte, niña linda. Niña inocente, hermosa y sana. Niña cándida y candente, niña extraña. Niña protectora y sensible como nadie. Niña generosa, callada, introvertida. Niña temerosa, dolida, abandonada. Niña a la sombra de ser niña. Niña que no quiere molestar. Niña ansiosa de ayudar. Niña que quiere ser aceptada. Perdóname por matarte, pero si no lo hacía, morirías. Ibas a morir, insostenible. Venía ya la otra, la amazona. Bestia temeraria, ardiente, valiente, desafiante. A la adrenalina, adicta, a la debilidad, fóbica. Lanza rebelde, arriesgada, insolente. Joven inocente debajo del coraje. Joven insegura debajo de la danza. Joven vulnerable que soporta la apnea más larga. Insoportable arma que se hunde hasta que sangra, que no vive si no muere al alba. Brutalidad sin estribo, sin bozal, sin jaula. Bestia con alas de cera y poca cautela. Quimera falsa que se equivoca, se acolapsa, se destroza. Llamarada que arde, crepita, silba y explota, lo que puede, hasta que el viento sopla. Y se empeña en olvidarla de sí misma. La corrige, la regaña, la censura, la detiene, la castiga, la encierra. La insulta, la golpea, la reprime, la apaga, la elimina. La espía, la persigue, la acorrala. El viento implacable la hace otra vez buena. Una bondad falsa, pero la que de ella se espera. A tí no te maté, quemante llamarada, fue de nuevo el mundo que juzgó que no prometías nada, más que el abismo, el fracaso, lo barato, lo insensato.
Quedó entonces esto que no encuentra identidad en el pasado. Quedó este ecléctico resultado. Quedó la melancolía por la niña pura, y el sendero de vuelta oscurecido por el tiempo y la costumbre. Quedó el respeto a la tenaz amazona bárbara, con el siempre presente sinsabor de la derrota en la batalla. La razón recortó identidades heredadas de los fantasmas del inicio de los tiempos. El reloj las fue enterrando en recuerdos lejanos y congelados. Analizó casi sin sentir nada. Decidió conservar esto y abandonar aquello. Conservó algo de pasión, pero más deber que otra cosa. Y así intentó vivir por mucho tiempo. Forzó la persona a embonar con el modelo, y se llenó de méritos y excelentes desempeños. Demostró que se puede hacer cualquier cosa, que abandonada la niña y la amazona, podía ser aún de excelencia delegada. Otra vez fue al límite de la fuerza (bruta) y subió a la punta más alta de la montaña en cuestión. Y cuando hubo terminado con toda responsabilidad para con esta mierda de sociedad, a sí misma se miró. ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? El destino le regaló más de 300 días para responder, libros para leer, y hasta un espacio para verter lo que fuera menester.
Tras un largo silencio, me pregunté. ¿Qué fue de la niña, qué de la amazona? Qué parte de ellas era real y cuál, falsa. Qué parte fue construida y cuál simplemente fluía. Qué pedazos de la jarra se pueden pegar y embonan, qué esencia se puede recuperar y se siente natural y lógica. ¿No acaso son parte de la misma persona? Y ahí está de pronto la columna sólida. Una débil corazonada, química cristalizada, sospecha de hallazgo, reconocimiento entre la multitud confusa. Algo puedo reconocerme en los fantasmas, algo. Todavía no puedo tocarlas, pero ya estiro la mano. No es tarea de un momento, ni de un día. Es proceso de diálogo y remembranza. De lectura, estudio, selección, recuerdo. No es trivial hazaña. Es encargo del presente, insuperable sin el pasado. Es labor de sensibilidad y fuerza. De rescate, disculpa y puente. De recuperación, incorporación y calma. Son esenciales los tres fantasmas, para rearmar la historia de un alma.





